Dubstep y antídotos.

¿Lo oyes? Clic, clac, clic, clac, clic, clac. Es algo oscuro, ¿verdad? Algo siniestro. Ah, déjalo, quítalo, bórralo, ¡en serio! ¿A qué te suena? Es como si, no sé, es algo indefinible, tosco, bruto, sabio, cargado, silbante, eléctrico, bello, frío, aire, furia ¡no sé! Si camino por la calle y aparece de repente, ¡no sé! Todo se vuelve turbio y se enmaraña y ya no sé qué pensar porque las notas de esa melodía me arrancan el alma mientras mis ojos lo miran y no dicen nada y la boca se calla y los hombros se cargan y las piernas flaquean y ¡ah! Mira, ya cesa.

Ahora, por fin, puedo pensar. Con la tranquilidad de un tintineo no constante y muy agudo, imperceptible desde el oído gastado. Despacito. Es hasta agradable, el mundo se detuvo un solo instante y tan solo ahora fluye de manera constante a velocidad concreta y manejable. Por aquí puedo pasear y tomar conciencia de qué ha sido el mirar atrás, con la fuerza y el poder de la experiencia segura y la certeza del alma sensible. La grandeza de un espíritu puro, sin rabias por el daño antiguo ni aguas pantanosas en que perderse con lágrimas en las manos y un puñal sin afilar en la cintura. Paso cierto, suelo firme, cáñamo crecido al ras de los muslos, sol brillante, que no ardiente.

Me persigue, son mis sueños, mis pesadillas y mi rabia y el fuego que quema y es azul y nada queda ¡no! ¡Y más! Y cada vez crece más y no lo controlo y pierdo la calma si algún día la encontré, que nadie me sigue y mil manos me persiguen, y no puedo parar aunque el suelo sea irregular, mezquino, cruel, la melodía no deja de sonar. ¡Ah! Sácala, quítala, apágalo, tíralo, rómpelo, déjame. Quiero una muerte lenta, será más rápida que esta tortura cruel. Llévame, por favor, llévame, no puedo dejar de correr, de huir, de llorar, de gritar, ya no hay más... Por favor... ¡Mátame!

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