Trigésimo Tercer Trazo. Llagas.

Imaginen. Una espalda desnuda, icono máximo de la sensualidad y la hermosura. Imaginen. Las manos entrelazadas, las muñecas finamente decoradas con cuerdas de esparto que van a morir en un tocón. Un sudor salado agria la habitación y sobre un catre al fondo silba el verdugo. Tiene un solo ojo de color gris, y el resto de su cara lo tapa un saco reciclado en forma de máscara. Pero, no puedo verlo, solo lo sé. Es increíble la agudeza del resto de sentidos si te privan de uno. No puedo ver, me arrancaron los ojos. No recuerdo cuándo, solo sé que fue en un momento de mi vida imbuido en la atrocidad de la tortura. ¿Qué soy?

Oigo crujir el camastro de ahí al fondo, y hasta oigo el disfrute personal por la afición a sesgar vidas. Oigo cómo elige el látigo en silencio. Oigo cómo lo prueba y lo chasquea tres veces. Y oigo cómo sonríe y lo blande otras tres, preparándose para la sorpresa del dolor. Y el primero, llega. Con cada latigazo, siento cómo mi carne se ve forzada a separarse para no volver a unirse jamás. Oigo cómo sangran las heridas y hasta huelo cómo empiezan a supurar. Y, al quinto latigazo, dejo de oír y de oler y de sentir para recordar por qué estoy aquí. Y entre el quinto y el septuagésimo, mi mente está vacía y no quedan ideas.
***
Huelo la hierba fresca y la noche. No veo y no puedo moverme, pero sé que ya no huele a odio ni a sufrir. Me duermo. Para cuando despierto, no estoy solo y una niña me acompaña. No sé cómo es, pero su olor suena bien. Además me está lavando las heridas y me cura. Me desmayo, esta vez.

Por una extraña razón mis ojos se abren de pronto, y en ese tiempo comprendo. Sé que tengo que seguir caminando. Me levanto, no sé cuánto tiempo después. Quizá tres días o tres horas. Con las heridas un tanto abiertas, abandono una casucha desconocida de un pueblo desconocido. Me oriento, buscando el este. Robo un trozo de pan de la repisa de la ventana de un vecino, y echo a andar. No sé si sobreviviré. Señoras y señores, hablo en presente y camino en experiencia.


Caminante ante un Mar de Niebla , Gaspar David Fiedrich. 1818. Hamburger Kunsthalle - Hamburgo
No podía ser otra.

Comentarios

  1. ¡Fiiuuuuiii! "Señoras y señores" That's entertaiment. Síganme y les mostraré el resto del camino de la vida tres veces durante tres ocasiones distintas que proceden de tres lugares indivisables.
    Te superas, chica. Suena muy bien tu olor, ahora ya conoces el peligro de salir de la caverna y has probado los primeros latigazos. ¿Cuántos te quedan? cuenta hasta setenta veces siete y continúa caminando.
    Ya está.

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  2. Yo quiero saber qué más le pasa a este tío, así que continúa con él ;-)

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