Flexere.


Se ha pasado este invierno así, tan frío. Tan frío entre mis manos y mis ojos y tan cálidos los tuyos, que la temperatura no acompaña y persigue el viento triste. He dejado la pluma, la vida, de vivir y de morir cada noche para no leer y no pensar en qué somos día a día. He perdido minutos de esa vida que alguna vez un buen  psicólogo dijo que solo existía en los momentos felices. He perdido de esa vida. Vadeando imposibles, estrellando confianzas, abrazando decepciones, una tras otra desde que dejé de lado las palabras. Cómo no me van a pasar estas cosas… cómo no vuelan ahora las teclas si es verdad que me hablo y no me escucho ni me oyen ya las hablas. Qué triste sería vivir sin amor, adueñados de alguien y sin libertad. Esclavos de pensar que tú si me amas te irás con cualquier otro y yo que te quiero nunca seré lo suficientemente bueno para ti. Ha pasado mucho tiempo, menos del que debería, y siempre has vuelto como sombra de la duda que me abofetea sin piedad. Porque la realidad nunca es piadosa, y es verdad que te odié y que ya no me importas, que ya da igual que vuelvas, que ya no siento pena, ni lágrimas, ni hastío. Que ya ahora reencuentro mis fuerzas, fuera como fuera el que existieras en ideas y quisieras como quieres arañar con tus zarpas esta libra que es mi vida. Ciega, coja, veleta de pasiones, y sin embargo, qué cojones, mía. Qué buena la vida que me cuida, y me besa, y me acuna, y me ama. Qué buena la vida cuando es buena, y cuando busco cumplir sueños, aunque me destruyan las heridas que cada vez que escribo, cicatrizan.

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