Había de hacerlo.

Olió el hielo suspendido en el aire. Le gustaba el frío. Le gustaba tener un buen libro cerca, unos calcetines en condiciones y una manta sobre las piernas. Leer a la luz de una lámpara pequeña y empaparse del olor a madera quemada.

Ahora no había libro, ni calcetines, ni manta, ni madera quemada. No quedaba nada más que su silueta y un barquito de papel entre sus dedos, que se mecía un tanto con la brisa helada del lugar. Había de hacerlo.

Se quitó la bufanda, la chaqueta, la camisa, el cinturón, los pantalones y las botas. Se desnudó completamente y pisó la nieve, que quemaba. Y, lo hizo. Se suicidó.





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