Primer Trazo II. Él.

Me siento sola encima de una roca pulida puesta como por accidente en la cumbre de un acantilado. La hierba fresca, como siempre, y verde; el mar, su olor, abajo, rompiendo y desgastando la roca con cada ola. El pelo suelto se mueve donde quiere, hace un poco de viento, fresco, no solo brisa. Llevo mi sudadera gris, la que abriga, unas zapatillas y un pantalón. Me observo. Miro al cielo encapotado, siento el frío húmedo de mi patria, ese que cala pero a veces presta sentir. Los cascos puestos: la música. Michael Nyman. Y vuelve aquella historia. Pero esta vez no soy yo, es él.

Bajaba las escaleras del edificio riendo y cantando, cuando en el escalón número ocho antes de llegar al suelo me quedé quieto. La había visto, a ella, y entonces, me di cuenta. A lo largo de nuestra vida en común, no había cambiado nada y, sin embargo, ahora que no la tenía, era un hombre completamente distinto. Ni siquiera pensé en la paradoja de que ella me condicionara más cuando nada compartíamos, tan solo me di cuenta de que no era el mismo, de que era completamente diferente. Y entonces, impulsado por Dios sabe qué, tomé una decisión. Una decisión que había intentado tomar antes, pero nunca me había empeñado: me confesaría, o la olvidaría. Suprimiría del recuerdo sus besos, sus abrazos, su calor, las noches de cama y las mañanas de café, las conversaciones sobre la vida y el olor de su pelo. Todo. Pero antes, iba a concederme otra oportunidad. No sabía entonces hasta qué punto la esperanza, su contrario y el amor van ligados a lo largo del camino.

Los momentos nerviosos antes, durante y después de hablar con ella eran la tónica general. No era capaz de dejar que me diera un beso en la mejilla, pero lo hacía. Medía con precisión mis movimientos con el único propósito de no romper un jarrón recién pegado, pero a cada instante se me hacía más difícil. Los miles de voces regalando consejos tampoco ayudaban, qué más daba lo que dijeran si ninguno de ellos era yo. Pensándolo mejor, qué más daba si ni siquiera yo era quien fui. Solo quería cambiar la palabra amistad por amor, hasta tal punto de que casi odié las dos.  Daba igual el tiempo que hiciera, para mí los días tenían menos brillo desde que no podía decir que la quería, y aunque lo dijera, jugábamos al juego de que esos "te quieros" eran solo por compañía. No podía centrarme en nada, no podía pensar en nada, hasta empecé a buscar en los libros las soluciones que nadie me daba. Busqué en best-sellers sin argumento primero; nada encontré. Luego me decanté por la Literatura clásica, pero nada me encajaba. Y un día descubrí, entre páginas de Romeo y Julieta, el resumen de mi vida.
"Quien ciego ha quedado no olvida el tesoro que sus ojos perdieron."

Ciego, ciego de superficialidad antes de conocerla. De alcohol y tabaco, de mal sabor de boca, de relaciones peligrosas. Ciego, ciego mientras la tuve, sin ver que su cariño iba a ser para toda la vida y que iba a ser fiel compañera. Ciego, cuando todo terminó y a partir de entonces, pero ahora ciego a todo lo que no fuera ella. ¿Olvido? Olvido es la palabra mágica que todos querríamos dominar, pero ya lo oí una vez: ejercer el olvido por voluntad es imposible. Ese writer también decía que los amores que se van nunca vuelven, pero en ese momento lo desoí. Perder la esperanza a punto de encontrar la solución era algo que se me antojaba ridículo, desleal para conmigo, y ya lo había sido suficiente estos largos meses. Tesoro... tesoro, sus ojos, con ese brillo eterno que da la impresión de que siempre fuera a llorar, y la hace tan bella. Tesoro su alma, tan pura, tan dorada. Tesoro su cuerpo, y la fantasía. Ojos, de brujo, hubiera querido tener. Perdieron; no necesita explicación.

La solución pasó por llorar. Lloré cada palabra dicha y por decir, cada canción que significó algo y la que no significó nada porque en aquel momento no me apeteció. Se surcaron mis mejillas por cada contacto, cada caricia y cada vez que hicimos el amor. Todas aquellas veces que me pidió escucharla al piano y siempre tenía cosas mejores que hacer, vitales para mí, ineludibles. Lloré por haber sido jodidamente estúpido.

Me esperaba al pie de la escalera, como siempre hizo, con su sonrisa dulce en los labios y su mirada llena de ternura. Me llamó como siempre me llamaba cuando podía besarla y terminé de consumirme por completo. Adiós decisión, me temblaban las piernas, los labios, y hasta el alma. El ciclo volvía a empezar, y yo volví a perder la cabeza entre las ideas y el corazón. Me dio un abrazo y el odiado beso en la mejilla. Y, muy pegada a mí, caminamos juntos por la calle. Como justificación diré que durante el camino, solo se me ocurrió proponerle una cita para intentar ser más valiente ... una próxima vez.

 

Comentarios

  1. Miedo escénico como quien dice... Pensar las cosas es mucho mas sencillo que hacerlas.... y luego a veces toca arrepentirse de no haberlas hecho.


    PD: Pa no estar inspirada hija.... ;)

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  2. Si hiciéramos todo lo que planeamos y sabemos que va a ser mejor para nosotros, el mundo se evaporaría de emociones y explotaría en margaritas, pero nos excusamos pensando que los cardos también tiene que vivir, que si la gente los deja ahí plantados, por algo será.

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  3. Qué bonito Noe..qué recuerdos.De los que no guardan rencor ni nostalgia,solo sacan una sonrisa en la cara.

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  4. Nunca hubo un 'Primer Trazo III', ¿no?

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  5. La verdad es que no. Aquella historia se esfumó, con una agonía más o menos característica, pero ¿sabes qué? Donde hubo, siempre queda. Siempre queda algo.

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