Ya es invierno.

Ya es invierno, ¿verdad? Los hombres caminan solos y no sonríen, las mantas y abrigos resultan inútiles mientras el hielo atraviesa corazones e inquietudes. Él perfila con acero natural la complejidad de una vida fiel, obtusa si alguna vez fue limpia, manchada de quehaceres antiguos y olvidados. Una mirada franca desafía la monotonía de la ciudad aletargada, sin brillo en la mañana hibernada. La resignación sincera de un amor imposible, ése era su lema... o eso se decía por las tascas de lumbre frágil y moral desnuda y malnutrida. Qué fácil la vida ajena, qué celosa la propia y qué sinsentido despreciarla. Y el frío no mata la sangre ebria de los vicios insustanciales, y la frescura aguda no espabila la inocencia perdida allá lejos, en el fondo de aquel lago. El labriego persigue su rutina con la marcialidad que yo envidiaré siempre, admirado por ojos pequeños e inexpertos en la juventud del proteccionismo insano y excesivo. En algún lugar, un adulto reciente tiene una visión y esboza un sueño; Dios sabrá si su esperanza se irá con el invierno, ya lejos, en tantos meses. Yo apuesto por una vela encendida cada noche y una pluma que rasgue frustraciones y maldades, vueltas en sí en la imágen más maravillosa. Recuerdo una sentencia que jamás leí pero me asaltó en la noche: la admiración es el único recurso que no debería perder un triste, que ya lo es porque lo ha perdido. Ha nacido un alma nueva.

Ya es invierno, ¿verdad? Solo los abetos siguen vivos. Y en el fondo, es precioso. Natural y necesario. Es invierno. Bienvenido.

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