Uno.

Cuando me besas tapándome los ojos, cuando somos unos niños, entonces todo es más sencillo. Cuando nos dormimos al arrullo de las nubes y el viento nos mece en un abrazo por la espalda, todo está quieto, ¿recuerdas? Qué bonito fue aquel día, y aquella tarde, y aquella noche, y los sueños que eran despertares entre la escarcha y los alientos. Ciertas notas, ciertos toques y un “mírame”. La desnudez cándida de esas palabras sinceras que nos mueven en cada paso, eso es lo que quiero guardar en el sobre más secreto, menos hablado. Observar tus gestos sabidos de memoria, tu tendencia a la expresión y tus ojos enmudecidos. La seguridad de tu voz y la sinceridad de la mía, piezas aristadas que encajan perfectas y limpias. Todo tan seguro y tan palpable que replica a los miedos, a las hablas, a las despedidas, su existencia mera y simple es lo que ves, lo que vemos. No caben los días anteriores aquí, ni el pasado que silenciado se borra mientras yo te pronuncio a ti.

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