Tres años.

Esa mujer tenía una belleza tan serena, que no sé cómo describírosla. Tan pulcra, tan correcta. La veía siempre en el mismo lugar, era casi una leyenda en la sala de espera de la terminal. Un día, su novio dijo que volvería en el último vuelo de la mañana. Desde entonces, ahí estaba, sin perder la fe ni la calma.

Mucha gente le preguntaba, mucha gente no recibía respuesta. No solía hablar. Ni siquiera se levantaba para ir al baño o pasear, esperaba sentada en la butaca que lleva su nombre, alguien lo grabó. No sé cómo se enteró. Su única compañía era un colgante que brillaba especialmente, o quizá eso creía yo. Quizá eso creía todo el género masculino. Incluso hubo algún galán de barrio que pretendió cortejarla. Ilusos... ¡ilusa la gente!

El otro día me miró. Tampoco solía mirar a nadie especial. La sonreí, torció los labios. Había un periódico colocado cuidadosamente en la butaca contigua, apuntando en su dirección. En primera plana: "Se cumplen 3 años del accidente de avión en el que murieron 365 personas". Una lágrima cayó lenta hasta rozar su barbilla. La miré, me miró otra vez.

Yo comprendí. Ella comprendió. Sigo limpiando todos los días, ella nunca ha vuelto.

Comentarios

  1. Unas pocas palabras la dieron la vida, y otras pocas se la quitaron.
    En el desierto, cuando las rocas sufren la abrasión solar durante el día y por la noche padecen la temperatura bajo cero, se agrietan por todos lados y acaban rompiéndose.

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