La afortunada historia de Liana Hiedra.

Me llamo Liana Hiedra. Todos me llaman Hie. O Ye, no importa, tampoco saben escribirlo. Ni siquiera sé quiénes son todos. Todos me llamaban Hie. Supongo que el origen de mi nombre está en mi apellido, no es muy difícil comprender eso. Vivo en una ciudad que ahoga, en un cuartucho de una pocilga por la que me cobran más de lo que soy capaz de pagar. No sé cómo me las arreglo, la verdad, pero me va bastante bien y estoy orgullosa de ello. Trabajo de teleoperadora nocturna de lunes a domingo, y, de domingo a lunes, de cajera por la tarde. No tengo vida social. Si no tuviera trabajo, tampoco la tendría.

Mi vida nace en un pueblo -como la de todo el mundo que cuenta una historia- bastante alegre, con sus bicis americanas y todo. Recuerdo a mi abuela, con sus rulos y el rodillo, llamándome a cenar -demasiado pronto- en verano. Mi familia sentada; no recuerdo sus caras. Supongo que ninguno sería rubio, los Hiedra siempre hemos sido tirando a gitanos. Eso dicen. Lo que sí sé es que ninguno tenía los ojos verdes. Mi abuela se enorgullecía ante las visitas de los míos. Pero qué coño, eran míos, no suyos. ¿Por qué se los apropiaba?

A lo largo de mi vida me han robado muchas cosas. Para empezar, cuando llegué a la ciudad, no duré ni un mes con dinero y abrigo. El cabrón que se llevó mi flor se llevó también mi sustento, después de tres rayas muy bien definidas en la mesilla del motel. Creo que, cuando estamos solos, cometemos el error de buscar compañía. No, si estás solo, quédate solo. Solo así tienes menos gente que pueda traicionarte. Panda de bufones.

Cualquier psicólogo entendido en la materia me llamaría andrófoba. Pero yo no tengo miedo al hombre, le tengo asco. A mi abuelo, por sus juegos de cama sin huella. A mi padre, por sus bofetadas. A mis hermanos, por darme la espalda o agachar la cabeza. Pero, sepan, todos ellos, que nunca han poseído mi mente. Mi mente es solo mía y solo yo me quedo conmigo. Yo me sé ciudar muy bien sola, ya lo verán ellos.

Mierda, ahora me pierdo entre esta aversión que todos creerán irracional. Lo que yo vengo a decir, es muy diferente a todo lo que haya cualquiera escuchado, visto o sentido antes. Desde hace veinticinco años que respiro, no veo rostros, veo almas. Y, os lo confieso, un alma nunca es pura, ni nunca es mala. Un alma es, en un instante, en un soplo, en un segundo: es. Y ya no volverá a ser como era, ya nunca regresará a ser un papel en blanco que la vida se encargue de escribir. En cuanto el reloj empieza, ya nada las puede parar. Somos almas, y las almas son.

Y por eso, os envidio, y os espero.

Comentarios

  1. ¿Por qué Liana Hiedra?

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  2. Porque suena musical, maldito, enfermo. ¿A ti a qué te suena?

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  3. A mi me suena poderoso, oculto, fuerte, vivo, mágico... pero, ¿xk esas dos palabras y no otras con las mismas connotaciones?

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  4. Tú puedes nombrarla como quieras. - Sería un gran honor!- Para mí, es Liana Hiedra.

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  5. Yo no le cambiaría el nombre. Liana Hiedra me gusta, no podría parecerme más acertado de hecho. Es solo que me resultó divertido que, con esas características , la protagonista se llamara Hie =)

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  6. ¿Y por qué Hie(l) ve almas en lugar de rostros?

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  7. Porque es de esos malditos privilegiados que ven más allá.

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  8. Es cierto que en ocasiones es una maldición pero yo no lo definiría globalmente como tal. Es como el Saber.

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  9. Uh, si no puedes deshacerte de ello nunca es una bendición.

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  10. ¿Vivir en la ignorancia te parecería una bendición?

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  11. No eres un ignorante si solo ves rostros. Si ves almas, tienes una pequeña (des)ventaja.

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  12. Yo no podría vivir en la ignorancia. Bueno, sí que podría, pero sería todo tan anodino que no tendría motivos para vivir de verdad. Todo puede ser una ventaja o una desventaja, solo depende de cómo lo enfoques.

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