miércoles

A "Joven y Bonita"

Hoy fumaría hasta dormir. Del sentido estético y apocalíptico no me queda máscara ya, ni siquiera me abrigan la ropa o el calor. Las semanas se agolpan acusándome contra lo inútil y humano de sufrir, entre pesadillas que parecen sueños y sueños que me agotan el dormir. Sé que Thánatos me persigue tuerta, y que poco más queda en el rincón donde tiré mi chaqueta favorita, negra como el carbón. Busco la belleza a ciegas inherente a ti, pero estás lejos, tan lejos que respiramos aires distintos y noches distintas, mientras todo colchón es demasiado grande sin tu espalda. Una bruma obtusa lo empapa todo, que se muestra nítido, y ya no sé si es el blanco y negro el que regula la gama de grises, o la ausencia de luz y la lluvia de hastío. Ese vibrato sordo que me sube por la nuca se ha asentado en mi mandíbula hace días, entre las noches que he llorado y las que he gritado porque sí. De alguna manera cuento mil nudos sobre el hombro mientras procuro metas absurdas en el comer, el hacer y el vivir. Nada hay de esta vida, algo tan simple recuerda, que nos deje escapar del peor monstruo que habita en nuestro dentro. Nada, ni la más exhaustiva de las estrategias suavemente caligrafiadas. Nada, salvo tu hacerme reír y la paz de la mañana de un sábado, sin más horario que oírte sentir.

martes

Siete

No soy más que el recuerdo vago y familiar de lo que una vez fue, bajo una sonrisa serena y la maravillosa capacidad de vivir discerniendo sin juzgar. Aún tengo fantasmas viejos con los que hablo alguna que otra vez, pero ya no nos reconocemos el uno al otro, ni apenas a nosotros mismos. Porque hablar con los fantasmas es, de alguna manera, dejar de ser el que se es hoy.

He soportado más que nunca, he reído a mandíbula batiente. Me brillan los ojos por vez primera en dos décadas, con ese brillo que da la certeza de la paz y el recurso inevitable en tu hombro. Reservo la media que me falta para hablar de una infancia inexistente reducida a dos fotos que alumbran su desgaste. Ya no escondo, valiente, lo que digo, lo que pienso y lo que creo: mi arma es la desnudez de mi experiencia, de mis ojos y mi sangre.

Sigo bebiendo la fruta del arte que hay en la inocencia de un niño. En su pregunta y su tono, en su curiosidad infinita que rezo porque siga acostándose conmigo. Observo, no obstante, la autocensura de evitar gruñir al alba todas las veces que el caballo de la furia debió haber sido dicho. Hace meses que no me cuesta tan poco un escrito, será que hace meses que sé qué iba a contar hoy.

Nada me deja tan cerca de lo más honesto que he creado, si es que se puede decir que uno crea algo que no haya sido antes creado y creído. No hay más en el fondo de mi charca, lo oscuro barroco ha dado paso a la luz de líneas rectas y blancas, quedas y ojos negros.

Feliz aniversario a la transparencia hecha obra.

La pérdida

Empecé a escribir por el final. Primero me vi en otro término, y al acercarse la fecha en que volveré a enseñarme a mí y quizá a otros lo que fui, caí en la cuenta de que este tiempo no ha pasado. Han sido cinco estaciones, la humedad del ocre repetida, como si no fuera dicha suficiente observarla una sola vez. Este tiempo no ha pasado, o yo no he pasado apenas por él. Porque todo lo que creí aprender ya no existe. Ya sólo queda una consciencia inevitable que estaba ahí antes que nadie. No existe soledad voluntaria, la esperanza cobra un rostro amable y se lo intercambia con mil rostros sombríos. Creo firmemente que voy a perder. Que no merezco un triunfo que no provenga de esfuerzos muy concretos que jamás tendrán cabida en este marco. Creo que la bondad que queda en este cuerpo ajado por la vida ya no se puede pintar de blanco. Dudo continuamente de lo más esencial que he tomado por válido toda la vida. Observo la muerte y quiero la dicha que me dio encontrar su solución en el amor y la estética, pero a veces su sombra todo lo inunda, hasta final de verano. Entonces, la paz en cabellos casi rubios y ojos grises, entonces verte crecer al otro lado de tres mil kilómetros. Aún falta todo por hacer, con cinco estaciones de menos y el aire compuesto de incógnitas.

Hasta hoy, hasta ayer, que estrellé dos lágrimas mentidas contra toda expectativa.
El frágil sustento de mi cordura, saber que perderé.
O vida en una vivida, o una vida en vivir sinvivir.

lunes

Nadie da un duro por ti

El fervor los deja sordos entre sí,
el pelo y la piel huelen a humo,
a sol y a sudor y a expiro.
Muchos murieron construyendo las gradas que sus culos ocupan.
Para ellos, son nadie.
La arena entre el cuero y mi cuerpo
provocan un escozor que no noto.
Las manos me tiemblan no más que otras veces,
ni se empapan, ni duelen.
Es verano y siento el frío adecuado.
En esta batalla, todo va bien:
cuento más de diez golpes que no vi venir.
Todo en orden, sí, hasta el matar o morir.
Camino, apenas dejo huella.
No es por ligereza, sino por falta de sentido.
Otra estocada vuela en certera dirección,
la resuelvo sin demasiado miramiento.
El público no parece satisfecho.
¿He dicho ya que todo va bien?
No sangro tanto como para rendirme hoy aquí,
ni aquí, ni nunca, ni hoy ni vos sois morir.
Informes, son sombra,
se mueven y embisten y agotan.
Deslizo la lengua por la comisura de la boca,
los labios finos entienden,
y, de repente, el baile.
El último baile de hoy, claro está,
aún no es la muerte,
ya lo he dicho,
y todo lo dicho es hecho y verdad.
Con la clase de cuna y lección,
traspiés tras traspiés
van perdiendo dirección y equilibrio.
Mientras, consigo lo secretamente escrito:
el favor de un público que no me importa,
sobrevivir viviendo ahogada en la última gota.
Es el éxtasis de la entrega total y absoluta,
irremediable, incuestionable,
pero mía, jodidamente mía
y de nadie más, que no osen.
Creernos posesión fue un error que ya no existe,
yo honro mis lealtades al monstruo
que blande la espada afilada
a golpe de piedra, nobleza y principios.
La derrota aparece.
Se hace el silencio.
El pelo y la piel huelen a humo,
a sol y a sudor y a expiro.
Todo va bien, aún palpito,
aún lo que soy y siempre he sido.
Llevo media sonrisa en la parte de mi rostro que sigue viva,
porque recuerdo.
Me apoyo en la espada,
me seco el sudor, que no las lágrimas,
y acaba la función.
Ya no quedan sombras,
todo va bien.
Cuéntame un cuento,
háblame de elegir y elecciones,
que quiero dormir.
Media sonrisa,
noche queda,
cama llena de mí.
Y mañana una lucha nueva,
y la expectación de lo que está por sentir.


Todos corean su nombre,
nadie da un duro por ti.


sábado

Días de sol y frío

Lo mejor de todo es que no necesitamos nada: nada para llegar, y nada para irse. Terminamos en un óptimo venido a menos incapaz de satisfacer a nadie y, mientras, la cal se desprendía y debajo quedaba la arena, dispuesta a ser devuelta al mar en el inevitable y continuo batir de las olas. Sereno, repetitivo, el deshacer del tiempo de un pasado y hacia un futuro en el momento que respiro.

Tardé más tiempo que nunca en darme cuenta, demasiado en la sorpresa, demasiado en la rabia, demasiado en el viaje, demasiado en el desprecio, demasiado en volver a la vida. Pero volví, a medias, o solamente con un paso, o con medio, o con un milímetro, en cualquier caso desplazada del lugar en el que estaba, desarraigada, deconstruida, determinada, con la ceja fruncida. Se nos tranquiliza con la idea de que, conforme nos hacemos viejos, deberíamos aprender en un crescendo irremediable a lidiar mejor con la muerte, con la pérdida, con la vida, con la dicha y su ausencia y vacío. A veces sí, a veces menos. Unos sí, otros menos. Cada uno a discreción, como devuelve las estocadas el corazón herido de veras. Pero todo lo que ocurrió fuera de este ahora es ayer, y ya no existe.

Ahora bien, ¿existe su recuerdo? A veces sí, a veces menos. La vida son creencias en falsas certezas y sinceros sentires en las certezas mismas.

Creo vivir otros tiempos.
Siento cierto una única verdad.
Es la última vez que te escribo.