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Mostrando entradas de febrero, 2010

Vigésimo Tercer Trazo. Lamento por letras encajadas.

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Vivo en búsqueda de la excelencia, de la originalidad, o la falta de la misma hecha algo nuevo a través de las palabras. Trato de encauzarlas desde mi espalda y mis brazos, cuando serpentean serenas y vivas por las yemas de mis dedos. Son doradas y color tinta. Sé que huelen a emociones y aparentan sentimientos, que nunca fallan a no ser que tú lo quieras. Que se hacen mentiras a tu voluntad, que las puedes controlar. Que ellas te controlan a ti y se convierten en una droga letal para tu alma y tu razón. La locura se roza a la par del éxtasis cuando te tocan; es su tacto el que te hace ascender al cielo y buscar cada vez una mayor exactitud. La perfección es la meta de un ingeniero: yo estudio una experiencia de vocablos con sentido y de sinsentidos verbalizados. Pero, ¡ay! qué vacías las palabras... cuando no son capaces de expresar el amor. Pero ¡ay! qué vacío el intelecto cuando no es capaz de utilizarlas... Ay, qué lamento por el aprendizaje lento, y qué expectación por el próximo…

Vigésimo Segundo Trazo. Nombre.

No logro recordar tu nombre. Soy consciente de tus facciones, de la importancia patente de tu esencia y la corta inexistencia en mi vida, pero no puedo recordar tu nombre. Recuerdo tu dentadura digna de museo, por mal construida, y tus ojos pequeños y brillantes. Tus pestañas largas, qué contraste. Recuerdo tu cara redonda y tu jovialidad, tu cara agujereada por el metal y tu coche destartalado, con la serpiente de peluche que tanto me gustaba. Recuerdo como olía -y casi nunca recuerdo olores- Tu recuerdo es de un día soleado y alegre, con los huesos atravesando tu ropa, expresión de la extrema delgadez. Recuerdo tu amor en cada gesto, en mi tierna infancia. Quiero saber qué ha sido de ti. Ojalá un día recuerde cómo te llamas, y sea valiente y me atreva a salir a buscarte. Ojalá si lo logro, no me traspases y yo, no sea nada. Ojalá.
Disculpen la brevedad.

Vigésimo Primer Trazo. El comienzo, el momento exacto.

Zarandeó el libro con empeño observando detalladamente cómo se escapaban las letras impresas, al trasluz del sol casi puesto. Por ser vacío eso no la satisfizo, y buscó un papel, y un bolígrafo. Garabateó sus dos frases favoritas, y se quedó petrificada ante la caligrafía. Durante más de diez minutos. El pelo se le metía entre los ojos, pero no importaba. Frunció el ceño, y acercó mucho la punta del bolígrafo a sus ojos. Quería saber por qué de él salían las palabras. Cuál era el truco para crear una obra de arte. Apenas seis años, y ya apuntaba alto. Ése fue el comienzo de una vida dedicada al arte, las pasiones y el aprendizaje. Ése fue el comienzo de mi vida.
Tiempo después vendría la experiencia casada con la inspiración, y los días inermes ante la droga insana de la escritura. Y, ¿tú? ¿Cuál fue el comienzo de tu vida?

Vigésimo Trazo. Minimalismo.

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Cuando veo cómo te acercas lentamente,
me recreo en nuestro aroma.
Tres millones pagaba por fumarme un cigarro de vainilla. Tan dulce.
Mientras, me contento con el resto de placeres,
tan ardientes, tan profundos.
Y con fumarme la vida contigo.

Apuesto por seguir tu cuerpo entre las sábanas,
por consumirnos de deseo entre sudor salado.
Por hacer bellos los encuentros más intensos,
por oír el jadeo explícito de los ángeles.
Creo en la sabiduría de las manos
y en la novedad de la experiencia.

Abogo por la fe inquebrantable en la capacidad de amarse.
Y por las condiciones y el derecho de tocarnos,
y la angustia por el roce y la conciencia.
No consiento la agresión si se pretexta con la paz:
el objetivo de cada ente debiera ser soñar
con los ojos abiertos, el futuro de su cuerpo,
de su extrañeza, de su alma y su razón.

La expresión máxima del yo,
quiero convertirla en un nosotros.
Me ahogo si no siento tu cuerpo junto al mío
o tus ojos mirándome dormida.
Recorrer tu pecho caminando,
supera…

Décimo Noveno Trazo. Nada tenía por dentro, o la oscuridad.

Empapó la mano derecha en el agua del lavabo y frotó con ella sus ojos, en la severidad del mohoso zulo. Mil riachuelos pasaban por su rostro y se mezclaban con sus lágrimas. Lloraba, de puro terror, de una aprensión tan grande e insana, que lo estaba consumiendo. Se miró en el pequeño espejo combado, a la izquierda, mientras la bombilla bailaba con las sombras en el techo. De repente sintió un escalofrío, y se escondió más entre su ropa, como si por ello lograra alejar esa hiriente sensación. La agonía que vivía le había robado esos aires de pícaro y travieso que reflejaban antaño sus facciones, para dejarlas reducidas a un suspiro de arrugas y marcas en la piel. Era terriblemente infeliz. La pintura semigris del techo, suelo y paredes era incluso más halagüeña que su semblante. El vacío que sentía era mayor incluso que la suma todos los dolores que había padecido a lo largo de su vida. Mayor incluso que la tortura de treinta meses de prisión en aquella prisión árabe, mayor que el im…

Décimo Octavo Trazo. Romanticismo del siglo XXI.

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Se despeinó aún más el pelo con la mano izquierda y miró al techo. Tumbado como estaba encima de la cama, la sábana blanca le cubría justo lo necesario. A su derecha, una más de tantas jóvenes en el punto exacto que a él le gustaba. Ni muy madura, ni tan inocente que fuera tonta. Simplemente, joven. Bueno, ésta era diferente, tenía el pelo de color rojo. Nunca había besado antes a una pelirroja, ni había disfrutado tanto con el olor de ese color de pelo. Nunca había reconocido tantos aromas en un movimiento de muñeca que le diera tanto placer, y nunca había dejado que jugara más ella que él.
Se levantó, y, desnudo, miró por la ventana. Una noche de exceso, droga y sexo. Estaba bien. Fuera, el cielo encapotado. Parece que ese día Dios no quería que los niños sonrieran. Bajó las escaleras del dúplex de puntillas. Eran metálicas, y sonaba más. En ese hogar, todo era blanco. Paredes blancas, techo blanco, muebles blancos, ventanas y cortinas blancas: sofá negro. El sofá, era muy importante…

Décimo Séptimo Trazo. Juega.

A veces te encuentras algo, simplemente caminando, y te das cuenta de que ha cambiado algo dentro de ti. Mentira, nunca te das cuenta, pero qué bonito sería que todos lo supiéramos, ¿verdad? Darte cuenta del punto exacto, del momento justo que lo cambió todo... ¡Cuántos errores ahorraríamos! O bueno, vete tú a saber, la Naturaleza es tan sabia que seguro que creaba otro mecanismo para hacernos algo más estúpidos.
Mira, soy de las que pienso que en el fondo, solo valen las experiencias y el conocimiento adquirido. Eso no se marcha nunca, nunca, de forma voluntaria. Puedes olvidar esa chica que te hacía volar al mirarte, puedes olvidar cada momento, pero en realidad no lo estarás olvidando sino cambiándolo de lugar en la memoria. Esto es tan simple, que es un juego. Vivir se resume en jugar bien tus cartas, luchando por ganar, por el propio beneficio, y lo hacemos todos. Lo mejor de todo es que las reglas en este juego eres tú quien las pone: puedes autocompadecerte o levantarte de entre…

Décimo Sexto Trazo. Atrévete a crear.

Kant dijo una vez: "Sapere aude". Atrévete a pensar. Yo digo, y seguro que mucha gente lo ha dicho antes, consagrados o no, adorados o condenados, descubiertos o por descubrir: Atrévete, sí. Pero, atrévete a CREAR.
Deja que todo lo que has vivido recorra tu ser como si lo vieras, como si las letras de un texto surcaran tu piel y creasen ondas, como si los trazos de un lápiz y sus formas colorearan de gris y pintura tu mirar, que lo que duela se clave un poquito y lo que te hizo feliz sea como una brisa fresca, que no fría. Deja que los recuerdos empapen tu vida y te hagan aprender, deja que tu vida acabe siendo un montón de recuerdos que ha merecido la pena vivir. No pierdas nunca la sonrisa, ni esa alegría espontánea que tan feliz te hace y hace a los demás. Y si no tienes alegría, da igual, llámalo como quieras, no pierdas esa chispa que te hace único. Escribe, cuenta, narra, liriza o dramatiza todo lo que quieras mostrar. O no muestres nada. Pero sobre todo, vívelo, vívelo…

Décimo Quinto Trazo. Sé valiente.

No siempre, solo a veces, la solución a los problemas está en mirar dentro de uno mismo y arreglar tus propios fantasmas, en un ratito de soledad voluntaria. La verdad es que en esta vida, para poder disfrutarla, hay que ser valiente. Y ser valiente no es hacer todo lo que tienes que hacer siempre, ser valiente también es reconocer que no quieres hacer algo, aunque luego lo hagas; eso es ser valiente con uno mismo; reconocerte a ti mismo, tus fallos, tus miedos, tus defectos, tu carácter, es la hazaña que más valor requiere. Lo que quieras conseguir en esta vida, puedes conseguirlo, siempre y cuando estés dispuesto a hacer los sacrificios que requiere y a aceptar las consecuencias de lograrlo. No permitas que nadie condicione tus sueños, y mucho menos permitas que condicionen tu capacidad de soñar. Sueña ser algo, o ser alguien, o no ser nadie, pero sueña tus sueños, sueña lograr algo, o no lograrlo, aspira a lograr ser libre, a pensar, a crecer hasta el día que exhales por última vez…

Décimo Cuarto Trazo. Te invito.

Te invito a compartir mi mundo,
mis sueños, y mis ojeras.
Mis maravillosos cinco últimos minutos del día,
y mi caos de las doce del mediodía.
Y las sonrisas del espejo al lavarme los dientes,
las caricias y las manos, tan ardientes.

Te invito a adueñarte de mi piel
al menos cien veces al mes.
A compartir ducha y mantas,
a hacer lo que tú quieras que haga.
A saltar juntos y de la mano
sin olvidar que por juntos, ya ganamos.

Te invito a crear un planeta
y contar una a una las estrellas
hacer de cada palabra la más bella,
y de cada instante un recuerdo que retengas.

Te invito a darnos la vuelta,
vernos la espalda, y el alma de veras,
a ponerme yo tus ojos en mis cuencas
y a verte tal cual, esperando en la puerta.

Te invito a un motel de carretera,
y a un baño con fresas, y por supuesto, con velas,
a nadar en un mar de respuestas
y a preguntarnos por cada flor que florezca.

Te invito a hablar conmigo del tiempo
del alma, de Dios, de los juguetes, y de un cuento.
Te invito a verme por las …