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Mostrando entradas de octubre, 2011

Away.

Mi ciudad no palpita, demasiado tarde. Nunca un silencio frígido sugirió tal oscuridad, demasiado ruido, vaho, poder y odio en sus corazones. Encapuchado, remitido a un cruel bombardeo de imágenes hechas fuego fatuo, y con paso automático, frío y ferroso, la dejo atrás, negruzca, tiznada, borrada. Mi ciudad, sin recuerdos, sin familia ni pasado, solo instantes evaporados, lazos inexistentes rotos.Llueve la tormenta herida que rezuma ponzoña al salpicar mi cuerpo, sin sonar amable, sin soñar pureza, sin purificar. El filo doloroso de mi herida supura óxido, contaminado y bebido de desilusión. Me persigue y vibra en mi atmósfera la dejadez del potencial sesgado, mano a mano con aquella enemiga llamada soledad, no por ser solitario, sí por haber muerto. Levitan ánimas que desconozco alrededor de mi camino. Mientras el puente empequeñece, las farolas quiebran el único sentido no dañado, ese que vela por mí, sin destino. No me atrevo, la oscuridad clarea verde allá lejos, tan lejos... siem…

Canción.

... Árboles latentes guardan secretos de la antigüedad menos descrita. Migajas de piedra gris reclaman orgullosas y altivas en su pequeñez, la grandeza esfumada que no existe. No hay trinos, solo frescor azulado y blanquecino, solo la delicadeza de una muñeca fina de piel translúcida que culmina en un brazalete de plata. Se dirige hacia un lugar que nadie le ha enseñado antes, del que nadie le ha hablado, que nadie conoce, y donde la mayor dicha aguarda. Donde el agua fluye veloz, sobria en el estanque. Algún día sus ojos fueron verdes; ni gris quedo marca ya su iris, ni su pupila que yo veo y desconozco. Su cuello fino, la elegancia del ulular de su cabello oliva, el vapor de un vestido sedoso sin haber sido trazado vez alguna. La magia ecléctica que hipnotiza a magnos y mediocres por igual. Todo ello, toda ella me recuerda.
Grácil baila, mientras solo cree que anda sin posarse sobre el musgo ni herir las ramas muertas. Al no oler imagino que huele a miel, sin caer en la excesiva dulz…

A la Dama.

La llama. Inconsciente por inexperto, la llama, olvidando el dolor, el veneno y el odio, la llama, porque algún día la comisura de sus labios le regaló el cielo. La llama, porque cuando el límite se desdibujó en el horizonte palpable, dejó de existir para nada ni nadie cortando los cabos pendientes de orden y certezas. A tientas palpa una sombra vibrante, energía pura de recuerdo borrado, precioso y perfecto. Sus ojos anhelan como entonces, allá al principio cuando todo era nuevo, puro, blanco. Cuando no era frágil. La llama porque un monstruo llamado amor desgastó sus corazones  hasta dejarlos color ceniza.
La Dama escucha. Siente, padece y ve, quiere, desea y llora, para reír con más fuerza, para soñar con más ansias. Esquiva cuchillos y dagas, palabras ácidas y hechos dolientes, se flagela sin pensamiento buscando atar aquellos cabos que cortan. Busca en su memoria con la desesperación del privilegiado qué le enseñaron los libros, qué historias la calmaron cuando aquellos dos seres …

Primero en audio.

Los pasos lentos sin ruido, corazón de trozos, el alma abierta. Haces de fuegos y dagas de shocks. Imágenes patentes reales de imaginación, olores sin color ninguno ni vida, la piel fundida en hielo etéreo. Un camino oscuro, angosto, con oxígeno viciado de vicios y llagas, luces traslúcidas en un final que se adivina en un falso tarot de cartas rotas. ¿Hay motivos? El collar ahoga, la voz no suena al oído fino dormido para siempre. Las sogas escuecen las muñecas no sangrantes. Estático caminar el de la mente presa, que evoca caricias y farándula sin saber qué desvío está predestinada a tomar. Ilusión vana la del decidido cuyos hilos mueve la determinación del poderoso. Y sin embargo, garras negras de águilas trazadas de ponzoña claman inocencia. ¡Ay de los justos! Perseguidos del vidrioso huracán, sin margen de error, sin opción de clemencia alguna, sin opción de ansiar recompensa de un cielo sulfúrico que no repara en ellos. Sesga la piel blanca de la pureza el veneno brillante de la…

Preludio.

Vibra la nariz despacito, con curiosidad, con dulzura y buen hacer. Se hilan las pestañas brillantes, curvadas, marco de los iris que más han ascendido y ascienden, sensuales, acuosos, gigantes imbatibles y almendrados. El mentón eleva el rostro oval de piel transparente y limpia, retirando suaves los bucles oro que escondían las mejillas turbadas de coral imperceptible. La proximidad de su mano y la frente de ella, cada vez menor, exhala electricidad, chispa redondeada en la belleza de un amor, hasta el éxtasis de una caricia. Tintinean los labios mientras el corazón palpita, se eriza la piel y la espalda se arquea. Un brazo rodeando la cintura y apretando contra sí. Se entrelazan las pasiones, bellas, trascendentes, corpóreas, etéreas.