La Dama.

La Dama Triste no llora sentada en la piedra, se lamenta. Seguirá admirando el fruncir de unos labios que digan insultos, a pesar de haber amado la belleza de las palabras domadas. Mirará entre suspiros hondos e hirientes al cielo, cubierto de mantos de nubes, clamando por la respuesta que nunca ha de llegar. Añorará el recuerdo vago de una Dama Feliz que está ausente, olvidada. Y, sin embargo, respirará el abrazo de un acorde sereno que llegue de la mano del tiempo. Y pasará, y pasará. Y el día tendrá tres soles y un canto por cada especie, dedicados a la singularidad del alma sensible que arrancarán el dolor del poeta y lo harán versos limpios y exactos. Una nueva caricia despertará un amor nuevo que siempre estuvo ahí, y moldeará con suavidad los gestos de la Dama, volviéndose felicidad más pura y más nítida que la nunca antes conocida. Alcanzará la perfección de las emociones para luego, prederla de nuevo. O no.

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