Confesiones.

Escapé de casa entre afanes de castigo, y así castigué todo intento de contacto con un mutis imperecedero, un fruncir de ceño pensante y un guiño de ojos a mi hermano pequeño. Jamás miré atrás ni me dejé pensarlo siquiera, concienciado de mi labor en lo que restaba de vivencias, ávido de correrías enfrentadas con el clero. Me hice justiciero de Dios contra la Iglesia. Y me convertí en el más despiadado e infame verdugo, mercenario sin escrúpulo alguno, sabio de sabios en el arte de matar y del disfrute.Y o mismo me presentaba así ante mis demandantes, como brazo ejecutor de cualquier mente enajenada, ansiosa de evitar una conciencia de plomo sin renunciar a lo que darían en llamar, placeres.

En mi defensa alegaré que mi conciencia volaba siempre por encima de las nubes. Tan lejos, que no fue capaz de prevenirme en ningún momento de los efectos de mis causas, aún menos de inculcarme arrepentimiento alguno. Sin duda, ésa fue mi ventaja desde que nací. Nunca me hizo perder tiempo cualquiera de esas verborreas inútiles que caracterizan a la élite política de este minúsculo municipio. Con sutileza y elegancia -mi idolatrada elegancia- despachaba sin dificultad cualquier contratiempo de esas características.

Acostumbré desde el principio a vestir de negro y blanco, no por estilo ni por gusto, sino por expresión de equilibrio. He de decir, siendo honesto, que por esta constumbre gastaba demasiado en demasiadas camisas de mi sastre habitual, aunque éste nunca preguntó por lo abusivo de mi consumo. Quizá sabía que su discreción era proporcional a sus posibilidades de mantenerse con vida.

De mi casa recibí un par de cartas y un sombrero. No pregunten qué ponía en las cartas, ni cómo consiguieron mi primera dirección y mi primer nombre, porque jamás las leí ni me preocuparon, aun siendo de mi hermano. Mi vocación surgió un par de instantes después de contemplar lo bello de un asesinato, y un par de instantes antes de comenzar mi sempiterno viaje. A fin de cuentas, si no hubiera visto a mi querido padre y querido diácono beber la sangre de mi madre cual Cristo en la Última Cena, probablemente no hubiera fallecido bajo mi mano y mi mirada media hora antes de comenzar la escritura de esta confesión.

Atentamente, JC.

Comentarios

  1. Confesión de una vida alternativa.

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  2. Coño... cuánto valor tenéis los dos, el personaje y tú.

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  3. ¡Es un gran personaje! ¿A que sí?

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  4. Además lo expresas de una forma tan objetiva que impone más aún... Le da mucha rotundidad.

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