Feliz cumpleaños.

Era el ebanista más diestro de la zona, y era una amplia zona. Le gustaba la música lenta cuando trabajaba, y odiaba los ruidos estridentes. Amaba ser un solitario y, por supuesto, odiaba la soledad. Sus manos eran tan hábiles que parecía, al rozar la materia, que ésta se transformara sola. Mantuvo entre sus dedos la pequeña figura de madera. Pensó que la vida era corta.

Miró la talla con ojo experto, buscando alguna debilidad en el trabajo. Satisfecho, concluyó con un soplido tierno, e hizo levitar las virutas de serrín que reposaban relajadas. Faltaba solo una caricia con la lija, y un buen barnizado. Era posible que encontrara alguna falta en su obra, pero nada sin arreglo. Aún así, tampoco estaba terminada, y un buen artesano no descansa hasta cumplir con su oficio completamente. Volvió a ponerse manos a la obra, y recordó sus tiempos de aprendiz.

Sonrió. Las arrugas marcaron su rostro curtido y moreno, la barba de horas salpicaba graciosa su barbilla. Respiró, y se entretuvo en soñar qué sería de aquella figurita y qué sueños tendría la niña que la comprara. Quizá su nieta, cuando se convirtiera en mujer, le pediría una figura. Quizá ella podría llegar a entretenerse en transformar elementos para crear acabados perfectos. Quizá se dieran cuenta algún día de que aunque el trabajo es arduo y exige habilidad, ser ebanista solo requiere vocación.

Y se entretuvo en soñar cómo mil figuritas son los hechos de una vida, y en cómo luchar para ser feliz.

Comentarios

  1. Y seguro que era feliz (cabe que le costara mucho o poco) por tener las cosas tan claras. Le gustaba la independencia per a la vez pensaba en la gente, y sabía seleccionar: pensaba en quienes le importaban (o podrían importarle) de verdad.
    ¡Qué tierno, Noe! Este texto me relaja. ¡Bravo!

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