En fin.

Se recostó en el diván con una manta tapándole los pies. Apagó la luz, miró al techo y suspiró. Lo había dejado todo atado y bien atado, todos los objetos repartidos, la herencia dispuesta, las deudas pagadas y el corazón tranquilo. Cerró los ojos y comenzó con la que había sido su rutina en las noches de los últimos tres meses.

Su primer recuerdo giró en torno a la figura de su padre, como siempre. Él la llevaba a hombros en el maizal, entre plantas tan altas que solo ella alcanzaba a ver, y le guiaba. Atravesaban el campo, y al llegar al sendero que comunicaba los praos, ella recogía esas hojas de plantas silvestres que a todos estorbaban, y se las echaba a las pitas de la tía Celia.

Creció de repente y se encontró en clase. Rodeada de libros y con la cabeza en otra parte. El uniforme, los pupitres ajados y los compañeros; no tenían cara, casi ninguno. Pero la profesora, sí. Una sonrisa de un desconocido. Trece años, el primer beso. Catorce años, un gran error. Dieciséis años: el amor. Una montaña rusa de experiencia, de cambios, una velocidad vertiginosa y construir el carácter y los principios. Esos ojos verdes, esa lejanía, y encajar.

Se recreó más de media hora en los recuerdos de ese amor. Y, con una sonrisa en los labios, expiró. Perdió 21 gramos de masa en la máxima plenitud, en la máxima felicidad. Murió feliz, siendo el máximo exponente de lo que pudo haber sido siempre. Recordándole, recordándose.


Comentarios

  1. El detalle de los 21 gramos es la guinda del pastel.

    ;)

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  2. Y así se resume una vida. Alguno vive más, otro vive menos, pero igual de rápido acaban ambos.

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