Séptimo Trazo. Puntos suspensivos.

Estos tres días sin letras han sido días de sentimientos oscuros, negros, morados, verdes vómito. De uñas clavadas mejor que las palabras, de rabias, de lágrimas. Y lo peor de todo es que ni recuerdo por qué, ni quiero recordarlo. En otro momento, diría que es sorprendente sentir esto sin saber por qué, pero hoy, que los sentimientos aún colean, o se reactivan en busca de su apogeo, no me importa.

Hay distintas maneras de estar enfadado. O, mejor dicho, diferentes orígenes. Puedes estarlo debido a una decepción ajena. O debido a una traición, o a un fallo propio. O a la casualidad -ésa que no existe-. O al agotamiento. En todos esos casos, el enfado tiene colores diferentes. Pero, desde luego, el más oscuro y el más triste es el enfado mezclado con dolor, ése que no se te pasa, y que, cuando lo hace, se transforma en lágrimas profundas y sollozos ahogados. Ese dolor que deseas al enemigo si eres humano, y mentiroso si dices que no lo haces. El peor de todos. El más amargo, el más cruel, el más odiado, ése, ése, el del odio. El que provoca enajenaciones mentales transitorias y toda esa sarta de bobadas -¡pérdonenme psicólogos y psiquiatras por llamarles bobos! (solo lo son en este momento, o quizá no, y hay de todo en todas partes)-. El que te hace sentir solo al lado de quien quiere ayudarte. El que te hace encerrarte y no salir más, el que hace que el instinto domine y no percibas nada.

Siempre me ha gustado saber el camino para arreglar las cosas. La manera de evitar que sean negativas. Hoy sé cual es el camino, pero ha mellado tanto lo recorrido hasta hoy que no me apetece. Por suerte, es momentáneo y se me pasará. Pero, joder, a ver si aprendemos a evitar que llegue, aunque todos mis esfuerzos hasta hoy hayan sido vanos. Ojalá sea por Edison y sus 2000 maneras incorrectas de hacer una bombilla.

Las palabras y las lágrimas han ido juntas en la Historia muchas más veces que las palabras y las sonrisas. O por lo menos, eso sé hasta hoy. Por lo menos sé que siempre quedan las palabras.

Comentarios

  1. Lo malo de las palabras es que muchas veces quedan en ese limbo del que sólo salen a golpe de lágrimas. Has olvidado la palabra mágica: decepción. Y es que a la decepción nos abonamos nosotros mismos con el artefacto más humano y más explosivo que existe: el engaño, que nos gusta más cuanto más lo hacemos propio. Y así nos vamos consumiendo sin sonrisas en medio de una vida que siempre sopla en dirección opuesta.
    Sigue escribiendo.

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  2. Creo que es inevitable sentirse mal a veces, por unas cosas o por otras. Lo bonito es aprender a canalizar esa sensación, pero para ello hay que reconocer cuándo, y para eso hace falta saber cómo es esa decepción.

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  3. No solo es inevitable... sino que es necesario... el sistema nervioso necesita saver lo que es sentirse mal... ya que es una defensa mental que nos pone alertas ;)

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  4. A parte del gusto personal (aunque sí, puede que sea el Sistema Nervioso el que lo pide), ¿quién no ha tenido ganas alguna vez de protagonizar una buena escena dramática, con sus gritos, sus silencios, sus miradas asesinas, sus lágrimas y todo eso?

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