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Hueles a café

En medio de la tormenta, hueles a café. A tu café.
Todas las mañanas, tostada de margarina y pan de corte transversal.
Antes de que salga el sol, incluso en verano, "que tengas un buen día".
Y de repente se me hizo oscuro minutos antes de amanecer, y estuvo oscuro largas horas.
Nunca antes se había hecho oscuro, aunque hubiera habido sombras.
Y esa mañana, olías a café.
"Luego esas cosas son las que escribes", dijiste.
¿Pero cómo no las voy a escribir?
Las escribo porque los olores distintos me hacen volar a otros tiempos, porque nos quiero así, no doliendo y libres: no dolientes.
Mi magia está en el frío de este no verano de nubes y somnolencia, de tanto por hacer.
En los sábados exhaustos y en el "hoy ha estado bien".
Podría seguir describiéndonos cada día y aún tendría cosas que decir, aunque a veces no me salgas.
Digo no me salgas de mí, de aquí de este adentro tan mío cuidadosamente oculto bajo toneladas de sed.
Mañana volveré a decírtelo.
Hueles a ca…

Hoy y siempre, a ti

En el entorno distinto aún por reconocer,
en mis palabras atropelladas de ilusión y vida,
te miro.
En la rabia del mal hendido por otros, de la dignidad traslúcida,
en el saberte de otro mundo nada similar a lo de ahí fuera,
te miro.
En el clamor silencioso de la más vulnerable exposición:
en el sexo alzado de ojos cerrados y pecho elevado,
te miro.
En lo desconocido del futuro,
en lo expectante de elegir,
te miro.
En la confusión de mi más hondo razonar,
en tu tacto de mi piel arrimada contra ti,
te miro.
En la desnudez del hablar sin reservas,
en la única regla impuesta, la honestidad,
te miro.
En las mañanas de suelo frío,
en las noches de sudor que anuncian hastío,
te miro.
En tus ojos brillantes y tu sonrisa de adentro,
en el temblor de tus manos y la ilusión de echar de menos,
te miro.
Hoy y siempre, a ti.
Hoy y siempre, te miro.

Instrucciones de uso

La sensibilidad del dedo corazón es más afilada en momentos de satisfacción.
El contexto sexual aquí no es imprescindible.
La certeza del trabajo bien hecho, sí lo es.
Disponga los instrumentos adecuadamente.
En su manta de fieltro blanco, con su lazo posado tranquilo alrededor de cada mango.
Obsérvelos.
Sus engarces de madera y metal pulido.
Rememore la precisión quirúrgica que los ha dirigido.
Elija su preferido.
Extraiga con cuidado lento su figura.
Deslice la yema por su superficie casi líquida.
Recuerde el surco lento al aplicarlo en la piel y su extensión.
Escuche otra vez la respiración pausada que cobra ritmo en cada centímetro.
Pregúntese por el tono y la suavidad de la superficie en la que opera.
Perciba, en este frío albino, el vapor denso que se eleva alrededor de su mano.
Sienta cómo va abrigando su pecho mientras del bajo vientre mana un deseo voraz.
Cierre los ojos.
Recuéstese.
Déjese abrazar por el instinto.
El contexto sexual aquí no es imprescindible.
¿Verdad?

Días de suerte

Es un susurro continuo, más grave que agudo, que tan pronto se siente lejos como justo detrás, al volver la cabeza. El blanco batido en su final se opone a los verdes y los azules, avanzando desde el horizonte donde, a veces gris, a veces negra, ondea la silueta de una máquina. Los acantilados se ven carbón veteado de grana y pardo arcilloso, sin ser dúctiles de ninguna manera. El eucalipto joven engaña al pino azul y van compitiendo ladera arriba en pendientes imposibles, mientras retiro la arena de este trozo de tela fuerte que nos ha estado sirviendo de poso. Una de tantas calas, la nuestra de este hoy.

Las olas se han esmerado en construir pequeñas colinas, tan reales como las luchas de aquellos que las doman, que poco a poco van conquistándolas. Mientras de uno las palabras se afanan repetidas y brillantes, del otro salen laboriosas y pensadas. En poco más de medio metro, dos historias no escritas van descubriendo la playa, y sus entresijos, y sus quehaceres. Siguen, con la vista…

A "Joven y Bonita"

Hoy fumaría hasta dormir. Del sentido estético y apocalíptico no me queda máscara ya, ni siquiera me abrigan la ropa o el calor. Las semanas se agolpan acusándome contra lo inútil y humano de sufrir, entre pesadillas que parecen sueños y sueños que me agotan el dormir. Sé que Thánatos me persigue tuerta, y que poco más queda en el rincón donde tiré mi chaqueta favorita, negra como el carbón. Busco la belleza a ciegas inherente a ti, pero estás lejos, tan lejos que respiramos aires distintos y noches distintas, mientras todo colchón es demasiado grande sin tu espalda. Una bruma obtusa lo empapa todo, que se muestra nítido, y ya no sé si es el blanco y negro el que regula la gama de grises, o la ausencia de luz y la lluvia de hastío. Ese vibrato sordo que me sube por la nuca se ha asentado en mi mandíbula hace días, entre las noches que he llorado y las que he gritado porque sí. De alguna manera cuento mil nudos sobre el hombro mientras procuro metas absurdas en el comer, el hacer y el …

Siete

No soy más que el recuerdo vago y familiar de lo que una vez fue, bajo una sonrisa serena y la maravillosa capacidad de vivir discerniendo sin juzgar. Aún tengo fantasmas viejos con los que hablo alguna que otra vez, pero ya no nos reconocemos el uno al otro, ni apenas a nosotros mismos. Porque hablar con los fantasmas es, de alguna manera, dejar de ser el que se es hoy.

He soportado más que nunca, he reído a mandíbula batiente. Me brillan los ojos por vez primera en dos décadas, con ese brillo que da la certeza de la paz y el recurso inevitable en tu hombro. Reservo la media que me falta para hablar de una infancia inexistente reducida a dos fotos que alumbran su desgaste. Ya no escondo, valiente, lo que digo, lo que pienso y lo que creo: mi arma es la desnudez de mi experiencia, de mis ojos y mi sangre.

Sigo bebiendo la fruta del arte que hay en la inocencia de un niño. En su pregunta y su tono, en su curiosidad infinita que rezo porque siga acostándose conmigo. Observo, no obstante, …

La pérdida

Empecé a escribir por el final. Primero me vi en otro término, y al acercarse la fecha en que volveré a enseñarme a mí y quizá a otros lo que fui, caí en la cuenta de que este tiempo no ha pasado. Han sido cinco estaciones, la humedad del ocre repetida, como si no fuera dicha suficiente observarla una sola vez. Este tiempo no ha pasado, o yo no he pasado apenas por él. Porque todo lo que creí aprender ya no existe. Ya sólo queda una consciencia inevitable que estaba ahí antes que nadie. No existe soledad voluntaria, la esperanza cobra un rostro amable y se lo intercambia con mil rostros sombríos. Creo firmemente que voy a perder. Que no merezco un triunfo que no provenga de esfuerzos muy concretos que jamás tendrán cabida en este marco. Creo que la bondad que queda en este cuerpo ajado por la vida ya no se puede pintar de blanco. Dudo continuamente de lo más esencial que he tomado por válido toda la vida. Observo la muerte y quiero la dicha que me dio encontrar su solución en el amor …