A la Dama.

La llama. Inconsciente por inexperto, la llama, olvidando el dolor, el veneno y el odio, la llama, porque algún día la comisura de sus labios le regaló el cielo. La llama, porque cuando el límite se desdibujó en el horizonte palpable, dejó de existir para nada ni nadie cortando los cabos pendientes de orden y certezas. A tientas palpa una sombra vibrante, energía pura de recuerdo borrado, precioso y perfecto. Sus ojos anhelan como entonces, allá al principio cuando todo era nuevo, puro, blanco. Cuando no era frágil. La llama porque un monstruo llamado amor desgastó sus corazones  hasta dejarlos color ceniza.

La Dama escucha. Siente, padece y ve, quiere, desea y llora, para reír con más fuerza, para soñar con más ansias. Esquiva cuchillos y dagas, palabras ácidas y hechos dolientes, se flagela sin pensamiento buscando atar aquellos cabos que cortan. Busca en su memoria con la desesperación del privilegiado qué le enseñaron los libros, qué historias la calmaron cuando aquellos dos seres sin forma ni nombre ni vida vivieron la suya. Sin encontrarlo. No queda más que la experiencia propia, las cicatrices en la espalda y las manchas en el alma que siempre imaginó ser blanca. Y, sin embargo, la llama. Y la Dama escucha.

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