Palacios.

Vibra el aire frío de una sola mirada clara, de pestañas largas e iris de penetrante azul. Por solo dos minutos son dos ánimas sabias de cuerpo infante las que habitan en un palacio helado de agua. Ajenas al vaivén de una rutina estéril o del fragor de una mente borrada de vida, con su quehacer meditabundo cubren necesidades y sueños de todo un país o una Tierra. Con paciencia obcecada entretejen ambos la figura del Destino que nos forzará a todos en el mismo lugar, bajo el mismo yugo y con las mismas esperanzas vanas de renacer en algún sitio poco más allá, sin saber que es solo el alma lo que no perece. ¿Cómo y por qué son ignorados, sin una sola advertencia o nominación, ajenos a los libros y a los pensamientos humanos? ¿Quién osa obviar su labor y su tiento con la arrogancia del ejército invencible, con fantasmas por enemigos? Una sola voz recorre la sala, grave, veloz, sentenciosa, acusada, acusadora: Aquí en estas palabras subyace por qué no buscar razón a la ignorancia inherente al hombre.

Y así siguen, afanosos, sin prisas, sin ansias, sabios y jóvenes.

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