Décimo Noveno Trazo. Nada tenía por dentro, o la oscuridad.

Empapó la mano derecha en el agua del lavabo y frotó con ella sus ojos, en la severidad del mohoso zulo. Mil riachuelos pasaban por su rostro y se mezclaban con sus lágrimas. Lloraba, de puro terror, de una aprensión tan grande e insana, que lo estaba consumiendo. Se miró en el pequeño espejo combado, a la izquierda, mientras la bombilla bailaba con las sombras en el techo. De repente sintió un escalofrío, y se escondió más entre su ropa, como si por ello lograra alejar esa hiriente sensación. La agonía que vivía le había robado esos aires de pícaro y travieso que reflejaban antaño sus facciones, para dejarlas reducidas a un suspiro de arrugas y marcas en la piel. Era terriblemente infeliz. La pintura semigris del techo, suelo y paredes era incluso más halagüeña que su semblante. El vacío que sentía era mayor incluso que la suma todos los dolores que había padecido a lo largo de su vida. Mayor incluso que la tortura de treinta meses de prisión en aquella prisión árabe, mayor que el impacto de la pérdida de la mano izquierda y quedar tullido para siempre. Mayor que ver la espalda de los que fueron sus amigos, de su familia, de la autoridad teóricamente competente cuando volvió con las heridas más abiertas que si hubieran sido regadas con sal. Mayor que cinco años de pasar días y tratar de encontrarse, mayor que una búsqueda eterna del significado de su vida dada de bruces siempre contra el mismo muro frío. Mayor que haber sido abandonado por sú unica luz, su musa, cuando parecía que las cosas no podían ir peor. Mayor que haber apostado por los recuerdos buenos, que se fueron olvidando. Nada tenía por dentro.

Las verdades lo golpeaban como cristales helados de veneno. La ponzoña iba extendiéndose cada vez más por su alma, haciéndole entrar en un bucle de pesadillas hecho realidad. Vomitó en una esquina de puro asco, aunque llevaba tres días sin comer. De repente, tampoco sabía donde estaba. Llevaba tres días de una huida del mundo conocido hacia lo más oscuro de un bosque, y había encontrado ese caseto construido en medio de un claro, como si le estuviera esperando. No tenía ningún propósito, ninguna función más que la de esperarle. Esperarle para arrojarle la realidad a su alma y machacar su cráneo con toda la potencia de aquellas conclusiones obvias. No había servido para nada.

Logró empujar la puerta hacia afuera. A causa del viento, esa chapa mal colocada llevaba todo el tiempo golpeando el marco con un sonido rítmico, lo único que acompañaba su respiración y sus sollozos, convirtiendo el ambiente en algo aún más enfermizo. Salió de esa prisión al aire libre a trompicones, para caer de bruces contra el suelo. Y en el suelo... los zapatos embarrados de una niña. Se incorporó confuso, y la miró. Tendría poco más de siete años, llevaba unvestido blanco y rosa hecho jirones, unas trenzas deshechas rematadas por un solo lazo, y un osito de peluche sin dos patas bajo su brazo izquierdo. Sus ojos, negros, enteros, contrastaban con una expresión que se adivinaba dulce en algún momento de su vida. Ella le alcanzó su mano derecha, con las uñas sangrantes y sucias, y le apretó la barbilla, con una fuerza sobrehumana, y le dijo, con voz masculina:

- Soy la desesperación, la ausencia total de confianza, el odio y el asco que has padecido durante toda tu vida. Cada uno de tus momentos de insatisfacción, de desesperanza, de más puro terror. Y, ahora, vas a ser mi papá.

Sus miembros respondieron por él, y trató de huir lo más lejos posible. Pero no podía escapar de esa risa infantil que resonaba entre los árboles, persiguiéndolo. No podía huir de sí mismo, era incapaz. Incapaz de pararse un momento y enfrentarse a ello, con valentía y con confianza, esas zorras que lo habían abandonado hacía ya tanto. Era tan incapaz que no vio la zanja, cayó, y con él, su consciencia. Como último varapalo, las autoridades sanitarias pudieron comprobar que murió al poco de recobrar la consciencia, en una postura diferente, de un ataque al corazón. Había sido derribado por su todo, consumiéndole hasta el fin.

Comentarios

  1. Esto, Noe, está cogiendo altura, mucha altura. Cada vez estoy más convencido de lo mucho que tienes que decir. Gana tu voz.

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  2. ufffff!
    de lo que mas dudo no es de como un niña con un oso de peluche entre los brazos y sin piernas pueda ser la desesperación,sino,en que o quien te as basado para escribir este trazo!
    y si,asusta,pero también gusta!

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  3. Samu, si supieras quién es ese hombre creo que te sorprenderías aún más!

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