Parapente.

Quizá es lo que ocurre cuando yo no hablo, porque yo no hablo y esto de esconderme va por oleadas. Oleada de me escondo, oleada de no me ves, oleada de no quiero aparecer. Tienes más razón de la que crees cuando me dices que nunca digo nada. Porque, ¿para qué decir algo si la nada lo expresa todo? Viva el rock & roll cuando rompes los platos y los vasos contra la pared, y me gritas, y digo: nada. Me gustas más cuando eres la bomba de mis ideas, pero eso ya lo sabes porque te lo he susurrado, y a todo el mundo no escuchas salvo si soy yo, y te susurro. Con tu vestido blanco tan nuevo. O con esos zapatos de imitación, que yo no puedo comprarte los buenos, pero ¿a que se parecen mucho? Siempre me cuesta menos un libro que un par de zapatos, pero tú te los sabes todos. Y los que no sabes, te los inventas, y yo me quedo en blanco porque ya no sé si es verdad o me engañas. ¿Me engañas, amor? Yo a ti no te engaño, aunque te diga nada. Es imposible engañar a esas manos, a mi espalda y su promesa. Tampoco olvidar el olor de tu camisa, ni despegarlo de las sábanas. Yo solo quiero que echemos a volar. Y que no te enfades, venga, princesa. Que la vida es menos vida si no sabes morir en cada hora.

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