Aquel pedacito de tela.

Destrenzó con un ansia incontrolada los hilos que componían el pedacito de tela cada vez más minúsculo que él le había regalado. Se lo había entregado diciéndole: tómalo, es tuyo, mi corazón. Había oído temblar su voz un día de finales de marzo mientras se lo decía, o quizá fue de principios de abril. Había oido de sus labios un te quiero ahogado y brusco que, sin embargo, estaba lleno del mayor sentimiento que ha existido jamás. 

A lo largo de casi una estación había ido tejiendo y destejiendo aquel pedacito de tela, envuelta en impulsos irracionales mezcla de rabia y desesperación, de un miedo y tristeza profundos que habían ido mermando su tamaño. Y, mirándose al espejo, cada vez con más frecuencia, no podía evitar la pregunta: ¿Por qué?

A través de las distintas etapas de su amor había ido aprendiendo ciertas cosas sobre la vida, ciertas cosas que parecía olvidar cuando entraba en esa especie de trance destructivo que acababa por hacerla sentir ruin, miserable, egoísta, inmerecedora de ninguna clase de felicidad. Y, sin embargo, no era capaz de controlarlo, de establecer un límite antes de la explosión final cuando la mecha se prendía.

Y, mirándose al espejo, empezaba a llorar. Con una tristeza y un sufrimiento hondos, sumamente hondos que alcanzaban lo más profundo de su ser y hacían que temblara entre la angustia y los espasmos de su estómago. Para cuando lograba tranquilizarse, un tiempo después, miraba a su alrededor en el baño, y ni siquiera se veía a sí misma. Cuando terminaban aquellas crisis, su consuelo residía en repetirse una serie de máximas que alguna vez oyó y entendió, que hacía suyas a base de arañarse la piel.

Al pasar las horas, su único pensamiento se volvía una obsesión insana que terminaba alcanzando lentamente: volver a tejer con esmero, dedicación y amor aquel pedacito de tela que él le había regalado. Y una idea se presentaba sumamente clara y distinta: si tejiera sin destejer, aquel pedacito de tela sería mucho, mucho más grande, mucho, mucho mejor, mucho, mucho más feliz.

Comentarios

  1. ¡Grande! Partiendo de una metáfora en apariencia simple expresas más que muchos rumiando páginas.

    No pares nunca.

    Gabriel

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  2. A veces el desteje es tan rápido y grande que nos preguntamos: "¿Para qué he tejido? No tengo ganas de volver a empezar".
    No podemos evitar que se nos enreden las fibras o que algo nos destruya una parte (incluso todo), y nadie dice que sea fácil, pero siempre tenemos la opción de volver a tejer con la misma ilusión con que lo hicimos la primera vez.

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  3. A veces, lo piensas... pero no sé... cuando yo destejo, aunque lo piense, al final la calma aparece en silencio y me hace darme cuenta de que quiero volver a empezar... siempre.

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