Décimo Octavo Trazo. Romanticismo del siglo XXI.

Se despeinó aún más el pelo con la mano izquierda y miró al techo. Tumbado como estaba encima de la cama, la sábana blanca le cubría justo lo necesario. A su derecha, una más de tantas jóvenes en el punto exacto que a él le gustaba. Ni muy madura, ni tan inocente que fuera tonta. Simplemente, joven. Bueno, ésta era diferente, tenía el pelo de color rojo. Nunca había besado antes a una pelirroja, ni había disfrutado tanto con el olor de ese color de pelo. Nunca había reconocido tantos aromas en un movimiento de muñeca que le diera tanto placer, y nunca había dejado que jugara más ella que él.

Se levantó, y, desnudo, miró por la ventana. Una noche de exceso, droga y sexo. Estaba bien. Fuera, el cielo encapotado. Parece que ese día Dios no quería que los niños sonrieran. Bajó las escaleras del dúplex de puntillas. Eran metálicas, y sonaba más. En ese hogar, todo era blanco. Paredes blancas, techo blanco, muebles blancos, ventanas y cortinas blancas: sofá negro. El sofá, era muy importante. El paso previo a la cama. Cogió un cigarrillo, y se lo fumó en el balcón, todavía desnudo. Sus vecinos todavía no se habían acostumbrado a este tipo de hábitos, lo cual le parecía tan sumamente importante, que seguía haciéndolo. Cuando no molestara a nadie, buscaría algo diferente. Entró en la cocina, unida al salón, y se preparó un café, casi, casi negro, con un poco de leche condensada. Se llamaba café bombón, o eso pretendía, pero siempre le sugería algo mucho más oscuro y lascivo. Se apoyó en la encimera, y apreció el cuadro enorme situado delante del sofá. Esa imagen de Marilyn desnuda, en blanco y negro. Joder, cómo le gustaba. Solo por el hecho de que no podría poseerla. Oyó pasos por la escalera, pero ni se volvió. Sonó la puerta, ya estaba solo.

Observó su casa. La que tan poco le había costado conseguir después de cuatro palabras bonitas y tres herencias sustanciosas. Estaba sumamente satisfecho. Se acercó al tocadiscos y puso una canción. Escuchó las primeras notas, y esa voz femenina, y se zambulló en esa oscuridad tan suya, tan personal. Su mano derecha repetía el mismo movimiento: la música era mejor que las mujeres. Le producía mucho mayor placer sexual que una orgía de treinta putas gratis. En puro éxtasis aún, esnifó una raya preparada desde ayer en la mesa de cristal. Se dejó caer en el sofá. Le esperaba un día perfecto, seguro.

Terminó de sonar el sintetizador, y cogió uno de sus móviles de última generación. Marcó el teléfono de esa morena tan esquiva, y le propuso una comida para hablar de cine. Hacía más de un mes que no se veían, no le costó mucho que ella aceptara: en el fondo, era muy bueno en la cama. Al menos eso había comprobado por boca de todas sus conquistas. Se levantó, se dio una ducha y se puso a hacer los deberes. Dos películas, una de Kubrick y otra de Jane Campion. Bastaría para una tarde de pasión. Se vistió con camisa y zapatos, unos pantalones oscuros y un chaleco de terciopelo. Se puso su sombrero, eligió cuidadosamente el perfume para ese día -mirando la lista donde apuntaba la frecuencia con que repetía- y se dispuso a salir. Había que salir pronto, lo suficientemente pronto como para comprar una rosa blanca y pedirle al camarero que trajera dos copas después de la comida, casi por casualidad.



Comentarios

  1. Justo, ¿qué podría gustarle más que nada a alguien que puede alcanzarlas a todas? La inalcanzable. Y seguro que si hubiera podido liarse con Marilyn, le habría desilusionado.

    Es interesante este tipo de tío, aunque hasta cierto punto porque también resulta el eterno infeliz, siempre buscando despreciar a los demás porque no puede vivir sin ellos.

    A mí particularmente me llaman la atención ese tipo de provocaciones y habilidades (que a veces parecen magia) para conseguir lo que parece imposible como si fuera un juego.
    Creo que todos (incluyo a las mujeres) hemos deseado en algún momento sentir ese "Aquí mando yo, y voy a haceros sentir lo que quiera", a parte de tener una casa supermoderna (buen detalle lo del blanco y el sofá negro, y el café bombón con ese falso engaño sobre una situación dulce), esnifar a cualquier hora y sentir el consecuente optimismo, mostrarnos desnudos en un terreno donde podemos ser blanco para los demás pero que a la vez es nuestro... pero para la mayoría es un ritmo insostenible porque, gracias a Dios, ni vosotras sois objetos ni esta mayoría se siente siempre tan vacía.

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  2. Sexo, alcohol y cocaina.... menudo coctel amiga ;)


    Escribe un libro joder!

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. Increible Noe, me ha sobrecogido porque admito que una pequeña parte de mi desearía ser él. Un saludo.

    pd: el comentario anterior lo borré sin querer.

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