Toc Toc

Se quitó la capa negra, y la sacudió en un rincón del cuartucho. No había luz, obviamente, ni un solo brillo. Todo era negro, como a él le gustaba. Nunca nadie le había visto la cara. Envuelta en vendajes, era el perfecto popular desconocido. Todos se referían a él como el loco, y nada más de él se sabía. Se dirigió hábilmente al sillón que se suponía en la esquina izquierda; hubiera podido ser ciego, y quizá lo era. Encendió su pipa de azabache y marfil, y se deleitó con las llamas traidoras. Nada le producía más placer que fumar en una espera. Sereno, tranquilo, para él no existía el tiempo. Había visto mil y una vidas, las había vivido paralelamente y las había soñado las dos horas al día que solía dormitar. Se había hecho con la experiencia de millones de personas, conocía los secretos de todas las situaciones y entendía los pecados de cada mirada. Se adelantaba por naturaleza a todos los seres conocidos, y vivía tan cerca y tan lejos de todos que nadie sabía dónde. Gustaba del juego y de los caprichos con sentido. A él se entregaba hasta la más recatada dama, y ante él sucumbía el más fiero de los guerreros.

El otro día me lo encontré. Ahora se hace llamar Destino.

...

La singular mirada de una mujer galante
Que llega hasta nosotros como la blanca luz
Que enviara la luna al lago tembloroso
Cuando quiere bañar su indolente belleza;

Los últimos escudos que tiene un jugador;
Un beso lujurioso de la flaca Adelina;
Los ecos de una música cálida y enervante
Como el grito lejano del humano sufrir,

No vale todo ello, oh botella profunda,
El penetrante bálsamo que tu fecundo vientre
Ofrece al corazón del poeta abrumado;

Tú le dispensas vida, juventud y esperanza
-Y orgullo, esa defensa frente a toda miseria
Que nos vuelve triunfales y a dioses semejantes.

Baudelaire, El vino del solitario
No pude resistirme a gritar.

Comentarios

  1. Y sin embargo, qué grande es retarlo, probar suerte con la suerte, citar al destino, plantar los pies y esperar la embestida. Como decía Shakespeare, los valientes sólo mueren una vez, los cobardes, mil.

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