Con cinco primaveras. Cuentos infantiles.

Mira atrás y sonríe. Con cinco primaveras bien lucidas, las piernas aún algo cortas y aún algo torpes, lo sustentan con firmeza. Viste un pantalón de pana azul marino, un jersey verde esperanza y una camisa blanca. El pelo, ni muy corto ni muy largo color dorado intenso, las manos traviesas y fluidas, con cinco primaveras bien lucidas. Los ojos miel ven divertidos hacia atrás, lo que ha quedado después de cinco primaveras. Nada mal. Queda la primera niña que conoció y le rompió el corazón porque se equivocó en la compraventa y cambió sentimiento por dagas, queda el primer juguete roto y la primera discusión con mamá por no haber comprado aquellas gominolas que jolín, qué ricas estaban. Por supuesto, quedan los libros de primer curso, intactos, con algún que otro garabato pero bien aprovechados, como su abuelo le dijo un día. Queda por supuesto, el recuerdo de sus abuelos y los bigotes más o menos poblados de los dos. Queda aquella adolescente locamente rematada que tenía la espalda tatuada y se encargó de llevarle y traerle de todos lados, tarareando siempre la misma canción con una sonrisa entre misteriosa y revelada.

Y en la mano derecha, una rosa roja, su flor favorita, cuyo aroma desde allí abajo llega, y le recuerda que atrás quedan las cosas más bellas y delante, las más sentidas que serán más grandes que las bellas. Un primer paso, frágil, firme o grácil, elegante, con cinco primaveras bien lucidas. La voz de su abuelo: "Enano, piensa siempre que..." Y por qué no, como siempre, un siempre eterno que siempre existió, la sonrisa del satisfecho feliz, con cinco primaveras... bien lucidas.

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