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Mostrando entradas de septiembre, 2011

Dubstep y antídotos.

¿Lo oyes? Clic, clac, clic, clac, clic, clac. Es algo oscuro, ¿verdad? Algo siniestro. Ah, déjalo, quítalo, bórralo, ¡en serio! ¿A qué te suena? Es como si, no sé, es algo indefinible, tosco, bruto, sabio, cargado, silbante, eléctrico, bello, frío, aire, furia ¡no sé! Si camino por la calle y aparece de repente, ¡no sé! Todo se vuelve turbio y se enmaraña y ya no sé qué pensar porque las notas de esa melodía me arrancan el alma mientras mis ojos lo miran y no dicen nada y la boca se calla y los hombros se cargan y las piernas flaquean y ¡ah! Mira, ya cesa.
Ahora, por fin, puedo pensar. Con la tranquilidad de un tintineo no constante y muy agudo, imperceptible desde el oído gastado. Despacito. Es hasta agradable, el mundo se detuvo un solo instante y tan solo ahora fluye de manera constante a velocidad concreta y manejable. Por aquí puedo pasear y tomar conciencia de qué ha sido el mirar atrás, con la fuerza y el poder de la experiencia segura y la certeza del alma sensible. La grandeza…

Con cinco primaveras. Cuentos infantiles.

Mira atrás y sonríe. Con cinco primaveras bien lucidas, las piernas aún algo cortas y aún algo torpes, lo sustentan con firmeza. Viste un pantalón de pana azul marino, un jersey verde esperanza y una camisa blanca. El pelo, ni muy corto ni muy largo color dorado intenso, las manos traviesas y fluidas, con cinco primaveras bien lucidas. Los ojos miel ven divertidos hacia atrás, lo que ha quedado después de cinco primaveras. Nada mal. Queda la primera niña que conoció y le rompió el corazón porque se equivocó en la compraventa y cambió sentimiento por dagas, queda el primer juguete roto y la primera discusión con mamá por no haber comprado aquellas gominolas que jolín, qué ricas estaban. Por supuesto, quedan los libros de primer curso, intactos, con algún que otro garabato pero bien aprovechados, como su abuelo le dijo un día. Queda por supuesto, el recuerdo de sus abuelos y los bigotes más o menos poblados de los dos. Queda aquella adolescente locamente rematada que tenía la espalda ta…

A tus brazos desconocidos.

Porque son ellos los que por prohibidos rabian y se llevan la energía, duendes traviesos con carcajadas macabras. Se gesta un huracán oscuro y turbio y tibio y ágil y agudo que, próximo a estallar, lo hará en belleza y poderío, en persecución de sueños y obsesiones sanas y puras que ciegan los corazones regados de hechos y sordos a las palabras. Cerca, abandonar cada noche tus brazos desconocidos es a la tortura lo que la transparencia al hielo, para seguir cada amanecer despertando entre el aire ardiente de solo sombras. Ni reflejos quedan ya de tus brazos desconocidos.
Y tan lejos están que la belleza del deseo inocente se torna desesperanza impaciente y cruel, que lleva los cuerpos al vacío más sereno, al de la ignorancia en la sabiduría más absoluta, y que nos llevará lejos a ti y a mí, al menos, hasta que tus brazos ya no sean aquellos desconocidos.
Serán quizá la pureza dorada de tus ojos miel. Jamás desconocidos.

Naia.

Con el dedo índice, corto, torpe y decidido, roza la base del plato. El mecanismo se afana en su medio sencillo, y el dorado del metal tintinea sin hablar -para qué, si no lo necesita, si ya expone en las ondas agudas lo jactado del destino y la suerte, y la muerte y la vida-. Vascula hacia el lado derecho con un vibrato suave y decreciente, bello, turbio, elegante, siguiendo la norma. El impulso la lleva a la izquierda, y a la derecha otra vez, y a la izquierda..., en un vaivén de despedidas, buscando la serenidad estable del ojo ignorante que no percibe el cambio; el humano.
Y sin embargo, con las escasas estaciones que pesan en los hombros limpios de quien no sabe hablar y regala día tras día trazas de inocencia perdida, las alteraciones, al espíritu experto en adquirir conocimiento, se le presentan evidentes, como el peso de una pluma en la balanza más precisa. Tras la voluntad de unas manos los segundos se escapan, buscando los platos la quietud que antes habría, suprimiendo en su…

De aquí a dos días.

Empieza otoño, melodía dulce y eterna abrigando a los niños antes de las diez. Paseando por León ya se huelen los sabios atizando, hay más nubes grises y menos sol caliente, rescato un jersey de punto ancho, pa' por si acaso. Las botas de cuero gastado casi sin firme, que se adivinaron militares un día, calcetines altos, leotardos y un pantalón por la rodilla. Huele a que va a llover pronto y van a sonreír las hojas en su cénit, a introspección meditabunda, que no dubitativa, y a trabajo arduo y laborioso con una pluma al final de la yema de los dedos. Se oye el Armstrong de Patri y Marv, y percibo el olor de la cerveza y los maicitos con el netbook bajo el brazo, codo con codo con Dickens y mi querido Dante que me aguarda expectante. ¿Qué más se puede pedir? Nada, que Oviedo siente bien al corazón más puro que ha existido nunca. Que será así, por cierto. Y mientras, por las noches, la conciencia y el olvido seguirán haciendo sus tratos para ver crecer las almas y la mente de los …

El humo negro.

Crepita.
Cruje, machaca, acelera,
arruga la nariz sulfurada.
Pero cuando el brillo cegador se marcha,
y las ramas quedan deshechas negras rotas sin brillo,
más huele el humo negro.
Levita, vuela, asciende
y se dispersa allá donde llueve antes que en el lecho.
Sin embargo, solo es humo negro.
¿Qué queda en la luz al marchar el humo negro?
Ligero tono a madera y a hojas
y a paja gris y triste,
pero el agua,
el agua pasea segura, valiente y continua
a dos milímetros del caos.
Solo quedan anosmias de la herida cauterizada,
porque así y solo así se marcha el humo negro,
¡ay!Maldito.
Veloz, hiriente y negro,
nada más humo que se eleva constante y dilatado,
para alcanzar la luna,
para sobrepasar la nada,
lo que queda cuando el humo negro se marcha.
Y al tiempo,
al dulce tiempo que pasa henchido cuando el alma es pequeña, 
al tiempo el agua manará
para dejar el alma pura
liviana, sin culpa.
Curada. Alba. Amarilla.

Flash -Boom-Storm.

- Tengo la clave para el mejor de los septiembres. - Tiempo de cambio, ¿verdad? - Eso dicen, nuevos propósitos. - Te escucho. - Verás... digamos que amanece un día X. Sí, ese día X que va a significar algo más que el X-1 para ti. Pues, digamos que amanece ese día. Y que cuando te despiertas, aunque el sol ya haya bailado un rato por la mañana, lo primero que veas en la pared de en frente es un dibujo, o un escrito, o una frase de tu mayor anhelo. Ese que te trae de cabeza y que los días opacos escurres entre la ropa sucia que ya echarás a lavar mañana. Ese que si bebes tres copas se lo cuentas al baboso que te mira y te habla desde la barra, pero que si bebes cuatro más te hace su fiel compañero. - Ah, sí, los autodestructivos. - Algo así lo llamaría yo. Son de esos por los que un minuto de disfrute valen mil minutos de dolor. Y que te hacen enorme de repente si los rozas pero que cada vez que quedan lejos te hunden más y más, desde las rodillas a la cintura y desde ahí el torso desnudo emp…

La dama.

La obsesión de un beso enfermo de deseo vano, llagado e inconsciente, suple el sueño que tantas veces persiguió una mente opaca, tormenta y densa, enmarañada en vivencias y en historias ya borradas y en carácter forjado en mercurio líquido cubriente. Y se escapa el viento que rodea la figura femenina, serena férrea, sobria en el mar de desengaños de los placeres bajos y las caricias objeto. Viste de blanco, de gasa transparente, refleja el brillo metálico de la fuerza consciente, de la grandeza de una mente cuyo alma fue herida tiempo atrás y que observa sonriendo las cicatrices nuevas, puras, pulcras; formadas desde la perfección de tanto error y la simplicidad de tantos recuerdos sin agua; que por no tener agua ya se marchan allá lejos, al olvido que recoloca sabio y lápiz en mano cada característica nueva. Un desliz de nostalgia se adivina en sus ojos, por la utopía que creó tesón y terminó por destruir lo que quedaba. 
Pero el arrepentimiento no tiene lugar en el corazón, el estóma…