Destrucción de fénix.

Tengo lo que dura un atardecer para escribir esto, si alguien lo recupera, ¡huye! El fuego va consumiendo imbatible cada uno de mis sueños, y no sé por dónde salir, hace tiempo que dejé de respirar, la garganta ya no rasca y solo hay humo y rojo fuego. Huele a muerte, todos han muerto y no ha muerto nadie.

Desde la única ventana que se tiene en pie y me guarece le miro caminar constante por el centro de la calle, botas militares de cuero negro, negro todo el color de sus ropajes, diez cadenas que cuelgan de la cintura a los tobillos en forma de ondas vibrantes, inconcretas, crueles, levitantes. La capucha deja al descubierto la sonrisa más sexual, y nada más piel se adivina bajo ella. Los escombros se apartan al pasar, las ondas expansivas de su andar destrozan cualquier amago de vida vegetal y va en mi busca. Sé que percibe mi olor y por ello se guía, y que percibe mi calor en sus ojos, rodeado de incendio. Las cruces de las iglesias y las estrellas de David son todo uno derrumbados sin fuerza ni fe ni creencia alguna, mero material deshecho sin nadie los alabe. Un niño llora. Mira hacia allí. Ya no vive.

Ha llegado. Está aquí. No me quedan suspiros ni temblores, ni latidos ni pasos. Le oigo caminar, escondido en un armario de cocina sin puerta, inútil, y él imperturbable, sonriente, en cada mano un arma distinta hecha de oscuridad que cambia a voluntad, mortífera, mezquina y sentencia. Acaba de entrar, envuelto en azufre.Solos, se apartan invisibles los trozos de habitación que aún se tienen en pie, y me dejan desnudo y descubierto. Me mira como nunca jamás olvidaré. El iris rojo, todo el ojo iris. Su voz nace del estómago, y mata una parte de mí a cada sílaba, que jamás renacerá al alba de mi condena.

- He venido a buscarle, Maestro.

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