De aquí a dos días.

Empieza otoño, melodía dulce y eterna abrigando a los niños antes de las diez. Paseando por León ya se huelen los sabios atizando, hay más nubes grises y menos sol caliente, rescato un jersey de punto ancho, pa' por si acaso. Las botas de cuero gastado casi sin firme, que se adivinaron militares un día, calcetines altos, leotardos y un pantalón por la rodilla. Huele a que va a llover pronto y van a sonreír las hojas en su cénit, a introspección meditabunda, que no dubitativa, y a trabajo arduo y laborioso con una pluma al final de la yema de los dedos. Se oye el Armstrong de Patri y Marv, y percibo el olor de la cerveza y los maicitos con el netbook bajo el brazo, codo con codo con Dickens y mi querido Dante que me aguarda expectante. ¿Qué más se puede pedir? Nada, que Oviedo siente bien al corazón más puro que ha existido nunca. Que será así, por cierto. Y mientras, por las noches, la conciencia y el olvido seguirán haciendo sus tratos para ver crecer las almas y la mente de los que merecen ese brillo dorado de los ojos felices dibujados con letras. Para ser feliz, realmente, hace falta muy poco. Si por muy poco entiendo lo que esconden estas líneas, por supuesto.

Comentarios

  1. ¿Y el dorado que se queda en las manos?
    :)

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  2. Ese que tiñe, verdad? Ese que lo pinta todo.

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  3. Cualquier estación de año sería agradecida en su principio con trazos así.
    No es que atardezca,es que la lluvia es noche: otoño en la ventana.

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