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Mostrando entradas de abril, 2010

Por qué irse lejos.

Porque todo el mundo, alguna vez, lo necesita. Ir lejos a perderse, no a encontrarse. Perderse de todo el mundo y de sí mismo, encontrar un vacío sereno que no juzgue ni condene, que no conlleve responsabilidades ni derechos, que sea un vacío completo, repleto de paz -¡ay! ya no es un vacío- o de locura.
Encontrar una enajenación mental transitoria que no tenga como resultado ninguna lesión ni enfrentamiento, una especie de habitación aislada para la mente, en la que la mente no se sienta aislada. Lejos es donde uno puede observar si quiere su propio mundo, o ignorarlo por completo, para dejar el alma flotando en Ataraxia. Lejos es donde, aunque no lo reconozca, a fin de cuentas, uno siempre se encuentra, pasando por lágrimas o no.
Los hay que tienen su lejos, lejos. Los hay, que lo tienen cerca. Mi Lejos, alguna gente sabe dónde está. Esa gente que, si no contesto, sabe dónde encontrarme. Es bueno que todos tengamos un lejos, lejos o cerca.

Créeme, si dominas las palabras...

Venga, vamos, cantémosle a la franqueza. Las palabras de cualquier escritor -o writer, según gusten- bailan traviesas desde su mente a sus manos, entrelazándose entre sí, deslizándose por el cuerpo, bañando la piel. Como un ilusionista juega con la vista, las palabras ríen en la mente. En primer lugar, las buenas palabras le placen al lector y complacen al autor.
En segundo lugar, son una droga sin cura. En cuanto te atrapan, se te llevan. Ya puedes ir al loquero o al africano curandero de tu barrio, que no, que no hay manera. Aquel que coge la pluma... se da cuenta de que no tiene ningún poder sobre ella, que es ella quien hace y deshace. Si tuviera ojos, miraría socarrona. La muy jodía, de verdad. Luego, cuando no puedes más y se te va todo en letras, no la desprecias tanto, hasta serías capaz de cumplir con cierto tipo de favores por conseguir dos trazos más. Si es que somos unos cínicos consumados, ¡olé!
En tercer lugar, son tan mentirosas como leales. Inenarrablemente leales. Inima…

Carta a ti.

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Anhelo el aroma de un paseo de recuerdos, una ensoñación verdadera entre la sombra de tanto ahogo. ¿Quién sino yo teme el final? Quiero que me acompañes en el centro de mis sueños. Mírame volar mirándote a los ojos, por favor, comparte mi ilusión por soñar y demuéstrame que no existen reservas ni dolor. Cúrame las alas que dolieron tanto y aún se quejan, cobardes. Bórrame la palabra miedo de la memoria, anula cada lágrima de dolor por nada. Déjame que llegue la noche empapada de tu olor, de tus abrazos, tus besos y caricias. Por favor, cuida de mí como si fuera una rosa que puede marchitarse con un suspiro, cúbreme con tus brazos y tu cuerpo y reordena los trocitos de mi corazón. Camina con el tiempo y destierra mis inseguridades, quiéreme tanto que no nos quepa más, dime todos los días que no te atreves a imaginar perdernos otra vez, estar sin ti y sin mí, que quieres envejecer conmigo. Aguanta mis lloros sin motivo, igual que disfrutas mis alegrías. Yo no puedo ser más sincera, nece…

Confesiones.

Escapé de casa entre afanes de castigo, y así castigué todo intento de contacto con un mutis imperecedero, un fruncir de ceño pensante y un guiño de ojos a mi hermano pequeño. Jamás miré atrás ni me dejé pensarlo siquiera, concienciado de mi labor en lo que restaba de vivencias, ávido de correrías enfrentadas con el clero. Me hice justiciero de Dios contra la Iglesia. Y me convertí en el más despiadado e infame verdugo, mercenario sin escrúpulo alguno, sabio de sabios en el arte de matar y del disfrute.Y o mismo me presentaba así ante mis demandantes, como brazo ejecutor de cualquier mente enajenada, ansiosa de evitar una conciencia de plomo sin renunciar a lo que darían en llamar, placeres.
En mi defensa alegaré que mi conciencia volaba siempre por encima de las nubes. Tan lejos, que no fue capaz de prevenirme en ningún momento de los efectos de mis causas, aún menos de inculcarme arrepentimiento alguno. Sin duda, ésa fue mi ventaja desde que nací. Nunca me hizo perder tiempo cualquie…

Los poetas.

Son ellos. Caminan como sombras entre nosotros, imperceptibles para los ignorantes ensimismados. Coincidimos con ellos al doblar cada esquina, y, si nos atrevemos a mirarlos a los ojos, nos invade ese desasosiego, y nos damos cuenta: son ellos. No se corresponden con nivel de sociedad alguno, son completamente independientes, autodidactas de la vida y sus intereses propios. Entre sí, no tienen nada más en común que el mero hecho de ser ellos. Pero ya es suficiente. Son el mal.
Cuentan las leyendas que siempre han existido, que algunos son inmortales, y todos se conocen. Sus nombres se entrelazan en la Historia y los saberes, usurpando el lugar de los mediocres. Ofrecen el mal a quien es lo suficientemente osado como para hablarlos. Exponen la realidad de una manera tal, con una lengua tan afilada, que es imposible vivir habiendo escuchado sus discursos, lentos, ponzoña de cambios e injusticia.
Yo os digo: huid de ellos. Solo llevarán el mal a vuestras casas. Llenarán la cabeza de vuestr…

La afortunada historia de Liana Hiedra.

Me llamo Liana Hiedra. Todos me llaman Hie. O Ye, no importa, tampoco saben escribirlo. Ni siquiera sé quiénes son todos. Todos me llamaban Hie. Supongo que el origen de mi nombre está en mi apellido, no es muy difícil comprender eso. Vivo en una ciudad que ahoga, en un cuartucho de una pocilga por la que me cobran más de lo que soy capaz de pagar. No sé cómo me las arreglo, la verdad, pero me va bastante bien y estoy orgullosa de ello. Trabajo de teleoperadora nocturna de lunes a domingo, y, de domingo a lunes, de cajera por la tarde. No tengo vida social. Si no tuviera trabajo, tampoco la tendría.
Mi vida nace en un pueblo -como la de todo el mundo que cuenta una historia- bastante alegre, con sus bicis americanas y todo. Recuerdo a mi abuela, con sus rulos y el rodillo, llamándome a cenar -demasiado pronto- en verano. Mi familia sentada; no recuerdo sus caras. Supongo que ninguno sería rubio, los Hiedra siempre hemos sido tirando a gitanos. Eso dicen. Lo que sí sé es que ninguno ten…

Realidades potenciales.

- Entiéndelo, nadie ha vivido nuestra historia. - De acuerdo cariño pero... a veces, es tan complicado. - ¿Complicado? No, es aburrido. ¿Sabes? La vida, es un escenario perfecto. Sí, perfecto. Mi vida es un escenario perfecto. Tengo un trabajo que me encanta, una casa propia más acomodada de lo que nunca llegué a imaginar, tengo la barriga llena de chuletas y la cabeza, llena de pájaros, y, sobre todo, lo que la hace perfecta: tú. - Esa franqueza tuya logrará que un día me desmaye. - ¡No, no te desmayes! O me obligarás a reanimarte. No quiero reanimarte, quiero ver cómo vuelas tú sola y consigues tus metas, quiero ser el apoyo de tu esfuerzo y quien te coloque el pelo detrás de la oreja. Sí, como siempre fue, con total seguridad, tranquilidad y confianza. - ¿De veras? - Preciosa, ¿por qué iba a mentirte? Mírame a los ojos, y cuenta mis lunares. Tenemos toda la vida para adorarnos. - De acuerdo, mi amor, pero... - ¿Pero qué? ¡No pongas peros! ¿Hay algo más que importe? No, no hay nada. Lo más …

23:45:07

Se quitó la bufanda y le envolvió en ella. Ese cuerpecito tan frágil y tembloroso, tan dulce... Que tanto le había costado llevar hasta allí, ahí estaba. Frente a ella, tranquilo, dormido. Y era esa sensación... la de haber dado vida. La de ver un nuevo ser, puro, blanco, una página por completar de experiencias, un sinfín de virtudes, una delicadeza indescriptible, una suavidad tan bella... Tanta ternura en un espacio tan pequeño, tantas razones por las que luchar, por las que, ahora sí, vivir. Porque él viviera, porque él viera el paraíso terrenal que iba a construirle.
Limpió el cuchillo, más viscoso que de costumbre. Observó la que daría en llamar su obra maestra, una descuartización perfecta de un cadáver que hacía poco más de media hora, no lo era. La ausencia de vello corporal en el cuerpo de mujer convertido en piezas de puzzle, lo hacía aún más perfecto, tremendamente bello. Bebió dos tragos de sangre que había recogido en una jarra, y se miró al espejo. Fuera como fuera, nun…

Sueños y sonrisas, cuentos infantiles.

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En un prado verde e infinito, curvo hacia abajo, ella caminaba con sandalias. A ella no le gustaban las sandalias, pero caminaba con sandalias. Llevaba un vestido blanco de corte vaporoso, y, en realidad, a ella tampoco le gustaba. El prado era solo hierba, como si fuera un planeta pequeñito creado para la ocasión. De repente creció demasiado y su altura fue excesiva para el planeta, que se cayó del cielo. ¡Pom!
Bajó del planeta y caminó por el suelo del Universo. Como un escenario eterno, si alzaba los brazos lograba ver y hasta tocar algún otro planeta como el suyo. Casi todos estaban habitados por una sola persona; algunos por ninguna y algunos hasta por dos. Se ve que las visitas eran legales y a saltitos de planeta en planeta. Todos aquellos que tenían dos, eran de enamorados; quizá es que llegaban a ser uno, y no necesitaban nada más.
Siguió caminando con tranquilidad, maravillándose de su posición privilegiada, en lo que parecía ser un círculo enorme con un fondo de estrellas. Cu…

Delicadeza.

Acércate,
abrígame despacio
y vela mi sueño.
Solo quiero sentirme
pequeña y cuidada.
Tranquila.
En tus ojos esa paz
sólida y desafiante.
Las caricias en el pelo
antes de dormirme
mecida en tu pecho.
Tus facciones,
la seguridad
y verte feliz, tan feliz...
Quererte,
que me quieras.
Que me mimes,
que me ames.

En fin.

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Se recostó en el diván con una manta tapándole los pies. Apagó la luz, miró al techo y suspiró. Lo había dejado todo atado y bien atado, todos los objetos repartidos, la herencia dispuesta, las deudas pagadas y el corazón tranquilo. Cerró los ojos y comenzó con la que había sido su rutina en las noches de los últimos tres meses.
Su primer recuerdo giró en torno a la figura de su padre, como siempre. Él la llevaba a hombros en el maizal, entre plantas tan altas que solo ella alcanzaba a ver, y le guiaba. Atravesaban el campo, y al llegar al sendero que comunicaba los praos, ella recogía esas hojas de plantas silvestres que a todos estorbaban, y se las echaba a las pitas de la tía Celia.
Creció de repente y se encontró en clase. Rodeada de libros y con la cabeza en otra parte. El uniforme, los pupitres ajados y los compañeros; no tenían cara, casi ninguno. Pero la profesora, sí. Una sonrisa de un desconocido. Trece años, el primer beso. Catorce años, un gran error. Dieciséis años: el amor…

Energía.

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Me queda un último suspiro para confesarte que te busco en esta ausencia. Que la oscuridad es tal que no recuerdo haber visto jamás, aunque piense tus rasgos y los sienta aquí conmigo. He de confesarte que siento miedo, un miedo frío y terrible que serpentea por mi médula espinal, que se burla de mí porque se entiende superior. He de confesarme, y solo puedo contigo; no tener nada me llevó a no temer nada. Tener un ápice de nada me lleva a temer perderlo.
Me asusta esa agonía dulce y profana de bañarme en tus caricias. Es ese adamantio que no corta, no daña, y que se mantiene sereno en su poder, ese vaho helado que me eriza el vello de la nuca. Y luego, esas oleadas de fuego abrasador y energía pura, esa impulsividad tan atractiva que nos caracteriza. La mayor comunión de contradicciones se dan al ser dos y uno, y qué bellas son y cuánto las amo. Hace tiempo que desterré el razonamiento puro, y el adjetivo asentimental; hace tiempo que mi mayor razón son los sentimientos, hace tiempo q…

Nueve rosas.

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Te regalo hoy estas líneas para decirte cosas que ya sabes. Y te las regalo, porque si las ves son acompañadas de las nueve rosas que nos unen, esos nueve instantes que generaciones posteriores venerarán y tendrán como ejemplo e inspiración, esos nueve momentos que nos hicieron uno.
Empiezo esto con una especie de ciclón de pensamientos, entre los que sobresalen esas dos palabras tan poco dichas de buena manera: te quiero. Podría decirse que soy el máximo exponente de la confusión, pero no sería cierto si entre toda esta maraña de ideas, sé que te quiero. Nunca he tenido nada más claro, nunca ha sido más evidente a esto que llaman razonamiento, que te quiero. Bonita paradoja. Tras nueve rosas más observándote desde lejos, como un vil obseso, sé que te quiero.
¿Recuerdas allá, a finales de marzo, cuando te salvaron de un más que posible atropello? Fui yo, camuflado tras aquella gabardina oscura y sin mi colonia habitual. ¿Recuerdas aquel día que en tu perfumería no quedaban existencias? …

Perspectiva Global.

Las sonrisas astutas son las más atractivas. Y la más astuta de ellas surcaba su rostro perfecto e inocente -paradojas de la vida-. Contemplaba los hechos desde una perspectiva tal que por encima de él solo estaba el negro Universo. Contemplaba un Todo, un Uno; era la perspectiva global que todo sabio gusta de alcanzar. Y por eso, sonreía. Desde allí, tenía ventaja. Podía adivinar cualquier movimiento de cualquiera de sus rivales, ya fuera meditado o inesperado, lo sabía casi todo. La única posibilidad de error residía en sus movimientos, prácticamente perfectos al contar con tanta información, y tan útil. Veía como cada uno de sus opositores iba cayendo en la vergüenza, o cometía fallos estúpidos e incoherentes.
Cuando solo quedaban él y ella, se asustó. También ella no cometía fallos y sonreía de la misma manera. Quizá por ser ella aquello lo aterrorizaba más, porque ella lo conocía aún sin necesidad de una perspectiva global, y porque ella... era ella. En aquella partida de ajedrez …

Señoritas de burdel.

Muerta su mujer, se convirtió en un pendenciero, en un infame, un innombrable, un deshonrado. En menos de seis meses perdió todas sus amistades; a las diez de la mañana, fiel a su sillón del bar, con tres vasos de whisky como mejor compañía. Y, a menos de tres zancadas, el burdel. Seguía siempre la misma rutina: observaba senos, curvas, bailes sucios de señoritas más sucias aún, y figuras cubiertas de cien tipos de babas distintos. Hacía de catador de novedades, y elegía. Se bebía lo prohibido en una orgía de putas sin higiene ninguna, tres veces al día. Nadaba entre cuerpos vacíos de contenido, entre cabezas con pelucas incapaces de hilar dos míseras palabras, más que dinero, hacer, y quieras. De todas ellas, la reina, la más bizca y la más calva, fue su perdición en todos los sentidos. Con ella experimentaba los extremos del desprecio, a ella tocaba rozando el límite de la repugnancia, entre sábanas y colchones con más de cien polvos a la espalda. Tanto se abandonó dentro de ella -s…