Los poetas.

Son ellos. Caminan como sombras entre nosotros, imperceptibles para los ignorantes ensimismados. Coincidimos con ellos al doblar cada esquina, y, si nos atrevemos a mirarlos a los ojos, nos invade ese desasosiego, y nos damos cuenta: son ellos. No se corresponden con nivel de sociedad alguno, son completamente independientes, autodidactas de la vida y sus intereses propios. Entre sí, no tienen nada más en común que el mero hecho de ser ellos. Pero ya es suficiente. Son el mal.

Cuentan las leyendas que siempre han existido, que algunos son inmortales, y todos se conocen. Sus nombres se entrelazan en la Historia y los saberes, usurpando el lugar de los mediocres. Ofrecen el mal a quien es lo suficientemente osado como para hablarlos. Exponen la realidad de una manera tal, con una lengua tan afilada, que es imposible vivir habiendo escuchado sus discursos, lentos, ponzoña de cambios e injusticia.

Yo os digo: huid de ellos. Solo llevarán el mal a vuestras casas. Llenarán la cabeza de vuestros hijos de teorías sobre un mundo mejor basado en el libertinaje y la sexualidad, en la pereza y la ausencia de esfuerzo. Se convertirán en despojos de este mundo que tanto nos ha costado lograr. Se adueñarán de la mente de vuestras hijas, que los seguirán presas de su hechizo. Y las despreciarán, sufrirán lo innombrable por sus corazones, y vosotros, padres y hermanos, por vengarlas, moriréis. Yo os digo: huid de los poetas.

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