Away.

Mi ciudad no palpita, demasiado tarde. Nunca un silencio frígido sugirió tal oscuridad, demasiado ruido, vaho, poder y odio en sus corazones. Encapuchado, remitido a un cruel bombardeo de imágenes hechas fuego fatuo, y con paso automático, frío y ferroso, la dejo atrás, negruzca, tiznada, borrada. Mi ciudad, sin recuerdos, sin familia ni pasado, solo instantes evaporados, lazos inexistentes rotos.Llueve la tormenta herida que rezuma ponzoña al salpicar mi cuerpo, sin sonar amable, sin soñar pureza, sin purificar. El filo doloroso de mi herida supura óxido, contaminado y bebido de desilusión. Me persigue y vibra en mi atmósfera la dejadez del potencial sesgado, mano a mano con aquella enemiga llamada soledad, no por ser solitario, sí por haber muerto. Levitan ánimas que desconozco alrededor de mi camino. Mientras el puente empequeñece, las farolas quiebran el único sentido no dañado, ese que vela por mí, sin destino. No me atrevo, la oscuridad clarea verde allá lejos, tan lejos... siempre tan lejos.

Sin que exista razón, lato. Llevando a la espalda la carga insalvable de la vejez prematura, algo parte de mí y me lleva sin guiarme, sin opciones. Los charcos veloces bajo mis pies, estático en el frenesí del erotismo psíquico. Un quiebro, un traspiés, elevarme sin llegar a caer ni llegar a fallar, buscando el agrio clarear. Ella me muestra un deje más entre el sudor y la rabia de mis músculos callados, irradia mi alma muerta que jamás renacerá. Crea de la nada la esperanza.

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