Octavo Trazo. Quedarse escondido.

Antes de abrir la puerta se miró al espejo. Se alisó la falda y se colocó los cuellos de la camisa. Se sentía perfecta, imbatible, casi una diosa. Al menos, diosa de sí misma. Al bajar a la calle, sintió la brisa después de tantos días. Le encantaban las mañanas de verano, y más si era domingo. La ciudad dormía de día entonces. Olía a fresco y a polución -ah, la ciudad-. Comenzó a andar.

La noche anterior la había pasado apuntando todos aquellos lugares que habían sido importantes en su vida. Cada lugar que quería volver a visitar, a recordar, a pensar, a cantar y a imaginar. No sabía la razón de que a cada lugar le correspondiera una canción. Ni la razón de que recordara todo con tanto detalle. Tampoco sabía la razón de por qué no tenía sueño, después de una semana sin dormir apenas, y habiendo madrugado para encontrarse. Tampoco era importante.

La música sonaba, su alma se emocionaba. Era todo una cadena de placeres, en los que las lágrimas no eran tan malas y negativas, y las sonrisas eran mejores que nunca. Rara vez se cruzaba con alguien, y ninguna vez ese alguien fue conocido. Mejor, no tendría por qué dar explicaciones sobre por qué lloraba por la calle a nadie que la prejuzgara.

Llegó al primer lugar en su lista. Un parque. Había sido una suerte -un guiño de quien dirige el destino- que ese día hiciera sol. Su recuerdo importante estaba marcado por la lluvia y la tristeza, pero no era un mal lugar para empezar. Allí aprendió una de sus máximas: contra todo se puede luchar. Se recordaba llorando, y lloviendo -sus lágrimas y la lluvia eran todo uno- pequeña, cuando su mejor amiga se largaba después de haberla tirado del pelo, y con una sonrisa socarrona. Tendría seis años, pero nunca lo olvidó. Se sonrió pensando que era un recuerdo vano. Y más se sonrió cuando se dio cuenta de que a esa niña, nunca la volvió a ver hasta muchos años después, y descubrió que ella, no recordaba nada. Se sentó en un banco y miró a su alrededor. Allí, en los columpios, a unos cincuenta metros, había dos niñas. Dos niñas con trenzas, como otrora fueran ellas.

Los pasos la guiaron hasta su segundo recuerdo. No seguía el camino más corto; tampoco daba rodeos, simplemente se dejaba llevar hasta las sorpresas que el señor Destino la había preparado. Ese día parecía que ese tal Destino se contentaba con la ruta que ella había decidido para sí.

La plaza estaba concurrida, los niños ya habían despertado y habían arrancado del diario mañanero a sus abuelos para bajar a jugar. Ojalá ella fuera abuela algún día. Estaba segura de que sería una buena abuela. Tenía buenos antecedentes. Se dirigió al quiosco y compró las pipas de esa marca que parecía existir en esa plaza, solo. Su abuelo siempre llevaba unas pocas con él, y siempre que la veía, se las daba. A ella sola, a ningún nieto más. Ése era su recuerdo especial, ella era especial para su abuelo. Eso recordaba en su infancia. Ahora sonreía, porque ella era la niña de las pipas, su primo el de los aviones de papel, y las gemelas, las de las pulseras de gominola. Era magnífico, su abuelo había sido capaz de hacerlos sentir especial a cada uno, único, sin que se dieran cuenta de que todos lo eran. Ésa había sido su lección. Aunque el truco de cómo enseñarla, claro, no lo supieron hasta tiempo después, cuando su abuelo ya no podía contárselo.

Cuando terminó esa bolsa, compró tres más y las metió en el bolso. Había decidido que siempre tendría provisiones. Aunque solo fuera por recordar a su abuelo cada vez que buscara el móvil dentro. Quería teñir los actos cotidianos con varias pizcas de ilusión. Sus pasos la llevaron...

Así pasó toda la mañana, de recuerdo en recuerdo. Pasó por una media de diez sitios, sonrió una de diez mil veces y lloró una de cien lágrimas. Pero, lo mejor de todo, fue cuando volvió a casa. Él seguía dormido, envuelto entre las sábanas, a pesar de la luz de mediodía que llenaba la habitación de blanco radiante. Le asombraba esa capacidad para dormir que los dos tenían. Se desvistió, se puso una camiseta larga y se tumbó en la cama, a su lado. Con los brazos cruzados tras la nuca, miró al techo, y se quedó dormida, dormida y feliz. Dos horas después, y ya casi daban las 3 de la tarde, le despertó una pluma en la nariz, seguida de un rostro con una sonrisa pícara, y una frase con un beso. Sé que te has ido a soñar y no querías despertarme, pero la próxima vez, avísame, ya sabes que me hace feliz soñar contigo.

Un beso.


Comentarios

  1. No me ha quedado más remedio que añadirte a mi blog.
    Te vas a enterar.

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  2. Qué decir.. amable, agradable, envidiable, real, cercano, acogedor, sabroso, liviano... Todos estos adjetivos (y creo que me quedo corta) me sugieren tu texto, Campeona ;-)

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  3. Muchas gracias a los dos, por seguir aquí no dejando que esto muera :)

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  4. ¡Y toda la vida que le queda! Lo creo de verdad, Noe.

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