No quiero.

No quiero el abrazo avisado
de tus ojos dolientes
y la calma inducida.
No quiero el rocío que ocultas
ni la hiel que atesoras
ni un solo segundo más de tus dichas.
Ni la primera mirada
detrás de la valla
sin razones ni metas, ni amor.
De lo vacío de una voz
me guardo la espalda
con el ceño fruncido de llagas.
¡Ay dolor!
Y suplantarte, no quiero.
Ay duermevela
que me gritas verdades
que expulso con ansia,
ansiedad de temblores,
ni faltas, ni hablas.
No quiero ya más lo que son
seiscientas noches pasadas,
tres millones de lágrimas
y el recuerdo de la traición
y los besos absurdos.
Ay de los besos absurdos,
ésos, ésos...
ésos que ya no pienso ni recuerdo.
Ésos que aún así, desprecio.

Comentarios

  1. Y más atroz que el propio desprecio es el querer saborear este, masticarlo con fuerza para que no escape, dilatar nuestras glándulas para extirparle todo el juego, impregnarlo con nuestra saliva para triturarlo y, aun a riesgo de morir por ahogamiento, apretarlo con nuestra garganta para encerrarlo bajo el corazón, suponiendo que nos nutre, que lo necesitamos para vivir.

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  2. Mucho tiempo fue el pan diario de muchos, eso que describes

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