Tres líneas.

Son dos las que yacen con dos hombres, todos uno sobre el mismo colchón. En la habitación de fondo gris y sin ventanas, las cadenas de la moral y la monotonía se enredan con la opacidad y el tedio, vendidos todos y entregados en la cárcel de una sola duda. Por recurrentes los despertares monótonos, las mañanas perdidas y las tardes obtusas, algo en la mente se conforma y arrasa imparable con cualquier asomo de voluntad frágil. Así miran los ojos la vida que se escapa, impasibles, sin voz interior que clame por un cambio, inútil, incapaz, inválida e insípida. Con la impasibilidad escasa del sabio incipiente, así captan los ojos la vida que se escapa. Por fortuna, a salvo entre los brazos de las letras y las notas creativas o creadas aferradas a los sueños y los anhelos, la determinación bulle en la habitación contigua, inestable y peligrosa. Como el vacío que anuncia la tormenta, como la electricidad que la precede. Como saber qué se avecina. Esa media sonrisa resabida.

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