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Pasos claves de autoayuda

He puesto una moneda en este cachivache aquí en la calle, a ver si me entretiene mientras llueve a más no poder. Se ilumina una luz verde y habla una voz metálica vagamente femenina.
- Defina usted la vida en una frase.
No puedo hacer una frase de la imagen de esa sonrisa que apenas cuenta tres años de vida en un mundo hostil, donde es ya herramienta y no un ser en sí. Tampoco diré la sonrisa de un niño, me recuerda demasiado a un gato colocado de LSD en las obras de Carroll.
"Putada".
Un clásico, nunca falla.
- Diga dónde quiere verse de aquí a diez años.
Viviendo en el campo con una gran biblioteca, un erizo, un doberman y un petauro del azúcar. Y algún guaje por ahí. Pero claro, eso no lo puedo decir.
"Con mi familia, salud y dinero".
Ding, acerté. Fijo.
- ¿Dónde tendría que estar usted de aquí a cinco años para verse allí donde quiere estar en diez?
No respondiendo tests para gilipollas, supongo. Ni prestando atención a imbéciles. Mis mayores taras, qué le voy a h…

Se me acabará el escribirte

El abismo a los pies y el impulso y la pregunta de dejarse caer. Un sencillo gesto, las piernas bailan hacia delante y hacia atrás, alternas. Descalza. Mis manos aferradas al asiento y un gran vacío, y al fondo el verde monte del norte en el que quiero vivir. Respirando eucalipto y romero.

No sé si quiero cerca el mar. Nos hemos llevado aceptablemente bien hasta ahora, con cierto respeto mutuo. Yo a él por inmenso, el a mí por ínfima. Me miro después de casi una década: escribo de mí en femenino, por fin. Con nombre y apellidos. Valiente.

Sueño conmigo y tu sombra cálida detrás, y suspiro al despertar porque tu paciencia no se desvanezca nunca. A diario la misma pregunta: cómo es posible que no interfieras, que me veas vivir como quiero sabiendo que hay huracán tras huracán. Cómo bebes de mi pasión a una distancia prudente, prudente y sereno siempre.

Te has llevado, después de todo este tiempo, lo malsano de mi curiosidad por lo que ha de llegar. El miedo, terrible, mirando la ciudad …

El mal a veces tiene suerte

Ya solamente me sale hablar lo mismo. Escribir lo mismo. Ha amanecido otra mañana y me enfrento al folio en blanco. Es verdad, últimamente está menos blanco, menos miedo. Ya es frío en septiembre, y puedo llevar puestos los calcetines todo el día sin que nadie me riña. En poco tiempo sacaré la manta extra, la del invierno y el olor a té rojo, canela y papel viejo de libro antiguo.

Todo ordenado, recuerdo los personajes que alguna vez leí y sueño con los que en algún momento me inventé. Tienen formas difusas: no les di una vida propia y se me difuminan en el sueño hechos sus rostros de humo negro, gris y blanco.

¿Cómo no van a estar enfadados conmigo si los creo cuando peor me siento y tienen de mí la esperanza anhelada nunca conseguida? Si amar es idealizar, los amé a todos, aunque los amara mal. Y ahí me siguen, fieles por atrapados, acuciantes deseando echar a volar en otras mentes.

Uno de ellos, el Terrible, se sienta en su trono de metal, y sacude su lengua bífida cada vez que fra…

Velocidades infantiles

¿Qué hago con las luchas y la huida?
Todos los días sin tiempo,
finitos, rojizos y ocres.
Rápido, viviendo rápido,
y mil voces gritando qué está bien que quieras ser.
Inundada de cosas sin nombre,
sin reconocerte, sin reconocerme,
sin más.
Exhausta.
Muriendo a cada inspiro.
En un calendario que aprieta
fricción y sequedad,
soñando sin horas de sueño.
Perdida en ansiedad.
Cierra bien las piernas,
no expliques demasiado alto
-ni demasiado bien-
ni interrumpas al hablar.
Corre libre sin dinero,
presa de una década extra en el refugio familiar.
Así es como debe ser,
y así es como será.
Tus talentos no importan,
fuiste admirable hasta que llegó la verdad.
A duras penas rompiendo cuernos
-los tuyos, los de otros-
en vórtices carentes de final.
Como su propia definición indica.
Aquí puedes observar.
Teclas, tiempos, cuadrados,
cruces, paseos, bicicleta,
sostenibilidad.
La puta mierda de conquistar la vida adulta.
Podría ir yendo a acabarse ya.

Allá a lo lejos

Me es borroso y difuso, y solamente de color marrón oscuro, barniz barato. Así es el resumen, en el décimo cajón de mi cofre de sentimentalismos previos, de todo aquello. Ni siquiera le da luz volver a verte en la pantalla, parpadeante e insistiendo suavemente.

Supe siempre que no. Aunque lo intentara y observara cosas nuevas, el desprecio es mal cimiento. No consigue asentar. Era un veneno denso y opaco, metálico y brillante, un veneno que define la etiqueta de tus ojos que en mí persiste. Un veneno cuyo antídoto fue el mejor, que fue marchar.

No lo distingo. Y está bien así, no hay culpa ni rencor, y podría haberlos habido. Era todo un ritual, una preparación frente al resto de la vida, y así hasta que nos sobrevenga la muerte. Sin saber para qué, o siendo ello mismo ese qué. No importa. Cada uno justifica su miseria como puede, o como quiere, o como le dejan.

Mi miseria ya no existe, y no la borró un elixir cuidadosamente elaborado. Ni un pacto con una deidad distinta, sino entre i…

La M de mi mapa

Era una ciudad muy vieja que olía a roto y renacer. Éramos más jóvenes que ahora, y ya empezábamos a envejecer. Mirábamos su cien torres, y a veces eran solamente diez, y otras veces eran solamente mil. Entre los escondirijos del castillo nos tumbamos en el suelo para sentirnos pequeños frente a tamaña catedral. Y luego en la plaza empedrada oímos un acento familiar de palabras muy extrañas. Y reímos.

Aquella vez adiviné cosas que nunca otros habían adivinado antes. Fui niña y torpe, saliendo de mi último huracán, del peor de todos. Pesaba cinco kilos menos, no era capaz de comer. Yo, ¡imagínate! Y entonces me llevaste a aquel sitio escondido donde habías cerrado algún negocio ya, y comí carbonara, qué si no. O quizá construyo el recuerdo y comí alguna otra cosa. Pero volví a comer en aquel viaje.

Has hecho de esa ciudad tu casa. Recuerdo el paseo por el barrio judío y cómo descubrimos que lo era. Recuerdo un viento cálido del sur en aquella sinagoga y una estatua de Kafka que no se m…

Entrada de diario de un domingo de septiembre

Se me ha limpiado el horizonte con algo de polvo en los ojos en medio de una tormenta de lluvia gruesa y pausada. A partes iguales mezclando áiron y petricor. Es el séptimo en noveno lugar que me huele a octubre, con vacaciones de verano puestas e impuestas en la segunda mitad. Ni tan mal.

Echo la vista atrás tres y cuatro años, y las desgracias no igualan al fénix, pero casi. Así que toca una lista de indie folk y vaciar el armario de pantaloncitos cortos que invocan catcalling.

He vuelto a ser consciente de la miseria de su vida infame, elegida y envenenada de cáncer y rencores. Aparece un personaje hecho escarnio, que a duras penas iguala la fama de su alter ego creado hace tanto. Luego, apretar los dientes y tragar el agua salada antes de que brote. Todo sea por no aceptar una esencia vil y maquillar bien la cara delante de una nueva señorita, una vez cada par de años.

Lo cierto es que empiezo a sentirme bien. La suerte siempre ayuda, aunque sea una suerte pequeñita. He prendido u…