Los hombres.

La noche aguda clava sus silencios en los troncos de los árboles serenos, y acaricia el perfil de los caídos. El recuerdo de una luz sesga la negrura de la luna nueva. Un esplendor despeja los sueños ligeros de los campesinos seguros y sentidos. Unos oyen los sollozos, otros huelen la pureza. Los ignorantes ignoran lo que sienten.

Una figura sin sexo yace suspendida en el aire, con un deje de serenidad doliente, dormida. Pequeñas pizcas de un alma, de sabor dulce y metálico, color rojo batalla, se deslizan por su rostro, y terminan por caer, mansas y ajenas. Al menos treinta entes perciben un nuevo destino, de cuyo reclamo pretenden huir incapaces. Avanzan con la lentitud del miedo arraigado en una mano, y el clamor del suicidio en la otra. Aquellos troncos los observan conscientes. Los hombres contemplan la particularidad de la divinidad real sin comprenderla, de acuerdo a su naturaleza. Por cada lágrima caída, el firme brilla para siempre.

Una venda cubre los ojos de la maravilla, testimonio de una humanidad que resta. Viste con la delicadeza del baile de una pluma los más ricos bordados del color negro de la inocencia. Se sostiene en los hilos de la honestidad, sus alas censuran la belleza de las ánimas de corta existencia. El sufrimiento empapa las creencias de los hombres, simples, heridos. La figura se mece, sin mover los labios, ellos saben.

El aire tiene fiebre helada. Sus corazones vacíos se atesoran de infortunios, como condena eterna, conocen. Los ojos bailan su crudeza, obvian la luz y se vuelven pura sombra inquieta. Asumen la razón de los iluminados. La figura se incorpora estoica, a un palmo del suelo. Los mira, ciega, a través de aquella venda tejida por manos impuras. Susurra versos indefinibles que no conciben la injusticia, versos sin voz. Su discurso sigue un tono constante, contraste del súbito terminar. Los troncos se encogen y guardan sus hojas, el aire se hiela. El ángel se desploma, finado. Los hombres soñados despiertan frente a él.

 The Wounded Angel, H. Simberg.


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