Créeme, si dominas las palabras...

Venga, vamos, cantémosle a la franqueza. Las palabras de cualquier escritor -o writer, según gusten- bailan traviesas desde su mente a sus manos, entrelazándose entre sí, deslizándose por el cuerpo, bañando la piel. Como un ilusionista juega con la vista, las palabras ríen en la mente. En primer lugar, las buenas palabras le placen al lector y complacen al autor.

En segundo lugar, son una droga sin cura. En cuanto te atrapan, se te llevan. Ya puedes ir al loquero o al africano curandero de tu barrio, que no, que no hay manera. Aquel que coge la pluma... se da cuenta de que no tiene ningún poder sobre ella, que es ella quien hace y deshace. Si tuviera ojos, miraría socarrona. La muy jodía, de verdad. Luego, cuando no puedes más y se te va todo en letras, no la desprecias tanto, hasta serías capaz de cumplir con cierto tipo de favores por conseguir dos trazos más. Si es que somos unos cínicos consumados, ¡olé!

En tercer lugar, son tan mentirosas como leales. Inenarrablemente leales. Inimaginablemente mentirosas. Cuando todo se vaya, cuando seas sordo, manco, mudo y ciego, en tu mente siempre existirán las palabras. Reza para que no te vuelvas tonto, y las tengas sin saber aprovecharlas, que sería muy triste. Y mentirosas.... ¡ah, el arte de engañar! Créeme, si dominas las palabras, lo dominarás todo.

En cuarto lugar...

Comentarios

  1. La fórmula mágica está ahí pero, como bien dices, ¿cómo dominarla si las palabras son indomables?

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