Trigésimo Tercer Trazo. Llagas II


Cuando atravieso la puerta de la ciudad su pútrido aroma me hace vomitar repetidas veces. En la angustia de estas convulsiones, las heridas de la espalda, las más profundas aún sin cicatrizar, se abren y empapo de sangre la enésima camisola de la semana. Llevo caminando cerca de un verano entero desde mi enigmático y pagano rescate, que no deja de tener algo de divino, al igual que la recuperación. Me gano la vida como truhán y timador profesional, aprovechándome de mi evidente discapacidad y de la inocencia de las escasas almas incorruptas y temerosas de Dios.

En cuanto soy capaz de controlar las náuseas y acallar la voz de auxilio de mi nariz, trato de caminar tanteando los muros próximos que no se asemejen a la muralla, buscando los lugares donde me guian las voces masculinas. Doy con mis huesos en lo que imagino como una cutre taberna típica. Desde luego, y ahora lo sé, aquello que pienso es bastante similar a la realidad: el tabernero de mirada hosca, cuya hija atrae todas las miradas y los azotes de los clientes, los típicos soldados con los bolsillos llenos de monedas de oro, ebrios de cerveza y de lujuria que poco tardarán en comprobar las putas del burdel de enfrente. Entonces, oigo.

Ese tono de voz insoportable nacido de la garganta de un ser aborrecible, esos acordes mal ligados emitidos de manera artificial, esas palabras que hoy más que nunca se confunden con quejidos. Esos sonidos indefinidos que pertenecen al juez que me había sentenciado: mi padre.

A lo largo de mi calvario pude reflexionar en los momentos de soledad del sótano húmedo que fue mi hogar sobre la posible motivación que podría tener mi propio padre para condenarme. No llegué a ningún pensamiento concluyente o satisfactorio, los delitos de los que él mismo me acusó no me parecieron suficientes desde un principio, menos aún mientras me torturaban. ¿Es que enamorarse de una doncella y poseerla contra su voluntad hasta su extenuación era tan grave? ¿No ocurría aquello todos los días en cada rincón de cada provincia? Yo no fui responsable de que muriera de pena. Murió por que ella quiso, porque jamás pudo entender mi ferviente deseo por su carne, por su cuerpo, por sus formas delicadamente infantiles, y porque jamás quiso compartirlo y responder a él, como sí hizo con mi padre.

Su virgen más perfecta murió porque ella quiso.

A/A de quien me pidió una continuación de aquella historia.

Comentarios

  1. Este Grenouille ciego tiene algo...
    Tan pronto insinúa un pasado incierto como el futuro más inmediato, y juega con nuestra curiosidad al igual que con los sentidos.

    Definitivamente, olía a historias.

    El Borracho

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  2. Gracias por seguir con este tío que saborea la vida tan amargamente.
    Aunque yo, por lo menos, no tengo suficiente. Quiero que me cuentes más.
    ¡Ánimo!

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