23:45:07

Se quitó la bufanda y le envolvió en ella. Ese cuerpecito tan frágil y tembloroso, tan dulce... Que tanto le había costado llevar hasta allí, ahí estaba. Frente a ella, tranquilo, dormido. Y era esa sensación... la de haber dado vida. La de ver un nuevo ser, puro, blanco, una página por completar de experiencias, un sinfín de virtudes, una delicadeza indescriptible, una suavidad tan bella... Tanta ternura en un espacio tan pequeño, tantas razones por las que luchar, por las que, ahora sí, vivir. Porque él viviera, porque él viera el paraíso terrenal que iba a construirle.

Limpió el cuchillo, más viscoso que de costumbre. Observó la que daría en llamar su obra maestra, una descuartización perfecta de un cadáver que hacía poco más de media hora, no lo era. La ausencia de vello corporal en el cuerpo de mujer convertido en piezas de puzzle, lo hacía aún más perfecto, tremendamente bello. Bebió dos tragos de sangre que había recogido en una jarra, y se miró al espejo. Fuera como fuera, nunca aceptaría que su trabajo fuera calificado de canibalismo. Él era un artista, de acuerdo, algo excéntrico, pero un artista.

Le miró a los ojos en plena ebullición de placer. Las manos y la lengua se enredaban en su cuerpo, y ella se dejaba. Se abandonó al éxtasis, no sólo carnal, sino perfecto, una comunión divina entre sus dos almas. Un ser uno. De repente, un vacío inconsciente, el clímax, esos segundos dorados con forma de elixir bebido, néctar de afrodisíacos... y la relajación.

Contó de nuevo las cuentas del rosario. Ese rosario tan repleto de rezos, de plegarias caídas a un abismo que nadie ni nada iluminaba. El tiempo se agotaba, ¿cuánto quedaba? ¿Dos días? ¿Dos meses? ¿Dos años? Dos vidas... iban a morir. Se giró para verlos de nuevo, para volver a aprender de memoria sus rasgos y no perderlos nunca. Ahí, tumbados y ahogados de morfina, levitaban en un limbo vacío. ¡Iban a morir, joder! Y nadie hacía nada... No sabía que un ángel la observaba. A ella, a su marido y a su hijo.

Le tiró el ramo de rosas encima del traje barato. -¡Bastardo!- gritó. Y se echó a llorar. Él la abrazó, y le dijo, con un quiebro, -Te quiero-.

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