La dama.

La obsesión de un beso enfermo de deseo vano, llagado e inconsciente, suple el sueño que tantas veces persiguió una mente opaca, tormenta y densa, enmarañada en vivencias y en historias ya borradas y en carácter forjado en mercurio líquido cubriente. Y se escapa el viento que rodea la figura femenina, serena férrea, sobria en el mar de desengaños de los placeres bajos y las caricias objeto. Viste de blanco, de gasa transparente, refleja el brillo metálico de la fuerza consciente, de la grandeza de una mente cuyo alma fue herida tiempo atrás y que observa sonriendo las cicatrices nuevas, puras, pulcras; formadas desde la perfección de tanto error y la simplicidad de tantos recuerdos sin agua; que por no tener agua ya se marchan allá lejos, al olvido que recoloca sabio y lápiz en mano cada característica nueva. Un desliz de nostalgia se adivina en sus ojos, por la utopía que creó tesón y terminó por destruir lo que quedaba. 

Pero el arrepentimiento no tiene lugar en el corazón, el estómago o la espalda de la figura femenina, porque por tener todo aquello de mujer, sabe que queda mucho más por mostrar a los ojos platónicos, que no lunáticos. El arrepentimiento, realmente, no era siquiera aquella vasija en la caverna. Los sentimientos puros renacen ahora en el máximo esplendor, de los que busca beber hasta hartarse y poder cantar con la voz dulce y sentida.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

La pérdida

Nadie da un duro por ti

Instrucciones de uso