El maletín.

La figura del caminante trajeado se desdibuja cada vez más entre la niebla, junto con las casas y las farolas ciegas. Todo en él es estabilidad, hasta ese sombrero rancio que corona el origen de su obstinación. Desde nuestras últimas palabras el ceño fruncido no me abandona. Demonios... ¿Quién le ha otorgado el derecho de abofetearme con verdades? ¡No quiero oírlas, ya las sé yo! No hace falta que me empapen con su tiranía, con tenerlas escondidas en el fondo del baúl que descansa en el fondo del armario de las pasiones, es suficiente. Habráse visto, tal osadía. Como si alguien superior hubiera decidido darle esa potestad. Increíble. La ofensa, es increíble.

Hace tiempo que me lo encontré por primera vez. Iba caminando con su característica elegancia, sin soltar ese maletín que Dios sabrá qué contiene. Era profundamente irritante, con su semblante arrogante y los dos dientes que sobresalían un poco de su sonrisa de semidios... Por favor, qué repugnancia. Lo más curioso es que en cuanto me lo crucé, se dio media vuelta y me llamó. ¡Por mi nombre! Ni siquiera se presentó. Tan solo me dijo mi nombre, se mofó con la mirada de mi perplejidad, y continuó su marcha. Estúpido arrogante.

Nuestros encuentros continuaron durante dos semanas. No importaba que yo cambiara de ruta, siempre terminaba por tropezarme con él de uno u otro modo. Encima, me perseguía. Pensé muchas veces llamar a la policía, pero hasta ellos se habrían reído de mí. Cada vez que me lo encontraba, me decía una palabra. El conjunto de las primeras palabras formó una frase: Una, Gran, Eres, Baile, Las, De, Palabras, Persona, Dominante, Del: Eres una gran persona, dominante del baile de las palabras. Los tres siguientes días, fueron más directas: Quieres, Venir, Conmigo. Lo más curioso es que nunca me infundó miedo, al menos no sus proposiciones. No tenía intención ninguna de seguir a ese desconocido que con su sola presencia se adoraba a sí mismo, pero sentía una curiosidad nerviosa sobre su persona. Quería saber su nombre.

Nuestro decimocuarto encuentro fue el último antes de su discurso. Se plantó delante de mí, esperando una contestación. Le dije: Háblame. Y se esfumó. En un parpadeo, no quedaba nada de él. Nada de ese capullo y su egolatría. Hasta que lo volví a ver, desafiante...

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