Un hombre en un portal abandonado.

Cuando hablaba de sueños, lo hacía con un gesto triste. Había sido siempre la esperanza hecha hombre, siedo joven, tenía tantas ganas de hacer cosas, tantas ganas de vivir, de sentir, que las ganas se lo comieron. 

Lo conocí un día de invierno con las calles de la ciudad llenas de nieve sucia. Vivía en un portal de una casa abandonada en el casco histórico, y su único abrigo había sido siempre un perro de raza indefinida que acababa de morir. Estaba más solo que nunca, y a pesar de ello seguía portando una elegancia y una dignidad admirables, que se sumaban a un amplio conocimiento de la naturaleza humana, como diría Miss Marple.

Recuerdo cómo lo vi desde lejos, y enseguida sentí una pena terrible por un rostro tan joven a merced del crudo invierno. Le ofrecí pasar la navidad conmigo, a fin de cuentas, yo vivía solo en una casa grande y sin familia. Me dijo que solo me acompañaría si le prometía que no le invitaba por compasión. Lo hice; le mentí.

Después de una ducha y la cena de rigor, me pidió un rato de conversación. Pasamos la noche entera contando historias, cada uno de su vida, comparando pareceres. Pasamos la noche entera llorando. Y, a eso del amanecer, nos fuimos a dormir, con una paz serena y una tranquilidad absoluta por haber aprendido a vivir. Al menos yo.

Cuando me levanté al día siguiente, y bajé a interesarme por su estado, todo había volado. Él no estaba, no estaban los cuadros más caros ni la decoración más exclusiva, me faltaban tres chaquetones demasiado poco baratos. Se había llevado hasta dos platos. En su lugar, una nota: 

Somos lo que somos y lo que hemos elegido. Admiro tu valentía y tu saber hacer, tu honradez y tu sentido de la solidaridad, pero yo jamás podré ser como tú. Gracias por haberme enseñado lo que debo ser, siento que para ello seas tú quien tenga que sufrir. Te diré que aunque mi historia era verídica, no lo eran los nombres de la misma; uno debe saber proteger sus espaldas. Espero encontrarme un día contigo, y te prometo que el día en que nos veamos te devolveré todo lo que he tomado prestado y te compensaré ampliamente. Gracias, gracias por enseñarme a vivir.

No lo denuncié. La magia de aquella noche culminaba con una situación que no era agradable ni de lejos, aunque tampoco me dolió. En verdad creí a pies juntillas las líneas de aquella nota, cada trazo, cada letra, creí a pies juntillas cada una de las palabras de aquella noche en que había oído verdades tan grandes de un hombre que vivía en un piso abandonado en el casco histórico. La vida siguió.

Me lo volví a encontrar quince años después, fue él quien me reconoció. En una cafetería atestada de gente, se acercó con un cheque extendido por más del doble del valor de las cosas que se había llevado. Me saludó y le miré sin poder creerlo... Sentí un impulso ta grande, tan tierno, tan indescriptible, que me llevó al éxtasis más absoluto; aquel abrazo me subió al cielo.

Ahora cuando habla de sueños lo hace con una enorme sonrisa. Renunció a los suyos siendo joven, pero parece ser que se recuperó. Ahora tiene una mujer que le quiere y dos hijas maravillosas, además de un perro de raza indefinida. Por supuesto, no acepté el dinero, preferí cambiarlo por una comida dominical en su casa, con su familia, hasta el final de mis días, o de los suyos. Nunca una historia ajena me había hecho tan feliz, nunca nadie me había enseñado tanto. Y, tras esa primera noche, no pude recordar su nombre.

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