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Mostrando entradas de julio, 2010

La soberbia.

Mira por la rendija de la puerta antes de hacer su gran aparición, tratando de asegurarse una entrada triunfal que en el fondo todos creen esperar y nadie quiere de verdad. Se atusa el pelo, se relame los labios, respira hondo y se siente segura, poderosa, soberbia. Empuja con fuerza calculada y cada ser presente se gira, buscando ese halo de envidiada grandiosidad que parece cubrir con delicadeza cada uno de sus movimientos. Se acerca hasta el centro de la sala, y mira en derredor, satisfecha con su efecto.
Sin embargo, hay un rincón un poco más oscuro en su imagen. En aquella esquina, alguien sonríe astutamente, y no de felicidad. Eso la incomoda. Su cerebro emite señales de alarma en búsqueda de una estrategia que su mente concreta lentamente, con dificultad. Las situaciones adversas nunca han sido su fuerte, solo le salva una cierta habilidad social y unas dotes de actriz mediocre que enmascaran sus acciones.
Quien la mira, es alguien superior.
Podría enumerar infinidad de mujeres y …

El poeta de Hölderlin.

Jugaba delicadamente con los acordes entre sus dedos. Las letras, con un brillo serpenteante, se deslizaban con gracia y frescura por su cuerpo, como tatuajes vivos que revitalizaban su intelecto. Desnuda, con una pureza inmaculada, se encontraba en una especie de nada blanca desde donde veía, en una dimensión elevada, cada una de las situaciones determinadas por la naturaleza que afectaban a las relaciones humanas de los que alguna vez fueron sus congéneres.
Desde aquella altura comprendía y veía lo que otros no veían, sus lágrimas tristes se alternaban con pícaras sonrisas del que observa un cortejo ritual, con las miradas y el rubor en las mejillas de los que saben el final de antemano. Lo sabía todo, sin una necesidad expresa de haberlo leído o vivido antes, lo sabía todo. Su sensibilidad extrema hacía de ella una persona completamente distinta a todo lo que cualquiera hubiera podido conocer.
Ella lo sabía desde que conoció a malditos y románticos.

Caramelos.

Se miró las manos con expresión desolada. Había perdido todos sus caramelos. Como aquel adulto, que había perdido toda su franqueza, su objetividad y su valentía. Quizá no lo había perdido, y solo estaba oculto entre pesares y recuerdos increíblemente destructivos.
Había tardado más de un año en conseguir todos aquellos caramelos. Había ahorrado toda su paga, y había invertido todas las monedas del cepillo de la iglesia que había encontrado de manera casual, aun a riesgo de que le acusaran no tan injustamente de ladronzuelo. Había actuado a través de la línea que divide la moralidad y la legalidad, y siempre había procurado alimentar su sueño: conseguir aquellos caramelos. Muchas veces, lograba dar pequeños pasos a través de buenas acciones obviamente interesadas, y muchas veces se sentía muy satisfecho con el resultado. En definitiva, a lo largo de ese año había llegado a ser feliz en el camino de conseguir su sueño y de anotar sus experiencias. Pero, ahora, había perdido todos sus ca…

Aquel pedacito de tela.

Destrenzó con un ansia incontrolada los hilos que componían el pedacito de tela cada vez más minúsculo que él le había regalado. Se lo había entregado diciéndole: tómalo, es tuyo, mi corazón. Había oído temblar su voz un día de finales de marzo mientras se lo decía, o quizá fue de principios de abril. Había oido de sus labios un te quiero ahogado y brusco que, sin embargo, estaba lleno del mayor sentimiento que ha existido jamás. 
A lo largo de casi una estación había ido tejiendo y destejiendo aquel pedacito de tela, envuelta en impulsos irracionales mezcla de rabia y desesperación, de un miedo y tristeza profundos que habían ido mermando su tamaño. Y, mirándose al espejo, cada vez con más frecuencia, no podía evitar la pregunta: ¿Por qué?
A través de las distintas etapas de su amor había ido aprendiendo ciertas cosas sobre la vida, ciertas cosas que parecía olvidar cuando entraba en esa especie de trance destructivo que acababa por hacerla sentir ruin, miserable, egoísta, inmerecedora…

Sucedáneos.

Su nariz recorrió oronda y henchida la línea de su figura abriéndose paso por las caderas, ascendiendo suavemente y con la paciencia del buen autodidacta por la cintura y el torso. Recreándose brevemente en una curva hacia la espalda y exhalando de pura pasión a la altura de la nuca.
Las manos seguían la estela invisible de los labios, inseparablemente ligados a los besos tiernos y sensuales que continuaban el recorrido de su cuerpo, lentamente, en la penumbra más dulce.
Se acercó lentamente a su oreja y respiró profundamente, susurrándole te quieros. Rozó con sus dedos los muslos hasta las caderas, acercó su cuerpo contra el de ella, y la miró a los ojos. Aquellos ojos negros. Algo centrifugó su estómago en cuestión de instantes y notó cómo se erizaba todo el vello del cuerpo. ¿Qué haría si no estuviera ella?
Define la diferencia de los sucedáneos del amor.

Trigésimo Tercer Trazo. Llagas II

Cuando atravieso la puerta de la ciudad su pútrido aroma me hace vomitar repetidas veces. En la angustia de estas convulsiones, las heridas de la espalda, las más profundas aún sin cicatrizar, se abren y empapo de sangre la enésima camisola de la semana. Llevo caminando cerca de un verano entero desde mi enigmático y pagano rescate, que no deja de tener algo de divino, al igual que la recuperación. Me gano la vida como truhán y timador profesional, aprovechándome de mi evidente discapacidad y de la inocencia de las escasas almas incorruptas y temerosas de Dios.
En cuanto soy capaz de controlar las náuseas y acallar la voz de auxilio de mi nariz, trato de caminar tanteando los muros próximos que no se asemejen a la muralla, buscando los lugares donde me guian las voces masculinas. Doy con mis huesos en lo que imagino como una cutre taberna típica. Desde luego, y ahora lo sé, aquello que pienso es bastante similar a la realidad: el tabernero de mirada hosca, cuya hija atrae todas las mir…