Canción.

... Árboles latentes guardan secretos de la antigüedad menos descrita. Migajas de piedra gris reclaman orgullosas y altivas en su pequeñez, la grandeza esfumada que no existe. No hay trinos, solo frescor azulado y blanquecino, solo la delicadeza de una muñeca fina de piel translúcida que culmina en un brazalete de plata. Se dirige hacia un lugar que nadie le ha enseñado antes, del que nadie le ha hablado, que nadie conoce, y donde la mayor dicha aguarda. Donde el agua fluye veloz, sobria en el estanque. Algún día sus ojos fueron verdes; ni gris quedo marca ya su iris, ni su pupila que yo veo y desconozco. Su cuello fino, la elegancia del ulular de su cabello oliva, el vapor de un vestido sedoso sin haber sido trazado vez alguna. La magia ecléctica que hipnotiza a magnos y mediocres por igual. Todo ello, toda ella me recuerda.

Grácil baila, mientras solo cree que anda sin posarse sobre el musgo ni herir las ramas muertas. Al no oler imagino que huele a miel, sin caer en la excesiva dulzura para belleza tan etérea, o en la indecencia de mi ser, demasiado profano por insinuar mi pensamiento vacilante, que ése es el aroma de una diosa. Su canto me eleva a la condición de elegido, mientras traza con sus pasos la rúbrica más elegante, visible desde el cielo y cualquier rincón de la Tierra. Oigo agua, instantes que salpican las hojas verdes perennes del invierno, y reviven al roble dormido. Allá va la figura, toda en una la más bella.

Sin que me atreva a imaginar un cambio en el compás, se detienen su melodía y su andar, su sonrisa prófuga, su ulular y el vaivén de mi latir. Se vuelve hacia mí, serena, inocente, divertida. Me descubre, me atrapa, me mira, y me toma sin permiso, sin preguntas, ni afán ni la superficialidad de una caricia. Éxtasis de placer y dicha, y gozo y amor y vida en aquel bosque que guarda los mayores secretos, los más escondidos, los menos descritos. Como en un cuento. Yace dormida en mi hombro sin que mi mente pregunte ni mis labios hablen más que el vestigio de un soplido. No aparece el recuerdo del olor a miel. Se despierta.

Erguida, frente a mí, su rostro y su piel, y toda ella, brillan, de noche, con media luz de luna. En el estanque, que sin manantial suena, levita una daga que por sencilla y blanca, es pura. Se desliza, rozan sus dedos esculpidos de mármol la empuñadura. Sin un atisbo de impulso se recrea, y su corazón la acusa. Salpica hierro, sal y fuego cada tronco de aquel bosque, cada parte de mi piel descubierta alguna vez preñada de sudor. Saboreo la amrgura del veneno y no entiendo, no busco y no padezco. La imagen, una estatua con sonrisa de marfil negro, y un corazón abierto, entregado, impropio del hombre vanidoso y altanero. El azabache que la viste revela su alma y su forma natural, sin manera de huir. La oscuridad más arraigada lleva mi sueño hacia el abismo de mil lamentos, gritos, desgarros y rupturas que mis limitaciones me impiden concebir. La evidencia surge como la losa más ardiente. Estoy ya muerto, sin ningún amanecer. Súcubo.

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