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A "Joven y Bonita"

Hoy fumaría hasta dormir. Del sentido estético y apocalíptico no me queda máscara ya, ni siquiera me abrigan la ropa o el calor. Las semanas se agolpan acusándome contra lo inútil y humano de sufrir, entre pesadillas que parecen sueños y sueños que me agotan el dormir. Sé que Thánatos me persigue tuerta, y que poco más queda en el rincón donde tiré mi chaqueta favorita, negra como el carbón. Busco la belleza a ciegas inherente a ti, pero estás lejos, tan lejos que respiramos aires distintos y noches distintas, mientras todo colchón es demasiado grande sin tu espalda. Una bruma obtusa lo empapa todo, que se muestra nítido, y ya no sé si es el blanco y negro el que regula la gama de grises, o la ausencia de luz y la lluvia de hastío. Ese vibrato sordo que me sube por la nuca se ha asentado en mi mandíbula hace días, entre las noches que he llorado y las que he gritado porque sí. De alguna manera cuento mil nudos sobre el hombro mientras procuro metas absurdas en el comer, el hacer y el …

Siete

No soy más que el recuerdo vago y familiar de lo que una vez fue, bajo una sonrisa serena y la maravillosa capacidad de vivir discerniendo sin juzgar. Aún tengo fantasmas viejos con los que hablo alguna que otra vez, pero ya no nos reconocemos el uno al otro, ni apenas a nosotros mismos. Porque hablar con los fantasmas es, de alguna manera, dejar de ser el que se es hoy.

He soportado más que nunca, he reído a mandíbula batiente. Me brillan los ojos por vez primera en dos décadas, con ese brillo que da la certeza de la paz y el recurso inevitable en tu hombro. Reservo la media que me falta para hablar de una infancia inexistente reducida a dos fotos que alumbran su desgaste. Ya no escondo, valiente, lo que digo, lo que pienso y lo que creo: mi arma es la desnudez de mi experiencia, de mis ojos y mi sangre.

Sigo bebiendo la fruta del arte que hay en la inocencia de un niño. En su pregunta y su tono, en su curiosidad infinita que rezo porque siga acostándose conmigo. Observo, no obstante, …

La pérdida

Empecé a escribir por el final. Primero me vi en otro término, y al acercarse la fecha en que volveré a enseñarme a mí y quizá a otros lo que fui, caí en la cuenta de que este tiempo no ha pasado. Han sido cinco estaciones, la humedad del ocre repetida, como si no fuera dicha suficiente observarla una sola vez. Este tiempo no ha pasado, o yo no he pasado apenas por él. Porque todo lo que creí aprender ya no existe. Ya sólo queda una consciencia inevitable que estaba ahí antes que nadie. No existe soledad voluntaria, la esperanza cobra un rostro amable y se lo intercambia con mil rostros sombríos. Creo firmemente que voy a perder. Que no merezco un triunfo que no provenga de esfuerzos muy concretos que jamás tendrán cabida en este marco. Creo que la bondad que queda en este cuerpo ajado por la vida ya no se puede pintar de blanco. Dudo continuamente de lo más esencial que he tomado por válido toda la vida. Observo la muerte y quiero la dicha que me dio encontrar su solución en el amor …

Nadie da un duro por ti

El fervor los deja sordos entre sí,
el pelo y la piel huelen a humo,
a sol y a sudor y a expiro.
Muchos murieron construyendo las gradas que sus culos ocupan.
Para ellos, son nadie.
La arena entre el cuero y mi cuerpo
provocan un escozor que no noto.
Las manos me tiemblan no más que otras veces,
ni se empapan, ni duelen.
Es verano y siento el frío adecuado.
En esta batalla, todo va bien:
cuento más de diez golpes que no vi venir.
Todo en orden, sí, hasta el matar o morir.
Camino, apenas dejo huella.
No es por ligereza, sino por falta de sentido.
Otra estocada vuela en certera dirección,
la resuelvo sin demasiado miramiento.
El público no parece satisfecho.
¿He dicho ya que todo va bien?
No sangro tanto como para rendirme hoy aquí,
ni aquí, ni nunca, ni hoy ni vos sois morir.
Informes, son sombra,
se mueven y embisten y agotan.
Deslizo la lengua por la comisura de la boca,
los labios finos entienden,
y, de repente, el baile.
El último baile de hoy, claro está,
aún no es la muerte,
ya l…

Días de sol y frío

Lo mejor de todo es que no necesitamos nada: nada para llegar, y nada para irse. Terminamos en un óptimo venido a menos incapaz de satisfacer a nadie y, mientras, la cal se desprendía y debajo quedaba la arena, dispuesta a ser devuelta al mar en el inevitable y continuo batir de las olas. Sereno, repetitivo, el deshacer del tiempo de un pasado y hacia un futuro en el momento que respiro.

Tardé más tiempo que nunca en darme cuenta, demasiado en la sorpresa, demasiado en la rabia, demasiado en el viaje, demasiado en el desprecio, demasiado en volver a la vida. Pero volví, a medias, o solamente con un paso, o con medio, o con un milímetro, en cualquier caso desplazada del lugar en el que estaba, desarraigada, deconstruida, determinada, con la ceja fruncida. Se nos tranquiliza con la idea de que, conforme nos hacemos viejos, deberíamos aprender en un crescendo irremediable a lidiar mejor con la muerte, con la pérdida, con la vida, con la dicha y su ausencia y vacío. A veces sí, a veces me…

A nadie

Cien días de adioses formales, de reír, llorar, calcular y correr al unísono. Llegas, como siempre, demasiado tarde, enju(a)gándote sin que nieve pero con frío en este abril doliente e indeciso. De haber podido, al menos dos me habrían prohibido la pluma; lástima, la imposibilidad y la inevitabilidad van de la mano por este camino. Y tú me dejas hacer y decir, mientras me miras, mientras me ves. Pero rabio, porque no entiendo, porque no quiero, porque no sé. Cada vez que te observo a escondidas en las rendijas que forma la puerta de la pared del fondo, no sé. Y no es que no te sepa a ti ni me sepas a mí, que el gusto llegó a dominarnos bien. Es que no me sé de mí, pero sé que me sacas de todo, con gracia y desdén. Despertaré un día y te habré querido como tantas otras veces tantos otros cuerpos distintos en épocas mejores. Te bañas al sol que te quema cada vez que los milímetros del mapa te desgastan, yo me baño en frío mientras llueve, por el puro placer de la redundancia de tomarse …

Primavera

Me gustan los inviernos
y tus silencios otoñales.
Como cuando soñamos en dos metros cuadrados
que navegábamos mares separados
y en la misma barca.
Te descubrí a trozos,
y así me quedé,
hecha partes pequeñas algo toscas,
afiladas, sin curtir.
Fue hace muchos años.
Y resultó ser que no fueron los mismos mares.
Luego, yo volví a navegar.
Y me rompían el fondo de espaldas,
y lo arreglaban ante mí.
Yo arreglaba a quien rompía
y me rompía más así:
noches hirientes de cama completa,
odio, vómito y traición.
Pero conjuré, y el huracán pasó.
Volé sola.
Desde luego,
jamás fueron los mismos mares.
Lo olvidé.
No lo recuerdo.
Después, las tormentas calladas
y los triunfos recurrentes
en esta isla en medio de la nada,
donde lo tengo casi todo.
Aquí sigo.
Un día llegó otra barca;
trajo el verdadero invierno.
Y callaba en otoños,
y leía en veranos
los sueños de otros,
y gustaba descubrirme,
y jugar y juzgar,
y buscar la sorpresa
sin saber bien qué ni cómo.
Seguimos aquí,
es bien sabido:
la cuerda fl…