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Realmente no sé si me despertó el golpe seco del teléfono al caer al suelo, el dolor lacerante en el dorso de la mano o el sabor indefiniblemente pastoso que me amargaba en la boca.

- ¡Diga! ¡Diga!

El teléfono estaba mudo. Cómo odiaba la periodicidad de esas llamadas, joder, siempre después de una resaca histórica que oscurecía más cualquier opacidad: ahí estaban. Me miré la mano, sin recordar cómo ni cuándo había acabado así de destrozada. Me incorporé de una postura imposible en aquella especie de camastro y me dirigí al lujoso aseo compuesto por un lavabo y un retrete sin cisterna. El espejo roto me devolvió un reflejo brutal que me sobrecogió por un instante, como todas las mañanas; los segundos me habían hecho llagas que supuraban mezclas de odio y súplicas de perdón. Lavé la mano mientras ahogaba los gritos que ya ni sabían a qué sentimiento obedecer y cogí la jeringuilla. Un solo chute más, joder. Así de veras podría despertar.

Sonó una llave en la cerradura de la habitación, el motel seguía oliéndole agrio a su nariz refinada en clubes baratos. Recorrió con apenas un vistazo la mediocridad de la habitación y se movió rápida hasta el cuerpo tendido boca abajo en la cama. Aventuró sus constantes vitales gracias a un escaso conocimiento médico que en numerosas ocasiones había logrado camuflar sus malas dotes para la actuación, se recogió el vestido corto con una gracia que no lo era, lo acomodó con algo similar a la delicadeza y comprobó hasta dónde había llegado aquel chute de heroína. Sintió la lástima más profunda y el desamor más cruel sin un solo gesto en su rostro, una agonía dulce y helada serpenteó por su espina dorsal sin que el aire temblara. Un tortazo.

Comentarios

  1. Y es que a veces sólo queremos dolor, ¡dolor! ¡DOLOR!
    Te sigues supernado, campeona. ¿Sabes que me siento a salvo (no sé muy bien de qué, de la estupidez aburrida seguro) cuando vengo aquí? ¡Gracias por estos pequeños grandes regalos!

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  2. Nada sería este rincón sin ti.

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