Pintalabios. Aroma de rosas negras.


I

Se acercó lentamente hacia él. Quien tan feliz la hizo yacía ahora en un rincón de la habitación, nadando entre quejidos de un dolor afilado. Aparentemente, no tenía ninguna lesión grave, pero su otrora imperturbable alma se veía sesgada ahora por la cruda realidad. Los recuerdos perdidos lo abofeteaban, y la ausencia de color en su vida penetraba por cada poro de su piel, confundiéndose con él, marchitando sus órganos, germinando. Con cada segundo, la revelación del vídeo se hacía más letal. No había podido huir, tan solo ver, horrorizado, toda la felicidad ficticia, inexistente, malograda, de sus correrías en solitario. Alzó en mentón con una mueca de angustia, y la miró.

Con sus ojos color esmeralda la miró, y se encontró hielo. Un hielo oscuro, casi negro, a juego con la habitación, con la puerta, con las dos sillas y con el mueble de la televisión. Miró donde antes hubo luz pura, y vio muerte, un vacío inenarrable que se erigió en rey de sus temores. No había expresión en sus facciones, ni actitud en su postura. Vestía un vestido negro que algún día acentuó su silueta, pero que ahora se asemejaba a una sábana macabra, marco de un cuerpo andante carente de vida.

No pudo contemplar más la atrocidad de su egoísmo. No pudo contemplar sus propias manos mientras ocultaban sus ojos del horror de los errores cometidos. Había regado de negro la vida de su amada en el momento en que la había abandonado, y ahora todo ese veneno se volvía tangible y perceptible para su mente ciega. La había matado en vida un día de invierno, sin caer en la cuenta de que ese daño contaminaría lentamente su corazón hasta llegar aquel momento.

Ella se arrodilló a su lado y tomó su rostro entre sus manos…

II

… y recitó una por una todas sus fechorías desde aquel día de invierno, sus juegos de cama, sus vicios, su bebida y el juego, su carácter volcado en el entorno, su orgullo y su cobardía; recitó el mundo superficial de castillos en el aire que nunca le llenó del todo, pero que él se afanaba en mantener. Le explicó durante horas la raíz de su desdicha, la solución a la amargura y la seguridad de una felicidad en espera tras la puerta del reconocimiento. Pretendió con sus palabras Ella una cura que se resolvió en más bofetadas para él; golpes a alguien incapaz de comprender.

Para cuando Ella emitió la última nota de su canción, las fuerzas lo abandonaron, y desfalleció. Allí, en compañía de un amor torturado y de sus juegos insulsos, del pago por los placeres carnales, de la deuda económica y moral por el whisky y el juego de finales del XIX. Allí desfalleció, como último desconsuelo para Ella, su dama vigilante, la eterna paciente en su trono de piedra y rosas mustias con espinas.

Los aullidos llenaron la casa. Los asistentes a la fiesta los recordarían en sus peores pesadillas, persiguiéndoles en las noches neblinosas. Tales fueron, que superaron ampliamente el sonido del cuarteto de cuerda que amenizaba el baile de máscaras con susurros de otra era. Calaron en los corazones de ellos y quebraron la serenidad lujuriosa de ellas, a punto de quitarse la máscara y de entregarse a la inconsciencia y la borrachera más profanas, en manos de vampiros con corazones calados.

Ella, Ella había acudido allí con una serenidad corporal a años luz del torbellino de su alma. Se había camuflado entre infames y putas, había sorteado con elegancia y superioridad la exhalación de su libido en un ambiente políticamente incorrecto. Había rechazado la más selecta carta de drogas, y había bailado con ellos en una burla constante de un mundo despreciable. Lo había encontrado rodeado de fulanas entregado al éxtasis sexual y, sin perder la calma ni abandonarse a la pasión del odio y la repugnancia, lo había rescatado y apartado con el único objetivo de mostrarle el Paraíso.

Lo había conducido conscientemente hasta la habitación más sobria para mostrarle así su reflejo nítido, en ausencia de un entorno que modificara la realidad aún más. Se había esforzado meses en encontrar la manera de salvarle de esa vida para nada memorable y que abandonaba su sentido. Había llorado ante los obstáculos más increíbles que finalmente superó, y ahora, él desfallecía. Desfallecía, que no moría, porque aún…

III

Respiraba. Tres o cuatro veces al minuto, pero respiraba. Ahora el secreto consistía en huir de ese hogar, no tardarían en buscarlos, y jamás permitirían una huida de la secta del consumo y el escarnio. Se asomó por la ventana, negra también, y observó un tejadillo, posible escondite para él. Ya se oían las puertas de otras salas en búsqueda de la bestia autora de aquellos aullidos. Se situó Ella a medio camino entre la ventana y él, lo miró, calculó sus posibilidades y su tiempo, y concluyó que aún podría llevárselo de allí y ocultarlo antes de volver y fingir una excusa barata. Barata, y creíble para ellos si se entregaba al menos una vez a sus ritos, y traicionaba sus principios, ya no lo buscarían a él…

Cumplió. Puso la mente en blanco y se dejó llevar por sonrisas baratas y manos gráciles. Hicieron de su cuerpo un templo, mientras Ella se sumía en una tormenta gris de pensamientos opacos. Se abandonó hasta el extremo de perder la consciencia, y despertó desnuda entre mil y un cuerpos como ella. El sol había despuntando hacía ya rato, por lo que temió que él hubiera despertado. Se situó en medio de la sala y contempló la depravación a su alrededor. Al observar uno de los rincones, su rostro cambió. Sus facciones expresaron un miedo frío y permanente, un temor increíble hecho realidad. Una tormenta de terrores la inundó. Allí estaba él, encima de otra pirámide de cuerpos, en los restos de una orgía prolongada más allá de lo imaginable. En medio de la larga noche, él se había despertado y, sin recordar nada, todo olvidado, volvió a entregarse a la miseria. Ella, solo entonces, se dio cuenta. Es imposible salvar al condenado que elige su condena.

Comentarios

  1. ¿en todos gana ella?
    resulto entretenido este último!
    quiero la IV parte

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  2. La mujer fuerte ¿Quién la hallará? Camina sobre la inmundicia y no se mancha, la oculta la tiniebla y resplandece, su mano sin merced es compendio de mercedes.

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  3. Solo la hallará quien esté destinado a ello, y aún así no será merecedor de tal honor.

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  4. Me he quedado con ganas de que dure más, pero cierto es que Ella ya nada tiene qué hacer ya, aunque no creo que la sorprendiera que él volviera a caer,; estaba hecha para emprender su rescate, consciente de que no había garantías de éxito (eso sí, si lo hubiera conseguido, habría sido una contradicción, algo ilógico, que alguien como él fuera capaz de corresponderla).

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  5. Pues lo hizo, y lo hace. Viva la paradoja que es la vida, los giros, los derroteros desconocidos.

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