A tus brazos desconocidos.

Porque son ellos los que por prohibidos rabian y se llevan la energía, duendes traviesos con carcajadas macabras. Se gesta un huracán oscuro y turbio y tibio y ágil y agudo que, próximo a estallar, lo hará en belleza y poderío, en persecución de sueños y obsesiones sanas y puras que ciegan los corazones regados de hechos y sordos a las palabras. Cerca, abandonar cada noche tus brazos desconocidos es a la tortura lo que la transparencia al hielo, para seguir cada amanecer despertando entre el aire ardiente de solo sombras. Ni reflejos quedan ya de tus brazos desconocidos.

Y tan lejos están que la belleza del deseo inocente se torna desesperanza impaciente y cruel, que lleva los cuerpos al vacío más sereno, al de la ignorancia en la sabiduría más absoluta, y que nos llevará lejos a ti y a mí, al menos, hasta que tus brazos ya no sean aquellos desconocidos.

Serán quizá la pureza dorada de tus ojos miel. Jamás desconocidos.

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