Trigésimo Noveno Trazo. La loba gris.

Se lamía las heridas con paciencia, acurrucada en el rincón más cálido de la estrecha cueva. Su magnífica piel se veía ahora sin vida, manchada de rojo angustia. Su expresión era cansada, sus patas se movían débiles. Pero sus ojos amarillos brillaban, en una mezcla de coraje e inteligencia. Se incorporó con dificultad, incluso cayendo dos veces antes de lograrlo. Caminó hasta el charco que se formaba los días posteriores a las lluvias y bebió algo de agua. Se sentó y miró su reflejo, si ya de por sí increíble, lo era más aún con la luz de la luna que llegaba desde la entrada. Se vio herida, torturada, angustiada, humillada. Cerró los ojos y recordó cada palo y cada navajazo, cada risa y la locura de aquel ser infame e innombrable que tanto la hizo sufrir, que luego se arrepentía y la premiaba con una noche al lado del fuego. En el fondo, ella sabía -quería saber- que era bueno. Que todo lo que ocurría eran pequeños pagos por un gran premio final, y, porque amaba a su amo, las noches frías dormía a los pies de la cama para darle calor, y lo acompañaba cuando él lloraba su soledad humana.

Para cuando se dio cuenta de que tenía que huir, los obstáculos habían crecido de repente. No era capaz de abandonarlo, a pesar de los mil y un llantos que habría proferido de haber podido llorar a consecuencia del maltrato. Pero llegó el momento de hacerlo, en un instante de descuido cobarde por parte de su amo. mientras él lloraba al final de una sesión de daño. La puerta quedó abierta, y aunque trató de avisar a su amo por todos los medios de la oportunidad de irse, él hizo oídos sordos, tentándola. Vio la puerta, un camino de sufrimiento por amor y allá, al fondo, una luz tenue que seguro sería más brillante cuando más se acercara. Se fue, se fue lejos, se marchó para siempre, para no volver.

Volvió a verse en el agua. Recordar aún dolía, la piel seguía teñida de sangre. Pero la saliva iba haciendo efecto y el dolor se convertía en analgésico. Se tumbó y suspiró, esperando un largo sueño reparador. Durmió, durmió, durmió, seis días y seis noches. El error no fue de ella, sino de él. No se puede domesticar a una loba gris, ellas son libres e independientes, entregadas e inteligentes. No se puede domesticar a una loba gris.
   

Comentarios

  1. Hermosa loba. Hermosa y sabia y valiente loba. Muchas gracias. ¡Qué buena descripción! Estupenda y acertada en todo.

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  2. Sí que le salieron caras su valentía e independencia, pero sobrevivió.
    Yo de mayor quiero tener el carácter de la loba gris.

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  3. Uh, es difícil. Muy difícil...

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