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Mostrando entradas de diciembre, 2011

Dos conocidos.

Hace años que te miro. Hace años que me miras. No sé muy bien cómo definir lo que siento entonces, pero ocurre así, lo prometo. Es tu sonrisa la que llevo pensando tantos años al acostarme, sin creer que sea nada más que aire la mujer que duerme ahí al lado. Yo siempre he sido un nuevo romántico, y tú tan quieta y tan dulce, tú tu seriedad viva en la curiosidad de tus ojos y en el aroma de un café, de vez en cuando, al ritmo de tu templanza. No tan rápido, que vernos con mayor frecuencia lleva al alma a perderse en la soga del amor, y a las confesiones de deseos oscuros que tú y yo haríamos limpios. Pero cuánto las busco y jamás lo pronuncio, cobarde de olvidar que nos une la amistad de una vida entera, tan frágil como sólida y tan secreta como nuestra.
Qué bonita estás esta tarde, después de tantos meses, aunque haga tanto frío. Qué precioso tu abrazo y tu risa, caminando calle abajo cruzando entre los arcos y las plazas y bajo los balcones... Toda una tarde en que tú eres para mí sen…

Uno.

Cuando me besas tapándome los ojos, cuando somos unos niños, entonces todo es más sencillo. Cuando nos dormimos al arrullo de las nubes y el viento nos mece en un abrazo por la espalda, todo está quieto, ¿recuerdas? Qué bonito fue aquel día, y aquella tarde, y aquella noche, y los sueños que eran despertares entre la escarcha y los alientos. Ciertas notas, ciertos toques y un “mírame”. La desnudez cándida de esas palabras sinceras que nos mueven en cada paso, eso es lo que quiero guardar en el sobre más secreto, menos hablado. Observar tus gestos sabidos de memoria, tu tendencia a la expresión y tus ojos enmudecidos. La seguridad de tu voz y la sinceridad de la mía, piezas aristadas que encajan perfectas y limpias. Todo tan seguro y tan palpable que replica a los miedos, a las hablas, a las despedidas, su existencia mera y simple es lo que ves, lo que vemos. No caben los días anteriores aquí, ni el pasado que silenciado se borra mientras yo te pronuncio a ti.

Ya es invierno.

Ya es invierno, ¿verdad? Los hombres caminan solos y no sonríen, las mantas y abrigos resultan inútiles mientras el hielo atraviesa corazones e inquietudes. Él perfila con acero natural la complejidad de una vida fiel, obtusa si alguna vez fue limpia, manchada de quehaceres antiguos y olvidados. Una mirada franca desafía la monotonía de la ciudad aletargada, sin brillo en la mañana hibernada. La resignación sincera de un amor imposible, ése era su lema... o eso se decía por las tascas de lumbre frágil y moral desnuda y malnutrida. Qué fácil la vida ajena, qué celosa la propia y qué sinsentido despreciarla. Y el frío no mata la sangre ebria de los vicios insustanciales, y la frescura aguda no espabila la inocencia perdida allá lejos, en el fondo de aquel lago. El labriego persigue su rutina con la marcialidad que yo envidiaré siempre, admirado por ojos pequeños e inexpertos en la juventud del proteccionismo insano y excesivo. En algún lugar, un adulto reciente tiene una visión y esboza…

Destrucción de fénix.

Tengo lo que dura un atardecer para escribir esto, si alguien lo recupera, ¡huye! El fuego va consumiendo imbatible cada uno de mis sueños, y no sé por dónde salir, hace tiempo que dejé de respirar, la garganta ya no rasca y solo hay humo y rojo fuego. Huele a muerte, todos han muerto y no ha muerto nadie.
Desde la única ventana que se tiene en pie y me guarece le miro caminar constante por el centro de la calle, botas militares de cuero negro, negro todo el color de sus ropajes, diez cadenas que cuelgan de la cintura a los tobillos en forma de ondas vibrantes, inconcretas, crueles, levitantes. La capucha deja al descubierto la sonrisa más sexual, y nada más piel se adivina bajo ella. Los escombros se apartan al pasar, las ondas expansivas de su andar destrozan cualquier amago de vida vegetal y va en mi busca. Sé que percibe mi olor y por ello se guía, y que percibe mi calor en sus ojos, rodeado de incendio. Las cruces de las iglesias y las estrellas de David son todo uno derrumbados s…