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Mostrando entradas de agosto, 2011

A vosotros.

Por el brillo de la sonrisa satisfecha, los ojos astutos y expectantes con voz de morbo intelectual. Gracias a las ilusiones en las lágrimas y las comisuras izadas por bandera de la intriga. Por dejarme ver puramente un latido furtivo y un aliento entrecortado, y esto solo acaba de empezar. Por recomendarme libros, películas y piano y bajo y rock y blues y ánimos, mientras vivo cosas que jamás olvidaré. Por hacerme feliz desde la más nítida generosidad, mientras las perlas se me escapan y ruedan alegres por las mejillas, porque hoy ya os habéis llevado el miedo y no lo tengo. Porque quiero terminar un despertar para empezar una mañana fresca de sábado, a eso de las siete, cuando la ciudad está vacía y los no dormidos somos dueños, y guiñan los ojos los pájaros, los árboles, las fachadas y las nubes si las hay, y la lluvia si aparece. Os echo de menos, como el autor a las musas, como el amado a los amigos, como yo a vosotros.

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- Es verdad, ¡yo lo oí crujir! - Tú no oíste nada. Cada hora, miles de corazones crujen por última vez, y tardan millones de instantes en recuperarse. Pero, cuando lo hacen, inexplicablemente, una capa más rígida los rodea, y créeme, solo hay algo que hacer con ellos mientras se están recuperando. En el mismo momento en que se hacen más resistentes de lo que nunca han sido, entonces, laméntate, porque aunque vuelvan a crujir, son siempre el presagio de algo más grande, y no más pequeño. - Pero... - Sí, lo sé. No hay nada más triste que el corazón que cruje por última vez.

Gracias a Dios,

Sigo bebiendo letras. Sed un poco más pacientes, solo pido eso. Y gracias.