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Mostrando entradas de marzo, 2010

Bailan las ninfas.

Bailan las ninfas
y cantan la muerte.
Son... bellos eclipses
de ébano paciente.

Su canción anuncia el día
-nacidas de la noche-
más allá del este.
Sus reflejos son arpías.

Al atardecer, las notas
eran cálidas,
de llama azul
y razón baldía.
Cayeron doce piedras
en el agua.

Se desató la histeria;
el éxtasis por ellas.
Súcubos en lechos
violan la inocencia
de los hombres.

En un ambiente
vegetal que agoniza:
bailan las ninfas.
Muerta la inocencia.

Veneran una corta vida
que preside su valía:
su reina es sin saberlo
la ciega que yace
en el centro del altar.

Y la han matado
en su arrogancia. ¡Ay!
El fin de las canciones
por la burla de los hombres.

La han matado, y era ella:
la reina y las pasiones.
La madrugada saluda al alba
que no volverá a morir.

El maletín.

La figura del caminante trajeado se desdibuja cada vez más entre la niebla, junto con las casas y las farolas ciegas. Todo en él es estabilidad, hasta ese sombrero rancio que corona el origen de su obstinación. Desde nuestras últimas palabras el ceño fruncido no me abandona. Demonios... ¿Quién le ha otorgado el derecho de abofetearme con verdades? ¡No quiero oírlas, ya las sé yo! No hace falta que me empapen con su tiranía, con tenerlas escondidas en el fondo del baúl que descansa en el fondo del armario de las pasiones, es suficiente. Habráse visto, tal osadía. Como si alguien superior hubiera decidido darle esa potestad. Increíble. La ofensa, es increíble.
Hace tiempo que me lo encontré por primera vez. Iba caminando con su característica elegancia, sin soltar ese maletín que Dios sabrá qué contiene. Era profundamente irritante, con su semblante arrogante y los dos dientes que sobresalían un poco de su sonrisa de semidios... Por favor, qué repugnancia. Lo más curioso es que en cuanto…

Abril de 2009.

"No necesito nada más, ¿sabes? Me vale con un papel, la mesa limpia, el atardecer visto desde mi silla y mi ventana, un boli, un carboncillo, o un lápiz, y recordar cualquier acontecimiento pasado, y los recuerdos. Me vale con reflexionar y sacar de dentro, en forma de letras o trazos, todo aquello que siento, lo que me cuesta comprender. Me llena mucho más que salir y llenar mis venas de alcohol, nicotina o THC. Me llena mucho más que reventar una pared a patadas por haber hecho algo más de lo que debiera. Me llena mucho más que llorar. Me llena mucho más que aconsejar, me llena mucho más que darlo todo.
Me llena coger una cámara de fotos y cerrar la puerta de casa por fuera, o asomarme a esa ventana al mundo desde mi lugar seguro, y ver a la vez el sol y una tormenta. Me llena un día de lluvia, ir con una canción puesta y mirando a los ojos a cada persona con la que me cruzo, que no es lo mismo que la gente. Me llena sentirme importante para esas cuatro personas que de verdad lo…

Recuerdos.

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Pequeñas descargas
de una electricidad fría.
Grandes cortocircuitos
entre suspiros. Agudo.

Brisa de aromas hindúes
y azufre color limón,
mares de sales muertas
naciendo del eje de mi rostro.

Desgarros de rapaz en mi carne,
dos oquedades insertas en mi frente:
así es el dolor del alma y del hambre.

Sufrir el látigo de un error
y la flagelación de nuestras dichas,
caminar entre el fango denso
de la desilusión. Murallas insalvables.

Esperanza,
orgullosa nadadora entre esputos,
pérdida hacia mis amargas llagas.

Balas de veneno exponencial
cercanas a lo que dieron en llamar:
corazón.

Crepitar ácido,
pestilencia inválida,
y un sacrificio de infantas
huido de la razón.

En este ahogamiento paulatino
y mortal: córtame las venas,
y envía mi cadáver lejos
en un correo sin destino.

Vagaré errante
en el gris antecesor del negro.
Te lo suplico: córtame las venas
en invierno.

Don Cartero Fuegos.

Se oye solo el ulular del viento, ya. Dos días atrás era simplemente una brisa recién evolucionada del soplo de Cupido. Hoy, y de la noche a la mañana, estoy envuelto en una tormenta que ha sido un huracán devastador hace apenas unos instantes. Tengo la sensación de estar en un lugar distinto, aunque no he salido de esta casucha frágil de inseguridades. Quizá la razón de mi sentir sea que las miradas de soslayo hacia la ventana me muestran un paisaje distinto del entorno en que solía encontrarme y que además, está medio muerto, sino muerto entero.
Aquí, en casa, se está bien. Me queda poca leña, y espero que alguna visita fugaz me provea de unas ramitas para ir tirando, y me ahorre el suplicio de salir. No quiero conversación, solo quiero un par de excusas para mantenerme aquí dentro, tan cómodo. Tan solo.
No quiero salir, porque soy un tanto un tonto y un tanto cobarde. A ti nunca te lo escribiría ni lo versificaría, pero como al término de esta carta, será entregada a Don Cartero Fueg…

Si quieres amar.

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Me gusta observarlo. Sus ademanes, sobre todo, su franqueza, sus gestos. Mueve la cabeza, siempre, según llega a casa, como si estuviera confundido, y empieza con un borbotón de ideas inconexas sobre la cantidad de borregos que hay por el mundo y la cantidad de cómplices que tienen, más borregos aún. Siempre me saluda con un "vamos a ver", y se deleita en sus palabras, ensimismado, mientras se desviste. Yo le oigo desde el salón, con una sonrisa divertida, y es que no puedo menos. Se me acerca, me da un beso en la frente, y yo le escucho, paciente. Cuando derrocha lo oscuro de su alma, me dedico a barrerlo con las frases oportunas y un amor incondicional, hasta que se siente bien, y me pregunta "¿qué tal el día?". Siempre añade un "te he echado de menos" o un "ojalá hubiera podido ir a comer contigo, me apetecía tanto un abrazo". Pero no importa, solo importa que, cuando llega, y expresa lo que necesita expresar, confía en mí y, a partir de ento…

Seamos francos.

Siempre creí en la capacidad humana. Para empezar, siempre creí en mi propia capacidad. En esa energía que brota de las entrañas cuando estás al borde de la muerte y es como un fuego, un fuego de fénix para renacer más bello, más sabio, más grande. Nunca imaginé una situación insalvable salvo la muerte y ésa... quizá también lo sea. Por mucho sufrimiento que te azote, por mucho odio, ira o repugnancia que sientas... se irá. La magia de vivir es que sea una montaña rusa. Sobre todo si tienes la suerte de enamorarte -eso sí que es una montaña, y toda una cordillera-. Las ilusiones, los pequeños ratos, ¡los diminutos ratos! Las grandes aspiraciones, las grandes experiencias, los cambios. Es todo una intriga continua que a veces no sacia la más grande de las curiosidades. Ésa que mató a la gata... o lo intentó, y la gata sacó las uñas. Estar satisfecho con uno mismo es el mayor reto y la mayor felicidad -obviemos ser feliz con alguien-. Encontrarte a ti mismo y sentirte grande, llegar a s…

¿Quién que vive dirá: "no eres poeta si no escribes tus sueños"?

Restaré mirando una llama
lo que me queda de vida.
Ya lo viví todo.
Ahora un nuevo día
asomará entre mis dedos.
Yo jugaré con el aire y el fuego.

Creé la seda inocente
que se deslizó por tu antebrazo.
Conocí las manos en tu espalda.
Comenzó a latir mi corazón
al conocer tu aliento.
Ahora yace casi muerto.

Y por eso, ya no existe el tiempo,
sí la espera, y el tormento.
Quedarán trinos y trineos,
encerrados en un valle de recuerdos.
Habrá palabras y plumas afiladas,
y solo habrá la nada.

La nada, allá a lo lejos...
y a mi alrededor.
No asusta, no es más nada.
Son pájaros sin canto
y sombreros sin vuelo.
La nada, allá a lo lejos...
- Y a tu alrededor.

Toc Toc

Se quitó la capa negra, y la sacudió en un rincón del cuartucho. No había luz, obviamente, ni un solo brillo. Todo era negro, como a él le gustaba. Nunca nadie le había visto la cara. Envuelta en vendajes, era el perfecto popular desconocido. Todos se referían a él como el loco, y nada más de él se sabía. Se dirigió hábilmente al sillón que se suponía en la esquina izquierda; hubiera podido ser ciego, y quizá lo era. Encendió su pipa de azabache y marfil, y se deleitó con las llamas traidoras. Nada le producía más placer que fumar en una espera. Sereno, tranquilo, para él no existía el tiempo. Había visto mil y una vidas, las había vivido paralelamente y las había soñado las dos horas al día que solía dormitar. Se había hecho con la experiencia de millones de personas, conocía los secretos de todas las situaciones y entendía los pecados de cada mirada. Se adelantaba por naturaleza a todos los seres conocidos, y vivía tan cerca y tan lejos de todos que nadie sabía dónde. Gustaba del ju…

Pintalabios. Aroma de rosas negras.

I
Se acercó lentamente hacia él. Quien tan feliz la hizo yacía ahora en un rincón de la habitación, nadando entre quejidos de un dolor afilado. Aparentemente, no tenía ninguna lesión grave, pero su otrora imperturbable alma se veía sesgada ahora por la cruda realidad. Los recuerdos perdidos lo abofeteaban, y la ausencia de color en su vida penetraba por cada poro de su piel, confundiéndose con él, marchitando sus órganos, germinando. Con cada segundo, la revelación del vídeo se hacía más letal. No había podido huir, tan solo ver, horrorizado, toda la felicidad ficticia, inexistente, malograda, de sus correrías en solitario. Alzó en mentón con una mueca de angustia, y la miró.
Con sus ojos color esmeralda la miró, y se encontró hielo. Un hielo oscuro, casi negro, a juego con la habitación, con la puerta, con las dos sillas y con el mueble de la televisión. Miró donde antes hubo luz pura, y vio muerte, un vacío inenarrable que se erigió en rey de sus temores. No había expresión en sus fac…

Trigésimo Noveno Trazo. La loba gris.

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Se lamía las heridas con paciencia, acurrucada en el rincón más cálido de la estrecha cueva. Su magnífica piel se veía ahora sin vida, manchada de rojo angustia. Su expresión era cansada, sus patas se movían débiles. Pero sus ojos amarillos brillaban, en una mezcla de coraje e inteligencia. Se incorporó con dificultad, incluso cayendo dos veces antes de lograrlo. Caminó hasta el charco que se formaba los días posteriores a las lluvias y bebió algo de agua. Se sentó y miró su reflejo, si ya de por sí increíble, lo era más aún con la luz de la luna que llegaba desde la entrada. Se vio herida, torturada, angustiada, humillada. Cerró los ojos y recordó cada palo y cada navajazo, cada risa y la locura de aquel ser infame e innombrable que tanto la hizo sufrir, que luego se arrepentía y la premiaba con una noche al lado del fuego. En el fondo, ella sabía -quería saber- que era bueno. Que todo lo que ocurría eran pequeños pagos por un gran premio final, y, porque amaba a su amo, las noches f…

Trigésimo Octavo Trazo. Oración del condenado.

Por favor, envíame por correo urgente la Llave del Olvido. Enséñame la cerradura de mi alma y hazme volar en la ignorancia del no recordar nada. Ayúdame a huir lejos donde no existan las ideas, donde no se sienta nada y nada se pueda valorar. Déjame ser cobarde y largarme dando tumbos, vomitar en cada esquina el disgusto y la rabia. Ampútame el sentido que me permite echar de menos, deja que me desangre. Ahórrame el dolor que ya no lloro, arráncame la piel y distrae mi mente de la amargura de amarte. Suprime los latigazos que me golpean al ver de refilón la realidad, por favor, mátame, dame una muerte rápida, no quiero sentir más. Dame una muerte rápida, que con el paso de los años aprenderé a renacer...si acaso, para volver a suplicar una eutanasia o el suicidio del corazón. Déjame no sentir...

Trigésimo Séptimo Trazo. Bella.

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Es tarde, y el cansancio agota mi mente. La situación ineludible de vacío en la cabeza me hace sentir extraña, como si no lo quisiera. Y sin embargo, sí lo quiero. Disfrutaré de ella bebiéndome el aliento de la Ciudad Eterna. Treinta y tres veces treinta y tres miraré hacia atrás buscando tus ojos y no los encontraré. Pero sí te veré a cada paso lento, que saborearé, recordándonos. Qué bella es esta tortura del alma que me hace pensar en heridas. Condenadamente bella. Tan, tan bella, que haré relajada la espera por la vida, la paciencia serena del que asume que no controla el tiempo. Es tarde, y ésto solo son ideas, quizá una pequeña despedida irrelevante, un parón de inspiración y vivencias lejos, muy lejos, perdida en mí misma, y en Roma. Y qué bella será la espera. Tan, tan bella... Condenadamente bella.

Trigésimo Sexto Trazo. Ámate y ve.

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Grita, corre, vuelve
a nacer del resuello
y del soplo de la infancia.

Recupera la intransigencia
de la juventud temprana
y el egotismo.

Desgárrate el alma
cada vez que sucumbas
ante un error transparente y frágil.

Date de bruces contra los días
que se te hagan insulsos y angustia,
recuerda la esencia.

Contémplate erguido
y siéntete curvo en la inmensidad
de una caricia.

Arranca del subsuelo
el orgullo y ondea
la bandera del fracaso. Quiérete.

Huele el humear de la bruma
y escucha el crujir de los huesos
en el palacio real.

Extráñate con cada miseria
y extraña sentir un misterio
y la curiosidad por comprender.

No pierdas la inquietud
por una serenidad hueca.
Ámate y entrégate al placer etéreo.

Inventa mil recuerdos
y recréate en segundos
de intelectualidad.

Contempla la belleza de lo absurdo
y reorganiza el desorden
de tu caminar.

Haz tuyas las hojas en otoño
y regálalas regadas, ya.
Ámate y ve.

Trigésimo Quinto Trazo. Brainstorm.

Asco, bufidos, traición, amalgama de crujidos y desesperanza. Carne propia y ajena bajo las uñas, suciedad. Vómito, gemidos, ratas. Macabro. Estrellas en el suelo, mentiras sin salida. Angustia por lo angosto: gritos y desgarro. Arañazos en la pared, pintura arrancada y lágrimas de ácido. Sangre vívida de un alma muerta. Sensaciones terribles en movimientos estáticos; parálisis. Venas sangrantes y borbotones azules. Ceguera inconsciente de la mente, alumbrada entre sombras. Éter bebido, y el éxtasis. La serenidad de la caricia del captor. El círculo. La paz. La monotonía. Y... el piano. El renacer del color naranja, la libertad de alma que huye de su prisión por una rendija. Un puño levantado, las rodillas en la tierra. Las manos arrancando las dagas que atravesaron el cuerpo. La cura rápida y eficaz. Un corazón roto y recompuesto, falto de plenitud. La inspiración del ahogo envuelta en explosiones y rugidos. Un grillete de fuego que atenaza la garganta de los más bellos cantores, una…

Trigésimo Cuarto Trazo. Ella.

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Huye.
Las calles vacías y solas,
y ella huye.
Un monstruo la persigue.
Y huye.

La ropa le cae a jirones inocentes,
ignorando inerte la atrocidad.
Mares negros resbalan
por sus pestañas azul cobalto.
Y ella, huye.

Su gesto teñido de rubor permanente
acompañará sus pesadillas
que calarán en lo mas hondo.
Se sentirá sucia por haber
servido a un juego sencillo.
Huye.

Los sonidos son abstractos,
los edificios la miran riendo.
Huye.
Gruñe el monstruo.

La sangre cede tras las garras
que siguen a unos pasos inestables.
Y las heridas queman.
Hierven la voz y el auxilio.

Nadie la ampara.
Está sola: con un monstruo.
Y los charcos del suelo no reflejan nada.

Huye, se tropieza. Cae.
Y está perdida para siempre,
porque nadie la ampara.




A/A Baudelaire, por "El vampiro".

Trigésimo Tercer Trazo. Llagas.

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Imaginen. Una espalda desnuda, icono máximo de la sensualidad y la hermosura. Imaginen. Las manos entrelazadas, las muñecas finamente decoradas con cuerdas de esparto que van a morir en un tocón. Un sudor salado agria la habitación y sobre un catre al fondo silba el verdugo. Tiene un solo ojo de color gris, y el resto de su cara lo tapa un saco reciclado en forma de máscara. Pero, no puedo verlo, solo lo sé. Es increíble la agudeza del resto de sentidos si te privan de uno. No puedo ver, me arrancaron los ojos. No recuerdo cuándo, solo sé que fue en un momento de mi vida imbuido en la atrocidad de la tortura. ¿Qué soy?
Oigo crujir el camastro de ahí al fondo, y hasta oigo el disfrute personal por la afición a sesgar vidas. Oigo cómo elige el látigo en silencio. Oigo cómo lo prueba y lo chasquea tres veces. Y oigo cómo sonríe y lo blande otras tres, preparándose para la sorpresa del dolor. Y el primero, llega. Con cada latigazo, siento cómo mi carne se ve forzada a separarse para no vol…

Trigésimo Segundo Trazo. Fénix.

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Me siento un Titán con el mundo a la espalda. No por grande, sino por la carga. Y soy un Titán de color negro, ojos rojos y miembros agarrotados, que a cada paso ve nacer mucha gente y morir, muy poca, aumentando progresivamente el peso. Las mareas se escapan a ratos de la superficie y me golpean en la cara, riéndose de mí. Todos se mofan, todos lo saben y nadie me acompaña. Allá en un rincón está la esperanza, asustada porque la han mutilado brutalmente y sangra, el orgullo, que ya no se mira en el espejo, y la ilusión, que se enfrenta al tiempo mientras éste la devora. Y ante tal panorama, los grilletes de mis tobillos suenan al compás del tic-tac macabro del destino. Ése sí que me roba tiempo, y me araña y se relame con cada segundo perdido. Yo llevo encima el mundo, porque el corazón me dice que es mi cometido, y veo nacer mucha gente y morir, muy poca. Y el miedo, ya ni lo siento. Se transformó en ese tinte negro y permanente que ensombrece mis huellas.
Pero mi alma está intacta. …

Trigésimo Primer Trazo. Niño.

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"Ruuun, ruuun. Ruuun, ruuuun. Brrrrrrr." Así de feliz era un niño con un cochecito de juguete que hacía circular por una pared. Claro que él no sabía lo que era circular. De repente se paró frente a unos pies que, mientras su mirada asciendía, se iban transformando en pantalones, un abrigo, una bufanda y una cara, con el pelo largo. "Hola" dijo. "Hola", le contestó ese ser extraño que empezó siendo unas botas. La verdad es que el niño sonreír, sonreía mucho, y su pelo rizado y corto le daba un aire de niño mayor que seguro potenciaría algún día. Se le llenó la cara de dientes otra vez, y le brillaron los ojos. "¿Me dejas pasar?". "Claro" Y me retiré. No fuera a ser que las ruedas perdieran contacto con la pared y el pequeño se llevara un disgusto. No me lo perdonaría nunca. Así que me aparté y dejé que siguiera caminando, con un aura naranja de felicidad. Me apoyé en la pared, de lado, para verle marchar. A su derecha y un poco distant…

Trigésimo Trazo. Creo.

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Camino por el límite de una cornisa que una vez -y muchas- fue muy, muy ancha. Ahora es bastante más estrecha, y, sin embargo, camino con mayor certeza y seguridad que nunca. Creo en "el poder que tienen los besos, y los niños, y las miradas en silencio, y el amigo ése que siempre está dispuesto". Creo en la capacidad de amar, y en la capacidad de aprovechar dicha capacidad. En cada uno de los momentos vividos y en la mejora de un futuro por construir. En el no abandonar nunca la esperanza y seguir hasta el final. En el arranque y la energía que cesará solo cuando me muera. En escuchar la Quinta una y otra vez; en rebatirle al destino sus argumentos implacables para terminar aprendiendo a vivir con él. En el poder de la mente y la raza humana, en esa jodida magia que hace al ser humano increíble e irrepetible, y condenadamente desdichado -sin saber que en convivir con su desdicha está su felicidad-. En la fuerza del amor y en cambiar el mundo, cada uno a su manera. En que na…

Vigésimo Noveno Trazo. La fuerza de la música.

ZPU, Sobran las palabras.Y es tan puro lo que siento cuando escribo, que ya no hay malas caras.Si me olvido, lo percibo en tu mirada y en la calma que transmites a mis ratos de amargura.Tú eres lo que yo no soy, puedes estar segura.Y por eso te comprendo y me comprendes,por eso en este frío viernes miras a mis ojos y me entiendes Tú eres luz para esta oscuridad, la piedad de mi ira,la paz para esta ansiedad que dentro se respira.Eres la vida que aparece cuando solo veo muerte,la suerte en una mala racha que me hizo más fuerte.Verte tiene sensaciones que se chocan,provocan explosiones como cuando dos almas se tocan locas de atar.Eres la arena de este mar tranquilo.Sí, y no creo en el destino, pero ella vino, y sé que no fue por azar.Su filo no puede cortarme, tu mano está tan cerca, despierta,y tan atenta, que a veces cuesta cogerla...Si fallo y me confundo, siempre tienes la respuesta. La derecha de mi izquierda, la complicidad es nuestra. Eres el orden de mi caos más absoluto, lo cá…

Vigésimo Octavo Trazo. Aún no me he ido.

Y sigo esperándote, en una mezcla de lloros y cansancio, y esperanzas que se difuminan.

Vigésimo Séptimo Trazo. Noemí.

No sé por qué aún soy capaz de caminar. Debe de ser que ayer noche, entre sueños y aspiraciones, combinaron mi esqueleto con algún tipo de estructura metálica y fría que me impide caer. Sí, será eso. Las risas vacías me alejan aún más de esto que llaman realidad. Clamo al cielo por poder llamarlo pesadilla y que mañana sea el despertar. Clamo al cielo, y no hay respuesta. No hay respuestas...
Me miro al espejo y veo frío, lo juro. Susurro un "por favor" que me devuelve mi reflejo. Juraría que a veces la expresión se torna socarrona. Será que me traiciona la vista. Sí, será eso. Que me traciona. Miro mis manos y recuerdo cada movimiento, cada caricia y todo lo que han hecho. Desde que toqué una blusa azul en un hospital diecisiete años atrás. Lo recuerdo todo.
Observo hoy lo que dicen que ocurre ahí fuera. Lo veo desde lejos. Nos separa una mampara que retiene los sentimientos, las emociones. Que me hace ver los recuerdos, solo verlos. Estoy deshidratada, ya no queda agua. No q…

Vigésimo Sexto Trazo. Noemí.

No sé qué decir ni a quién decírselo. Soy un vacío continuo de preguntas sin respuesta, de incertidumbre y espera. No sé ni qué he hecho hoy. No recuerdo más que mirarme en el espejo cada descanso. Camino en un limbo carente de emociones, asumo cada segundo con una impasibilidad constante. Pero el caos que tengo dentro pugna por salir. Soy una llaga en cada centímetro de mi piel. No siento. No padezco. Soy de color gris, translúcida, soy un ánima levitante entre la corporeidad de mi alrededor. No sé dónde estoy. No sé qué soy. La realidad me atormenta, me golpea con un martillo de hierro: No sé. Si tuviera que dibujar mi mente, sería un borrón de tinta negra. Mi boca está seca y sabe amarga. La piel me duele, me ahoga la ropa, y estar desnuda. Me duele el corazón. La habitación es muy grande y de color blanco. Me mintieron cuando me la pintaron de azul. Quisiera poder tener dagas en vez de dientes y sentir un dolor agudo que entretuviera mi pensamiento. Ese que no sabe nada. La pared …

Vigésimo Quinto Trazo. Ya está.

El Vigésimo Cuarto, era pura bazofia. Oh, Dios, empiezo a desechar mis creaciones, mierda. Empiezo a sentirme insatisfecha, joder. Estoy condenada, para siempre, a no ser que abandone mi dosis diaria de letras... No puedo. Viviré embebida en la tortura de las palabras los tres millones de momentos de mi vida. Y me parecen pocos.

Vigésimo Cuarto trazo. Íon.

La esperanza crecía -color ocre y con vetas verdes- en todo su ser. Miró en derredor, y cada arbusto le pareció diferente. Elevó la vista al frente y observó con cuidado la fachada del caserón. Parecía que lo esperaba. Suspiró de satisfacción. Recorrió los tres metros escasos que le separaban de la puerta fijándose en cada piedra de la entrada. La puerta era sobria y fuerte, había resistido mucho. La abrió con la llave que le había entregado aquella señora con rulos y aspecto bonachón que decía ser agente inmobiliaria. Con una habilidad pasmosa, vestigio de sus tiempos de ladronzuelo romántico, la abrió, y una bofetada de un olor a niñez tardía cruzó su cara. La luz teñía el vestíbulo de una atmósfera suave y calmada. Lo arrolló una oleada de recuerdos mezclados con su alma. Y empezó a llorar.
Lloró y lloró y lloró tres días, acurrucado debajo de un mueble en el que tantas décadas atrás se había escondido entre juegos. Cuando despertó, agotado, nada había cambiado. Todo en su sitio, tr…