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El mal a veces tiene suerte

Ya solamente me sale hablar lo mismo. Escribir lo mismo. Ha amanecido otra mañana y me enfrento al folio en blanco. Es verdad, últimamente está menos blanco, menos miedo. Ya es frío en septiembre, y puedo llevar puestos los calcetines todo el día sin que nadie me riña. En poco tiempo sacaré la manta extra, la del invierno y el olor a té rojo, canela y papel viejo de libro antiguo.

Todo ordenado, recuerdo los personajes que alguna vez leí y sueño con los que en algún momento me inventé. Tienen formas difusas: no les di una vida propia y se me difuminan en el sueño hechos sus rostros de humo negro, gris y blanco.

¿Cómo no van a estar enfadados conmigo si los creo cuando peor me siento y tienen de mí la esperanza anhelada nunca conseguida? Si amar es idealizar, los amé a todos, aunque los amara mal. Y ahí me siguen, fieles por atrapados, acuciantes deseando echar a volar en otras mentes.

Uno de ellos, el Terrible, se sienta en su trono de metal, y sacude su lengua bífida cada vez que fra…

Velocidades infantiles

¿Qué hago con las luchas y la huida?
Todos los días sin tiempo,
finitos, rojizos y ocres.
Rápido, viviendo rápido,
y mil voces gritando qué está bien que quieras ser.
Inundada de cosas sin nombre,
sin reconocerte, sin reconocerme,
sin más.
Exhausta.
Muriendo a cada inspiro.
En un calendario que aprieta
fricción y sequedad,
soñando sin horas de sueño.
Perdida en ansiedad.
Cierra bien las piernas,
no expliques demasiado alto
-ni demasiado bien-
ni interrumpas al hablar.
Corre libre sin dinero,
presa de una década extra en el refugio familiar.
Así es como debe ser,
y así es como será.
Tus talentos no importan,
fuiste admirable hasta que llegó la verdad.
A duras penas rompiendo cuernos
-los tuyos, los de otros-
en vórtices carentes de final.
Como su propia definición indica.
Aquí puedes observar.
Teclas, tiempos, cuadrados,
cruces, paseos, bicicleta,
sostenibilidad.
La puta mierda de conquistar la vida adulta.
Podría ir yendo a acabarse ya.

Allá a lo lejos

Me es borroso y difuso, y solamente de color marrón oscuro, barniz barato. Así es el resumen, en el décimo cajón de mi cofre de sentimentalismos previos, de todo aquello. Ni siquiera le da luz volver a verte en la pantalla, parpadeante e insistiendo suavemente.

Supe siempre que no. Aunque lo intentara y observara cosas nuevas, el desprecio es mal cimiento. No consigue asentar. Era un veneno denso y opaco, metálico y brillante, un veneno que define la etiqueta de tus ojos que en mí persiste. Un veneno cuyo antídoto fue el mejor, que fue marchar.

No lo distingo. Y está bien así, no hay culpa ni rencor, y podría haberlos habido. Era todo un ritual, una preparación frente al resto de la vida, y así hasta que nos sobrevenga la muerte. Sin saber para qué, o siendo ello mismo ese qué. No importa. Cada uno justifica su miseria como puede, o como quiere, o como le dejan.

Mi miseria ya no existe, y no la borró un elixir cuidadosamente elaborado. Ni un pacto con una deidad distinta, sino entre i…

La M de mi mapa

Era una ciudad muy vieja que olía a roto y renacer. Éramos más jóvenes que ahora, y ya empezábamos a envejecer. Mirábamos su cien torres, y a veces eran solamente diez, y otras veces eran solamente mil. Entre los escondirijos del castillo nos tumbamos en el suelo para sentirnos pequeños frente a tamaña catedral. Y luego en la plaza empedrada oímos un acento familiar de palabras muy extrañas. Y reímos.

Aquella vez adiviné cosas que nunca otros habían adivinado antes. Fui niña y torpe, saliendo de mi último huracán, del peor de todos. Pesaba cinco kilos menos, no era capaz de comer. Yo, ¡imagínate! Y entonces me llevaste a aquel sitio escondido donde habías cerrado algún negocio ya, y comí carbonara, qué si no. O quizá construyo el recuerdo y comí alguna otra cosa. Pero volví a comer en aquel viaje.

Has hecho de esa ciudad tu casa. Recuerdo el paseo por el barrio judío y cómo descubrimos que lo era. Recuerdo un viento cálido del sur en aquella sinagoga y una estatua de Kafka que no se m…

Entrada de diario de un domingo de septiembre

Se me ha limpiado el horizonte con algo de polvo en los ojos en medio de una tormenta de lluvia gruesa y pausada. A partes iguales mezclando áiron y petricor. Es el séptimo en noveno lugar que me huele a octubre, con vacaciones de verano puestas e impuestas en la segunda mitad. Ni tan mal.

Echo la vista atrás tres y cuatro años, y las desgracias no igualan al fénix, pero casi. Así que toca una lista de indie folk y vaciar el armario de pantaloncitos cortos que invocan catcalling.

He vuelto a ser consciente de la miseria de su vida infame, elegida y envenenada de cáncer y rencores. Aparece un personaje hecho escarnio, que a duras penas iguala la fama de su alter ego creado hace tanto. Luego, apretar los dientes y tragar el agua salada antes de que brote. Todo sea por no aceptar una esencia vil y maquillar bien la cara delante de una nueva señorita, una vez cada par de años.

Lo cierto es que empiezo a sentirme bien. La suerte siempre ayuda, aunque sea una suerte pequeñita. He prendido u…

No sé

No sé.
Busco y no sé.
Encuentro, figuro.
Desaparece y no sé.
Vuelo y me rompo en tres.
Miro hacia arriba y no sé.
Temo, de todo lo temo, y no sé.
"Empieza despacio."
Un pie detrás del otro.
No sé.
Miro hacia atrás donde tú estás.
De nuevo, no sé.
Soy una niña otra vez, empapada de miedo y sudor.
En el vacío de pensar en tiempos distintos, no sé.
Aspiro al final del invierno,
y quieta la nieve helará mis hojas, y no sé.
Solamente sé de ti.
De esta agonía lenta e insistente de un verano con sabor a cárcel.
No sé, no sé.
Ya llegará, oigo, sé paciente.
Y el ahogo de pensar en un mundo imaginado al frente.
Sin sustento alguno de realidad.
Con la desnudez de lo que hasta hoy existe aunque valga migajas.
No sé.
No sé.
No sé.
No sé...
Camíname tú sin saber.

Hueles a café

En medio de la tormenta, hueles a café. A tu café.
Todas las mañanas, tostada de margarina y pan de corte transversal.
Antes de que salga el sol, incluso en verano, "que tengas un buen día".
Y de repente se me hizo oscuro minutos antes de amanecer, y estuvo oscuro largas horas.
Nunca antes se había hecho oscuro, aunque hubiera habido sombras.
Y esa mañana, olías a café.
"Luego esas cosas son las que escribes", dijiste.
¿Pero cómo no las voy a escribir?
Las escribo porque los olores distintos me hacen volar a otros tiempos, porque nos quiero así, no doliendo y libres: no dolientes.
Mi magia está en el frío de este no verano de nubes y somnolencia, de tanto por hacer.
En los sábados exhaustos y en el "hoy ha estado bien".
Podría seguir describiéndonos cada día y aún tendría cosas que decir, aunque a veces no me salgas.
Digo no me salgas de mí, de aquí de este adentro tan mío cuidadosamente oculto bajo toneladas de sed.
Mañana volveré a decírtelo.
Hueles a ca…